La música los acompañó todo el ascenso por las escaleras. Era un piano melodioso que ejecutaba el Bolero de Maurice Ravel, pero despojándolo de toda parsimonia con un ritmo apasionadamente sincopado. Toda esta vuelta mental la dio Marcela escalón por escalón antes de decir: “Ése fue mi vals de XV Años”. “Chido”, respondió Jonás. Llegaron a una terraza que en realidad era una azotea de apariencia miserable. Entraron por una puerta de metal y ventanas tropicales, sin contraseñas ni trucos mayores. Jonás extendió la mano hacia su espalda frenando a Marcela, caminó dos pasos y giró a su flanco derecho.

Ahí, en su cubículo tecnológico estaba Junichiro López Koizumi, jugando Silent Hill por enésima vez hasta acabarlo. Hijo de padre mexicano y madre japonesa, lo único que le quedaba de su herencia oriental era la pinta de Bruce Lee y el nombre que daba una sonora impresión de hilaridad. Marcela esperó cerca del vano recién cruzado y Jonás avanzó 5 pasos más, muy lentamente. Junichiro puso en pausa el juego, se quitó los audífonos y le gritó de espaldas: “¿Por qué siempre entras como un pinche ladrón, hijo de tu p…?”.

Jonás miró a Marcela y con la mano la invitó a pasar. Sabía muy bien porqué Junichiro no lanzó sus habituales improperios. Había una dama y la había detectado. Ella notó el cambio de palabras y de tono, pero no dejó de sonreírle al que le pareció un pintoresco extranjero. “No te dejes llevar. Soy Chiro Liro pa’ los cuates”, le ofreció la mano y se la estrechó con un saludo adolescente. Se volvió a colocar sus audífonos y regresó a la lóbrega ciudad con lluvia de cenizas que se apreciaba en la pantalla.

El Bolero no dejó de sonar, pero Marcela conocía los acordes finales que estaba escuchando. “Ven”, le dijo Jonás conduciéndola hacia el final del pasillo de donde llegaba la pieza. Medio metro más adelante, Chiro Liro vociferó: “Ya está por venir”. Marcela observó que Jonás se quedó con la boca abierta, como si le hubieran respondido una pregunta que apenas iba a formular; luego asentó con la cabeza mientras seguía caminando. “¿Quién va a venir, Jonás?”. “Otro detective”. “Ah. Entonces, ésta es la agencia”. “No como tú crees”. La intriga, los pasos lentos, las percusiones de las teclas aceleraban el pulso de la muchacha, era la tétrica variación del silencio que le aterraba. “¿Cómo se llama?” “¿El que toca el piano o el que está por venir?”. Titubeó: “Supongo que al pianista me lo vas a presentar en unos segundos, así que el que va a venir”. “PORRO”. Marcela no quiso aclarar más, primero porque ya tenía muchas cosas en qué pensar, qué decidir, qué conocer; y porque Jonás alcanzó la puerta blanca que relucía al fondo del trayecto.

La abrió por completo pasando primero como supervisando algún peligro inesperado para después llamar con la mano a su cada vez más estupefacta clienta. Marcela no puso atención siquiera al decorado ecléctico de lo que parecía más una biblioteca que la oficina estereotipada de los detectives. Es más: El sujeto que la abstrajo del universo no leía documentos confidenciales mientras escuchaba música clásica. Era él mismo quien, sentado sobre un banquillo virreinal, pulsaba sus dedos con una firmeza apasionada, inclinando su cuerpo según la sensación que le provocaba, meneando la cabeza, sacudiendo los brazos, tensando su pie izquierdo para aplastar los pedales. Le dio la impresión imposible de estar a espaldas de Beethoven, además, por la indumentaria vetusta que portaba. Botines de charol, casaca negra tal vez de pana, camisa blanca escarolada cuyas mangas de encaje sobresalían de las del saco y una cabellera cuyas puntas apenas rozaban sus hombros. Marcela comenzaba a mirar los libros para verificar que no había hecho un viaje en el tiempo o en las drogas cuando, a la vez, el tipo concluyó la interpretación y Jonás tocó su brazo. Semejante sobresalto (Marcela brincó y gritó ahogadamente) no inmutó a ninguno. “Él es Vic”, señaló Jonás al individuo. Vic giró por completo alzando las piernas por encima del asiento, inclinándose hacia delante, observando a Marcela con circunspección. 10, 15 segundos para el escrutinio. Entrecerró los ojos y extrajo un cigarrillo de la casaca, sin ningún tipo de aire arrogante. “¿Cuál es el caso?”. “Mi hermana. Está desaparecida y quiero que la encuentren”. La velocidad de la respuesta de Marcela fue desesperación en realidad. “¿Tú que dices?”, dijo Vic, manteniendo la vista sobre la chica. “Tiene lana. Mucha, creo”, espetó Jonás. Marcela casi se ríe, contrariada del repentino materialismo en que ambos podían entenderse en el fondo de sus apariencias. “¿Qué tan difícil crees que sea?”. “No sé, 6 ó 7 semanas”, respondió Jonás. “¿Con o sin?”, dijo Vic. “Calculo que con”. “¿De plano todos?”. “Bueno, no todos al mismo tiempo, pero, sí, pienso que todos”. “¿Entonces?”.

