XV Años: Retorno a La Habana

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Con especial dedicatoria a la ’99-2004, los que fuimos y los que nos quedamos

Para leer esta crónica, espero recuerden los acordes que nos han acompañado desde entonces.

Debo confesarles que no fue lo mismo sin ustedes, damas y camajanes. Tanto por desgracia como por fortuna. Sin embargo, al igual que para todo viaje, el que se va no vuelve y si vuelve, vuelve otro. La Cuba que volvió a mis ojos resultó tan distinta que ni para el 18° Encuentro de Estudiantes de Comunicación 2017 –que, por cierto, ya no se realizan desde 2006, cuando se fue Fidel-, no reconocerían ni la piel de su noche.

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Ojos de trovador IV (El deshielo)

La llovizna arrecia nada más punzando la piel. Sobre la azotea, enormes charcos horadan el concreto, lo cual mantiene vacío el último piso de este edificio de amnistiados y en peligro a quienes suben a tender sus ropas recién lavadas. Como en el box, en una esquina, atendido por paramédicos, se ubica Centeno; en otro, interrogo a Farías, menos asustado que inquieto.

-¿Ahora sí me va a contar toda la verdad?

-Le he contado todo lo necesario…

-Me distrajo con libros y grabaciones telefónicas. Mi principal sospechoso se dio a la fuga de su mansión y resulta que lo visita a usted precisamente, segundos antes de colgarme, y, por Dios, ¿Electrificó la puerta de su casa?

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Ojos de trovador III (El deshielo)

Trémulo de espanto y confusión, Centeno ingresa al apartamento gris de Farías; éste se asoma al pasillo, espía ambos lados y ocluye la puerta con una llave para luego alzar una pastilla de la caja de fusibles. Sentados a la mesa, intranquilos, no recuerdan ni cómo empezar una conversación: Años ingratos han transcurrido y Farías apenas rememora en su amigo el rastro de un acento andaluz de su tiempo en el Seminario de Málaga mezclado con su común tono tropical.

-Sabías que en cuanto Lemus muriera, irían tras de ti. Pero tú vives en arraigo domiciliario, cuyo cerco intensificarían, lo cual te impediría cualquier contacto conmigo. Así que preferiste escapar. ¿Cómo me encontraste? -se anima Farías, al fin, respondiendo a Centeno.

-Amigos de la feligresía.

-Pensé que tenías prohibido oficiar.

-No en mi terreno. Cada domingo ofrezco un servicio, es todo lo que me permiten. Pero eso sí, cada domingo 2 agentes del gobierno escuchan la homilía por si se me ocurre interpretar el Evangelio de modo inconveniente. ¿Cómo te enteraste de mi condición?

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Ojos de trovador II (El deshielo)

Un solitario teléfono público empotrado justo a la mitad del largo pasillo que conecta ambas torres de la Oficina Delegacional de la Gendarmería me separa de mi custodiado. Frente al aparato, una ventana alta repiqueteada por las gotas y una policía que se siente frustrada. Para esta hora de la tarde, he cumplido todas las tareas, pero Liebermann me acaba de regañar y muy feo. ¿Debería meditar mi desquite contra Farías? Marco el número de su departamento, que timbra 3 veces antes de que hablen desde el otro lado:

-Oigo.

-Farías, ¿A qué carajos cree que está jugando conmigo -silencio. Silencio desesperante-? Sus recomendaciones no nos llevaron a nada y ahora mi jefe quiere lincharme por confiar demasiado en usted.

-Yo haría lo mismo: Pensé que desde la última vez no confiaría en nada más que en las evidencias y en su bien preparado criterio policiaco.

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Ojos de trovador (El deshielo)

Llueve sin clemencia en esta ventosa Villahermosa. Pero a Quintín Farías parece tenerle sin cuidado las gruesas gotas que punzan las pestañas. Callado desde que lo subieron a la patrulla, he respetado su silencio, solamente unas sonrisas mutuas. Ahora, sobre la banqueta, no noto en él preocupación ni curiosidad. Pero se detiene súbitamente frente a la puerta del minimalista Edificio Cervantes, levanta su vista, se moja:

-Pendejo- suspira y entra.

Nada le digo hasta que nos topamos con el cordón policiaco terminando las escaleras: “Hombre de 64 años, 1.75 m, 132 libras, tez blanca…”. Farías se va quitando el overol y las botas: “No quiero ensuciar la cadena de custodia”. Debajo del uniforme de su empleo asignado, queda en una simple playera blanca y un desgastadísimo pantalón azul obscuro. Apenas un reloj de segunda mano comprado recientemente, calcetines rojos por donde asoman un par de dedos, sin cinturón ni cartera.

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