Una vez que la bola 8, negra y compacta, tocó las esquinas y luego el fondo de la buchaca, Jonás sabía que tenía que empezar. Así que despacio acomodó el taco a todo lo largo sobre la mesa, prendió un cigarro y se dirigió a pagar la cuenta. Pero alguien ya lo había hecho por él. Ni siquiera preguntó quién aunque su contrariedad aumentó al ser recibido en la barra con una voz escalofriantemente dulce: “Pagué una hora más”. Y le salió lo bocón una vez más: “Serán como seis juegos que ganaré sin que metas una sola”.

Sólo sus zapatos resonaban en el largo galerón del billar, pues Jonás acostumbraba jugar por las madrugadas, para no ser perturbado ni por los gritos de los parroquianos ni por las complacencias de la rockolla. Hubiera sido genial, pensó, si al menos trajera minifaldas y tacones. Tomó el mismo taco y acomodó las bolas sobre el mismo paño. “Abren las novatas”, dijo insolente, pero apenas pudo contener el resoplido su coraje cuando vio que la joven acomodó su cuerpo para ejecutar un tiro al triángulo que metió una lisa y una rayada. “Escojo las rayadas”, eligió penetrando sus ojos con igual insolencia.

En realidad no le veía nada, porque Jonás nunca se quitaba los lentes obscuros. Literalmente nunca, ni para bañarse ni para dormir ni para coger. Como él se atragantó el orgullo y no pudo decir nada, ella siguió tirando con una magistral postura y una perfección geométrica. Le mostró todo lo que un billarista olímpico puede mostrar sin atisbo de vergüenza o soberbia, al punto que su contrincante jamás pudo ni asomarse a la mesa.

Cuando la bola desapareció de la superficie verde, ella sacó de la bolsa trasera de su pantalón una postal. Se la enseñó a Jonás cerca de los ojos y luego la estampó en una de las bandas, junto a los ceniceros. “Me han dicho que eres el mejor detective de por aquí. ¿Es cierto?”.  Él iba sacando cada bola y colocándola en su lugar por orden numérico. No tenía prisa. Jonás no respondió atento a la cartulina repleta de sellos de correo y caligrafía borrosa. Terminada la laboriosa operación colocando la bola blanca en posición, ella le repitió sólo la pregunta. Mientras Jonás contemplaba la foto del anverso y caminaba al otro extremo del tapiz, dijo: “¿Puedes enviar fotos personales por correo sin sobre?”.  Puso la postal de la misma forma que ella, le dio tiza a la punta de su taco y se dispuso a abrir el segundo juego, cuando la miró de soslayo. Ella se limitó a alzar sus hombros.

Sucedió exactamente igual. Jonás no permitió que la chica ocupara su taco más que para cargarlo con el mismo silencio impaciente. Sólo que se dio su tiempo, analizaba la imagen en su mente, fingía ocupar estrategias sobre la trayectoria de los marfiles esféricos, lucía su amplio dominio de la geometría en el rebote y realizó uno que otro tiro de fantasía. Al final, suspiró largo, se apoyó en su taco y se quedó mirándola. “Abren las novatas”, repitió.

Mientras ella hacía su juego con interrupciones, Jonás seguía observando a fondo la placa revelada. Ni siquiera de tomó la molestia de supervisar el juego de ella por si se equivocaba y llegaba su turno. Sin embargo, también apuntaba mentalmente las capacidades de la desconocida para la carambola y el enceste. Por último, no dejó de desnudarla con su vista oculta tras los cristales negros. Haciendo golpear la blanca tres bandas para después depositar la negra en la oquedad con un ruido que rasgó la tensión del momento, ella miró a Jonás fija e intensamente. Apretaba las mandíbulas casi. “¿Es cierto?”.

“¿Ya cenaste?”, evadió Jonás. “Te apuesto la cena. Si barro contigo, me la invitas, lo que yo apetezca”, contestó ella abiertamente altiva. “Deja el taco y vámonos a cenar”, resopló Jonás con un suspiro de tabaco, tiró la colilla y pagó la cuenta ligera e inesperadamente engrosada. Por supuesto, no creyó que ella en verdad había saldado la cuenta, pero entonces, ¿Para qué continuar el juego?

Salió a la calle, respiró profundo y estiró a un lado de su cuerpo la postal entregada. Ella salió segundos después, sorprendida y apremiada, y le arrebató el cartón. “Deberías tener más cuidado con la evidencia que se te entrega”, reprochó guardando la postal otra vez en su pantalón. “¿Quieres tacos o algo bajo techo? (La voltea a ver) Digo, para que podamos platicar”. “Lo que sea está bien”.

Jonás prendió otro cigarro que se acomodó en los labios resecos por la noche, metió sus manos en la sudadera, como le había recomendado Pedro Navajas y le hizo un ademán con la cabeza a ella para que la siguiera a su lado. “Tu nombre”. “Marcela”. Y se perdieron en la brillante obscuridad urbana.

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*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

7 comentarios en “Otra postal desde el infierno

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