Habían pasado varios minutos, pero a él le habían parecido horas. Todavía continuaba rebotando una y otra vez su pelota de caucho sobre las paredes de su celda para distraer a sus pensamientos y al hambre que empezada a aguijonear su estómago.

-Oye, imbécil extranjero –le espetó el celador por enésima vez-, si no guardas esa maldita pelota, te quitaré esa y las otras que tienes.

-¡¿Qué?! Yo sólo traje -se quedó callado el prisionero, extendió sus párpados y cambió el tono–… Mire, tengo hambre, así que si no me va a traer comida, seguiré entreteniéndome con esto.

Intensificó el número y la velocidad de los rebotes mientras veía a su carcelero con una expresión sardónica. Éste, en cambio, iba enojándose a cada golpe monótono de la pequeña esfera blanda.

-¡Está bien, tú te lo buscaste! -estalló el tipo en un grito que alteró a los demás reclusos.

Rápidamente, antes que el celador lograra entrar por las rejas, el preso tomó su pelota y la guardó en su saco. Luego, se paró sobre la cama, esperándolo.

-Ahora sí, maldito animal. ¡Te voy a matar!

El celador lanzó un macanazo a las piernas del prisionero con la intención de derribarlo y, ya en el suelo, tundirlo a patadas. Pero éste, agarrándose de los barrotes de la ventana, se colgó, evadiendo el palo, y le conectó ambos pies al rostro de agresor, derribándolo. Después, se soltó y de un salto logró caerle encima, presionándolo contra el suelo, propinándole puñetazos limpios.

El escándalo alertó a Fosworth y al Gerente General en el cuarto de interrogatorios, donde se quedaron analizando el caso del forastero mexicano. Inmediatamente, salieron al largo y abandonado pasillo que conducía a las celdas.

-¡Carcelero -gritó el Gerente General-! ¿Está usted ahí?

El alboroto seguía, pero nadie contestaba al otro extremo del túnel. Cautelosamente, en medio de la penumbra y los alaridos, el Gerente General y Fosworth avanzaron. Al fin, a veces detenidos por algunos brazos que se atrevían a salir de las crujías, llegaron al del extranjero. Dormía cubierto con la colcha verduzca y desgastada de la prisión y sobre su costado derecho viendo a la pared.

-Maldita sea –dijo el Gerente General-, escapó el muy desgraciado.

-¿Qué? ¿Está viendo visiones, Señor Gerente? Está profundamente dormido en su catre.

-¿Y el guardia?

-Debe estar en el baño. ¡Qué sé yo! No puede estar 8 horas continuas vigilando a su prisionero. En algún momento, debe ir a comer o no sé, yo…

Un puerta azotó de repente, callando la argumentación de Fosworth. Miraron hacia donde provenía el ruido seco; en realidad, era la ya algo oxidada puerta de salida al muelle en que atracaban los barcos que trasladaban a los pocos filibusteros que quedaban ya.

-¿No se lo dije, Fosworth? -articuló el Gerente General sin verlo, caminando ya hacia el fierro que pesadamente movía el viento del Báltico.

Ambos hombres sujetaron la pieza y pasaron al entarimado de piedra que daba al mar abierto. Disfrutando la brisa y las salpicaduras cosquilleantes de las olas que reventaban en las rocas, el sujeto se encontraba parado frente al Norte, meneando con su mano izquierda el sombrero del vigilante.

-¡No se mueva! -le gritó Fosworth, que proseguía su marcha, junto con el Gerente General, hacia el aún prisionero.

-Así que acá los traían –dijo con melancolía el sujeto sin detener los giros alegres la gorra.

-¿Perdón? -contestó Fosworth.

-Y todavía los traen.

-¿A quiénes?

-A los piratas restantes de la Hermandad de la Costa, la compañía delictiva integrada y legitimada por Reino Unido y Francia para horadar el poderío naval de España en el Caribe. Pero una vez que las naciones de las Antillas obtuvieron su independencia, los corsarios no tuvieron más remedio que asaltar las carabelas de sus antiguos patrones. Entonces, ilegalizaron la corporación para no comprometer la estabilidad militar y económica de las posesiones inglesas y francesas de ultramar, de eso hace ya 80 años. Ironías de la geopolítica.

-Eso no es de su incumbencia.

-¿Por qué no se escapó? -increpó calmadamente el Gerente General.

-Él empezó –replicó el sujeto aventándoles la gorra-, entró a mi cárcel dispuesto a partirme la cara. Y no me dejé. Eso es todo.

-¿Por qué no se escapó? -repitió más torvamente el Gerente General.

-Si me largaba de aquí, cosa que por lo visto no me iba a costar mucho trabajo –respondió el sujeto acercándose a ellos-, pasaría el resto de mi existencia en una maldita mazmorra británica. No vine a Londres para eso, tengo otros planes mejores para mi estancia en la isla de Su Majestad…

El sujeto realizó una elaborada genuflexión, a lo que Fosworth y el Gerente General, algo extrañados de la deferencia del extranjero, adoptaron posturas marciales para gritar a coro:

-¡Dios salve a la Reina Victoria!

Riéndose levemente, el sujeto se irguió.

-…Su Majestad Literaria, Sir William Shakespeare.

En ese instante, salieron el resto de los policías del puerto. Furiosos, los dos funcionarios de la Corona mandaron a cuatro a sujetar al joven, los cuales lo colgaron de sus extremidades por el muelle hacia la prisión.

-Pagarás caro esta ofensa diplomática –indicó Fosworth-, de eso me encargo yo.

Entraron todos, menos el Gerente General, quien se quedó pensando sobre los tablones, con la gorra que había atrapado entre las manos. Le frunció el ceño al océano, intrigado de lo versado sobre la historia y la legislación nacionales que se hallaba el forastero.

I / II / III / IV / V / VI

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

7 comentarios en “Mientras pasa… (VI)

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