“Al grano”, ordenó Jonás antes de meterse el primer bocado de los tacos al pastor que pidió, indicando tácitamente que la escucharía pero no dejaría de comer mientras a ella se le enfriaría su cena contando su relato.

Marcela respiró profundo, entrecerró los ojos y luego preguntó: “¿No notaste algo en la foto?”. Jonás masticaba despacio, callado y sólo alzó las cejas. “Bueno, mira, técnicamente, no se puede enviar fotos personales sin un sello postal, excepto si pertenece a un franquicia institucional, es decir, si es enviada dentro de la paquetería de cualquier organización.”

Jonás la detuvo mostrándole la palma de su mano. “Pídeme otra orden de cuatro, por fa. Sin piña”, dijo él, quien no quería parar su engullimiento. Marcela cumplió y prosiguió: “La mujer sonriendo el fondo es mi hermana, pero el tipo junto a ella en primer plano fue quien mandó la postal”. Iba a sacar la foto, pero Jonás volvió a interrumpirla con la mano. Luego le señaló caballerosamente su propio plato de tacos, con la tortilla casi desmoronándose y acabó su primera ensarta de cuatro sin piña.

“¿Cuando la recibiste?”. “Mmm. (Aprisiona su bocado) Hace dos semanas (Mastica y traga). Pero en realidad la foto (Toma refresco de horchata) fue la última que le tomaron viva y de eso ya siete meses”. “¿Cómo que viva?”. “Bueno, quién sabe”. “¿Qué?”. “Viva o muerta, no lo sé. Sólo sé que sí desaparecida. Siete largos meses desaparecida”.

 Jonás trataba de sacarse con los músculos de la boca los pedazos de carne atorados en los dientes y esperó en silencio la segunda orden. Llegó y en cuanto se fue el mesero, dijo: “¿Quién es el tipo?”. “Según mi hermana, su jefe. Aunque me confesó que le estaba llegando (Baja la cabeza y respira con las narices ocluidas por un conato de llanto). De hecho, fue de lo último que platicamos”.

El bullicio de la taquería era increíble para esas horas de la madrugada. En cierta forma, Jonás dejó que se desahogara, pues sabía cuán terapéutico era para los clientes y cómo ayudaba para su colaboración oportuna y eficiente. Si bien no había dado señales de aceptar el encargo ni de rechazarlo. Observaba a Marcela de modo meticuloso cuando sonó su teléfono celular. Se puso el caracol en la oreja izquierda pero no contestó verbalmente; se limitó a decir que estaba de acuerdo con su interlocutor, presionó un botón y el artefactito regresó al bolsillo derecho dentro de la sudadera. La mujer hizo una pausa, se secó las breves lágrimas que le salieron y contempló a Jonás durante su extraña llamada mientras comía.

“¿Qué?”, dijo Marcela con el bocado que masticaba tras unos cuantos segundos de vista fija y mutua con los ojos de Jonás. “¿Son gemelas?”. “Eso nos dicen, pero no. Ella es dos años mayor que yo”. “¿Conociste en persona al tipo?”. “No”. “¿Cómo sabes que él envió la postal?”. “Su letra. El sello postal de la Universidad donde ambos trabajan…”. “El sello no es un indicativo: Cuéntame más de su letra”. “Mi hermana y él intercambiaban cartas porque fueron residentes juntos en la Universidad donde estudiaron, que es donde trabajaban también, en la foto. Un tiempo, cuando las misivas fueron volviéndose más románticas y ella quería batearlo, dejó de escribirle y me mostró algunas”. “¿Hay algún detalle de su caligrafía que puedas resaltar?”. Marcela tardó todo un taco en contestar. Daba vueltas a la respuesta mientras lo mascaba, lo saboreaba, pasaba el bocado con refresco y suspiraba pensando en alguna observación peculiar. “No parecía su letra”, contestó al fin, algo azorada.

Al primer mesero que vio Jonás le alzó la mano y pidió la cuenta. Se aprestó a sacar el dinero de su billetera y volvió a frenar a Marcela con la mano, dejándola con los ojos y la boca abierta. “No creas que no tengo. Yo poseo vastos recursos para contratar a tres detectives como tú”. “¡Por favor!  Ni siquiera tenías para la (Comillas con sus manos) una hora más que pagaste. Tampoco traes para la cuenta”. Él se levantó a su ritmo y ella se apresuró a detenerlo. “¿Cómo sabes que no traigo efectivo?”. “La pregunta es por qué no cargas efectivo si tienes vastos recursos”. “Por la evidente peligrosidad de las incursiones nocturnas, pendejo” y Marcela rubricó su argumento sacando de la otra bolsa del pantalón una American Express. “Aceptamos el caso”, dijo Jonás enseñando sus cejas, sorprendido, detrás de los lentes.

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*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

5 comentarios en “Otra postal desde el infierno 2

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