“Éste es el plan: Chiro Liro y PORRO realizarán el exhaustivo análisis del material de la postal, así como dactilografía, caligrafía, imagenología, etc. Vic se trasladará a Ciudad Juárez para indagar las condiciones en que la carta fue enviada para acá, mientras Marcela y yo realizamos una investigación aquí en Villahermosa sobre conocidos, amigos, vecinos, ya saben. Dependiendo del resultado, estableceremos en una semana si es recomendable viajar al norte para proseguir la pesquisa. ¿Estamos?”.

El círculo que se unía a Marcela estaba a punto de desintegrarse con un sí colectivo, cuando Jonás agregó que absolutamente todo lo del pago estaba pactado: Sería hasta el final de la investigación y la clienta contaba con los recursos para sufragar el precio acordado. Ahora sí, el sí colectivo, todos media vuelta a la madrugada, excepto porque la joven sintió unos dedos tibios sujetando su antebrazo. Se estremeció, pero pudo mantener la mirada sobre la de Vic. “Tienes que saber que lo que pides se cumple. Si vamos tras él, lo matamos. Fuera de eso, cualquier cosa que conduzca a tu hermana no será nuestro problema.” “De acuerdo”. “No puedes arrepentirte ni dar marcha atrás, no será tu mano asesina posándose sobre su vida, sino la nuestra y sólo nosotros diremos sí o no”. Tardo algo más, pero repitió: “De acuerdo”. Vic no dijo más y se alejó fumando. “¿Nos vamos?”, la asustó Jonás por atrás. Ella asintió. “¿Quieres algo más o está bien con la cena, Marcela?”. “No, Jonás, gracias, está bien”.

Jonás se echaba otro cigarro a la luz de los semáforos que brillaban sobre el contorno negro de sus lentes para sol. “¿Cómo se te quebró?”, dijo él. A su lado, Marcela ya no pretendía sorprenderse, sino conocer a los susodichos gatilleros. “¿La muñeca izquierda?”. “Bueno, eso también, sí.” Marcela abrió la boca y volteó a ver a Jonás, expresión que éste no pudo observar por culpa de la luz verde que lo obligó acelerar el coche. “Jugaba tamalada con mi hermana, salté con mucho impulso y me resbalé con la camisa de uno de los burros, mis amigos. Caí sobre mi mano y me la enyesaron por mes y medio”. “¿Qué más estudiaron juntas tu hermana y tú?”. “Nuestras carreras fueron lo primero que nos separó. Ella estudió Ingeniería Química en la Universidad de Ciudad Juárez y yo, Arquitectura aquí, en la Autónoma de Tabasco. Primaria, secundaria y preparatoria juntas hasta el examen de admisión”. Marcela comenzó a dejar escapar algunas gotas por la cara. “Ni siquiera pasamos juntas ese último verano, porque ambas teníamos que estudiar y ella además tenía que buscar residencia allá”. El auto siguió rodando a 80 por hora. “Por cierto, ¿A dónde vamos?”.

Jonás desaceleró, se orilló y apagó al motor con movimientos rápidos y amables. “¿No recuerdas algún antecedente familiar que valga la pena mencionar para el caso?”. Silencio de Marcela. “Aparte de la muñeca, por supuesto”. Sonrisa de Marcela. “Por ejemplo, tus padres, hermanos, algo así”. “Mira, Jonás, diré esto sólo una vez”, Marcela respiró hondo y continuó un solo y largo aliento: “Mi padre quedó viudo cuando mi mamá dio a luz de mí. Desde entonces, trató de cuidarnos, criarnos y no privarnos de nada. Hasta donde sé, era un prominente científico e inventor dentro de la Ingeniería Química también. ¿Conoces el unicel?”. Cejas alzadas de Jonás por encima de los lentes oscuros. “¿Él lo creó?”. “No, él mejoró su composición original, patentó el sistema de biodegradación e ideó sus aplicaciones domésticas. Ello impidió que se usara en la guerra”. Cejas fruncidas de Jonás. “¿El unicel era un arma bélica?”. “No sé, yo sólo te remito lo que había en sus anotaciones, que heredamos mi hermana y yo como sus únicas hijas. Nada más. No hubo disputas de parientes o algo así. Desde mis 10 años de edad, hemos gozado de un fideicomiso sustancialmente millonario que nos ha permitido vivir y estudiar sin problemas. Sin embargo, en nuestra crianza, apreciamos más el valor del conocimiento y el humanismo que el del dinero. Ambas tenemos maestrías en el extranjero y aunque yo todavía no consigo empleo, aún me alcanza para pagarles a ustedes y no necesitarlo”. “¿Podrías, con la mano en el corazón, descartar el móvil financiero?”. “¿Contra mi padre? Murió hace 16 años, Jonás”. “Hay venganzas que tardan en fraguarse. Sobre todo, con un arma de por medio”. “Entonces, no sabría decirte. Y sé que no debemos descartar nada. Ahora dime porqué nos detuvimos aquí”. “Lee el letrero”.