 Ante esta pregunta, Jonás miró a Marcela. “¿Cuánto estás dispuesta a pagar?”. “¿Cuánto me cobrarían?”. La mujer aprovechó las miradas cruzadas de ambos para continuar. “¿Cuál es el valor que tiene para ustedes la familia, una vida humana? ¿Cuál mitigar la incertidumbre de que lo más querido volverá?”. Marcela lloraba en serio, no era una treta de regateo.

“No funciona así, Marcela”, dijo Jonás, a lo que prosiguió Vic: “¿Cómo nos encontraste?”. Marcela se extrañó sinceramente, casi atemorizada; aún así, avanzó enérgicamente hacia el pianista, sacó la fotografía y se la extendió. “Recibí esta postal hace 2 semanas y de inmediato fui a la Procuraduría para reabrir la pesquisa. Me mandaron al diablo, pero un policía ministerial me habló de ustedes. No me dijo domicilio o nombres. Tardé esas 2 semanas en ubicar la pista del lugar donde un billarista madrugador y solitario te guiaba a la guarida”. Jonás alzó la mano, Vic asintió, observando la foto por ambos lados; se irguió quedando cerca de Marcela y se la devolvió. “¿Sabes en realidad quiénes somos?”, le preguntó mientras se apartaba de ella, soltaba otra bocanada de humo y se dirigía a su escritorio. Marcela volvió a sentirse confundida, pero no dejó de comprobar que este tipo había salido de principios del siglo XIX o sólo emulaba el Romanticismo Negro por locura. “¡Sé que son detectives (Avanza hacia el escritorio a paso lento) y que con dinero, todo el que quieran, (Comienza a sollozar) podrán encontrar a mi hermana desaparecida (Grita) desde hace siete meses!”, concluyó Marcela estampando, exasperada, la postal en la mesa. “Cálmate, Marcela”, se acercó Jonás y la aprisionó suavemente. “No puedo. Esta evidencia es mi esperanza. Y vine aquí creyendo que esa esperanza mejoraría hasta encontrarla, Jonás”. Marcela seguía hablando fuerte, su cara se puso roja, lloraba más profusamente, pero nunca se quebró ni dejó de taladrar las pupilas tristes de Vic con las azules suyas.

Vic apagó el cigarro en el cenicero de porcelana china y apoyó sus manos en el escritorio. “Mira, niña, no somos investigadores privados que vayan por la vida grabando videos de personas infieles o cazando recompensas o buscando personas. No somos Locatel”. La mordacidad era, además, muy lógica, ante lo cual Marcela se repuso. “Somos gatilleros. Un cliente entra por esa puerta, o por la de Jonás o por la de Chiro Liro o por la de PORRO y pide algo simple: Matar a su objetivo”. Marcela extendió sus párpados de asombro. “Quien solicita el servicio pudiera ir con cualquier sicario a realizar un trabajo sucio de mafioso de quinta. Pero viene a nosotros por algo también simple: No sabe dónde está su presa.” Vic se irguió y rodeó lentamente el escritorio. “Le perdió el rastro, repentinamente quiere una venganza para la que no estaba preparado o simplemente no tiene el valor de exterminar a sus propios fantasmas. Sin fotos, retratos hablados, voces, testigos, nada nos indica quién es y dónde localizarlo. En este punto entramos nosotros”. Vic jaló una silla ofreciéndosela a Marcela, quien se veía más calmada, y luego un bombón de su bombonera de cristal cortado. Jonás giró hacia la silla principal y Vic en el asiento al lado de la joven. “Nuestro objetivo es matar. La diferencia es que el cliente no puede hacerlo aun cuando contratara matones dizque profesionales”. Vic alzó una ceja y Marcela lo recibió como un coqueteo inapropiado. “¿Entonces? ¿Quiere decir que no pueden sólo encontrar a mi hermana? Es decir, entendí todo el choro ése de que matan y demás, pero… ¡Puta madre, son detectives! ¡Sólo les pido encontrar a mi hermana!”. “Sólo puedes pedirnos hallar a alguien para matarlo”. “Perfecto”, dijo Marcela mientras acercó la postal a la cara de Vic para mostrársela con rabia apenas controlada, “entonces quiero que lo maten a él”. Vic bajó el brazo altanero de Marcela con una mano quitándole la postal con la otra hasta que estrecharon la de cada uno como amigos. “Es un trato”, dijo Vic sin sonreír, ni siquiera cuando entró PORRO seguido de Junichiro cargando bolsas de tacos y gritando que ya había llegado la cena, ni siquiera cuando Jonás susurró “Por fin” y se levantó disparado hacia la comilona, ni siquiera cuando Marcela intentó lograrlo sonriéndole a él.

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*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

7 comentarios en “Otra postal desde el infierno 3

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