Otra postal desde el infierno 3

Otra postal desde el infierno 3

La música los acompañó todo el ascenso por las escaleras. Era un piano melodioso que ejecutaba el Bolero de Maurice Ravel, pero despojándolo de toda parsimonia con un ritmo apasionadamente sincopado. Toda esta vuelta mental la dio Marcela escalón por escalón antes de decir: “Ése fue mi vals de XV Años”. “Chido”, respondió Jonás. Llegaron a una terraza que en realidad era una azotea de apariencia miserable. Entraron por una puerta de metal y ventanas tropicales, sin contraseñas ni trucos mayores. Jonás extendió la mano hacia su espalda frenando a Marcela, caminó dos pasos y giró a su flanco derecho.

Ahí, en su cubículo tecnológico estaba Junichiro López Koizumi, jugando Silent Hill por enésima vez hasta acabarlo. Hijo de padre mexicano y madre japonesa, lo único que le quedaba de su herencia oriental era la pinta de Bruce Lee y el nombre que daba una sonora impresión de hilaridad. Marcela esperó cerca del vano recién cruzado y Jonás avanzó 5 pasos más, muy lentamente. Junichiro puso en pausa el juego, se quitó los audífonos y le gritó de espaldas: “¿Por qué siempre entras como un pinche ladrón, hijo de tu p…?”.

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