Apagado, el cartel debía iluminar un laboratorio particular que rotulaba los servicios disponibles, los horarios de atención y la encargada del lugar. Entonces se extrañó muchísimo. Siguió contemplando el nombre aún después que alguien le abrió la portezuela, salió del vehículo y oyó que ese mismo alguien le decía “Vamos”. Se acercó a Jonás, parado frente la puerta de una cortina metálica café. “Yo no tengo las llaves”, dijo Marcela al presionarla. “No las necesitamos”, concluyó Jonás antes de sacar una especie de picahielos diminuto de su cinturón y colocarlo en la cerradura. Un giro, un tronido seco, la mano jalando la puerta hacia fuera, Jonás y Marcela tratando de mirar el opaco interior tras la malla. La primera impresión fue la puerta de aluminio con los cristales y la chapa rotos. Jonás la empujó probando que sí estaba forzadamente abierta. “¿Tú primero o yo primero?”. “Yo primero”.

Con el primer paso al interior que provocó un intenso chasquido de vidrios, Jonás siguió maravillándose de la audacia de Marcela y Marcela midió su propio valor al acercarse a la oscuridad sin el escudo de Jonás. El eco devolvía ruidos puros y el resplandor de la calle no lograba dar siluetas a dos pasos de distancia. Marcela sintió a sus espaldas que aventaron la puerta, cortando el haz y tronando el silencio, reprimió un grito y cerró sus ojos. Cuando lo abrió, dos círculos diáfanos sustituyeron sus alargadas sombras sobre el piso. Le dio una lámpara a Marcela en tanto le explicaba que no convenía mantener la puerta abierta ni para encontrar el interruptor ni para alertar al exterior que alguien exploraba el sitio. La joven se centró en el camino de espejitos que brillaban indicando una ruta imposible hacia la pared del fondo. De repente, vio un líquido azul bañando algunos y se agachó para tocarlo. Pero la deslumbró la penetrante iluminación de los focos encendidos por Jonás. “Es diluyente de Türk”, aclaró desde la caja de fusibles. “Sirve como reactivo para los análisis microscópicos de los componentes de la sangre: Cuáles posee, en qué cantidad, morfología, e-te-ce, e-te-ce”. Apagó su lámpara y barrió con la vista el ámbito frío de la recepción. Marcela dio cuatro pasos en cuclillas tras observar un pedazo de vidrio con una raya seguido del número 30 pintados en blanco. “Es de un…”. “Ya sé, Jonás. No soy estúpida. Es la pieza de una pinche matraz”. Jonás se agachó frente a ella. “En realidad, es de un envase para muestras”. Marcela lo miró con gesto de confusión. “¿Cómo lo sabes?”. “El grosor de la pieza. Las matraces son todas de vidrio y este vaso es de plexiglás con teflón, texturas no sutiles para manos entrenadas”. Marcela tiró la pieza fusilando a Jonás. Se ayudaron mutuamente para erguirse. “Si te sirve de consuelo, es un error muy común”. “Sigamos, ¿Sí?”.

Marcela se adelantó y con los dedos impulsó otra puerta de madera, también abierta pero no a la fuerza. Supuso dónde hallaría el interruptor. Las radiantes luces azulinas le dieron la razón y le mostraron el desastre que la dejó boquiabierta, tanto como a Jonás al entrar después de ella. Salpicado en un coctel de vidrios que lo mismo podría ser de portaobjetos que de pipetas, el escenario de las mesas y bancos de trabajo embrocados, refrigeradores, centrifugadoras, estufas bacteriológicas y autoclaves con las portezuelas desplegadas cuando no derribadas sobre el suelo, espectrofotómetros y gasómetros aporreados con lo que pudieron ser bates o barretas, con sus cables y calibradores vomitados, los líquidos de diversos colores y densidades esparcidos hasta en el techo y los papeles enteros, doblados, arrugados y despedazados, dejó en claro un registro libre de delicadezas. Jonás intuyó que incluso libre de meticulosidad, porque algunos cajones de las mesas de trabajo lucían cerrados a toda prisa, para que no estorbaran en la busca, con algunos documentos sólo revoloteados por encima, y los mecheros de Bunsen intactos. “¿Por qué nadie los habrá movido?”, preguntó Marcela. “Porque es una trampa, así que ni los toques”. Ninguno se asombró de saber por anticipado. De puntas casi, se bifurcaron para rodear la habitación cerca de las paredes, lejos de la mesa de trabajo en el centro donde, quietecitos, brillaban los mecheros. Cada paso era de pánico total por una posible cortadura, una posible bretadura, una posible rotura que perjudicara las evidencias dejadas por los rastreadores.

Marcela: Absorta sobre el alfombrado que repiqueteaba con solo respirar, las alacenas sin vidrios colocadas a la altura de la cabeza y los frascos rotos dentro de ellas, apenas quedaron las tapitas de aluminio, algunas etiquetas manuscritas y goteros sin exprimir. Jonás: Constatando en la biblioteca de su memoria lo que quedaba de interior de los artefactos aún enchufados, algunos hisopos recién esterilizados envueltos en papel revolución y un detalle: Un lado del piso de la estufa saltado levemente. Llamó a la mujer por su nombre y removió sin dificultad la pieza suelta que aquéllos no notaron. “¿Reconoces la letra?”. “Por supuesto: Es de mi hermana”, pues era su nombre el que figuraba en el anuncio como la encargada del negocio. Ambos contemplaron la extraña libreta forrada en papel lustre de color azul cielo rubricada con una indicación en su cubierta: Quémala.

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*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter y en Instagram, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

5 comentarios en “Otra postal desde el infierno 4

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