Otra postal desde el infierno

Otra postal desde el infierno

Una vez que la bola 8, negra y compacta, tocó las esquinas y luego el fondo de la buchaca, Jonás sabía que tenía que empezar. Así que despacio acomodó el taco a todo lo largo sobre la mesa, prendió un cigarro y se dirigió a pagar la cuenta. Pero alguien ya lo había hecho por él. Ni siquiera preguntó quién aunque su contrariedad aumentó al ser recibido en la barra con una voz escalofriantemente dulce: “Pagué una hora más”. Y le salió lo bocón una vez más: “Serán como seis juegos que ganaré sin que metas una sola”.

Sólo sus zapatos resonaban en el largo galerón del billar, pues Jonás acostumbraba jugar por las madrugadas, para no ser perturbado ni por los gritos de los parroquianos ni por las complacencias de la rockolla. Hubiera sido genial, pensó, si al menos trajera minifaldas y tacones. Tomó el mismo taco y acomodó las bolas sobre el mismo paño. “Abren las novatas”, dijo insolente, pero apenas pudo contener el resoplido su coraje cuando vio que la joven acomodó su cuerpo para ejecutar un tiro al triángulo que metió una lisa y una rayada. “Escojo las rayadas”, eligió penetrando sus ojos con igual insolencia.

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