La mañana era fresca, con un calor prematuro atenuado por la brisa del Sena. Monsieur Moustafá Letelier caminó algo lentamente los 23 pasos que lo separaban del cadáver. Se colocó sus lentes de aproximación que extrajo de su maletín de doctor.

-¿Movieron el cuerpo?

-Negativo, Mr.

Puso unas pinzas largas entre sus dedos y con ellas manipuló el papel hacia una bolsa transparente, todo siempre del maletín.

-¿Tocaron alguna pieza de la escena?

-Negativo, Mr.

A continuación, instaló un trípode fuera de la línea preventiva de la policía y encima, una caja metálica negra, con un fuelle delante al que operaba apuntando diversas partes del cadáver, de cerca y de lejos, desde todos los posibles puntos de vista.

-¿Alguien más se ha acercado al la víctima?

-Negativo, Mr.

-¿No puede contestarme la policía con algo más que no sea con “Negativo, Mr.”?

-Negativo. Mr. Puedo contestarle que desde que el guardia lo halló, se acordonó el lugar, evitando el exceso de huellas de zapatos, tal como nos has instruido.

Letelier, por muy profesional que fuese, no pudo impedir restarle solemnidad al momento mostrando, primero, su sorpresa al levantar la cara, y luego, su sonrisa a Ettiènne Gallimard, detective en Jefe de la División de Homicidios de la Sûreté, un tipo físicamente distante a su colega: Un poco más alto, un poco más blanco, cabello rubio, ojos azules, fornido. Obviamente, no entró en la escena del crimen y dejó que Letelier se concentrara en su labor, ardua, meticulosa, pero productiva mientras ordenaba un refrigerio.

En cuanto el visitante se incorporó, regresó todo su instrumental y las evidencias recabadas a su maletita gris, Gallimard dio un giro con el dedo índice de su mano derecha, tras lo cual médicos y policías entraron para levantar el cuerpo.

-Y, ¿Qué piensas? -preguntó.

-Un suicidio artificial.

-Bueno, eso era muy lógico a primera vista. Nadie se apuñala a sí mismo a la mitad de la calle y de la noche, a unas calles de la estación de policía y con una nota suicida inventada.

Letelier observó a su interlocutor. En ocasiones, era muy lacónico, sobre todo porque entendía que debía escuchar atentamente a las personas para distinguir lo que decían, lo que en realidad querían decir y lo que no decían.

-Así que, amigo, o estás perdiendo tus asombrosas facultades de deducción o…

-¿Viajaste horas sólo para criticarme?

-¿Cómo sabes que viajé?

-Si no quieres la versión larga, sólo dime de dónde vienes.

-Más tarde me darás esa versión. Vengo de Marsella –bostezó– por el resguardo de algodón pólvora para el país. Ya sabes cuán indispensable es para el presidente defender lo poco que queda del Imperio sometiendo a los colones rebeldes, que tampoco aprenden.

Gallimard prendió un cigarro con el cerillo que sostuvo mientras veía el rostro adusto de su homólogo. Moustafá Yazid Letelier era nieto de inmigrantes argelinos radicados en Montpellier desde la época napoleónica, cuyos hijos, redescubriendo sus raíces, retornaron a Argel como ciudadanos franceses, procreando a cuatro vástagos completamente mestizos, criándolos entre mezquitas y magrebíes, entre mercados y puertos, entre francés y árabe, con todos los privilegios seculares. Desde su adolescencia, estuvo en contra de la ocupación y a favor de la independencia del Magreb –Argelia, Túnez y Libia- y se declaró antiimperialista. Sus obligaciones y gustos nunca lo llevaron lejos de sus convicciones: Teniendo que radicar en París para trabajar como investigador privado, lo hacía al margen de la ley, incluso contra los intereses de su patria y sus aliados colonialistas y/o expansionistas: Gran Bretaña, España, Italia, Alemania, Austria-Hungría, Rusia y los Estados Unidos. El cerillo quemó ligeramente la piel de Gallimard, quien aulló soltando el palillo chamuscado.

-Perdón, Yazid.

-Estoy habituado, Etiènne.

La brisa sacudió por segundos la cabellera larga del pied-noir y el silencio incómodo entre ambos.

-Y sin embargo, mírate, conduciendo una pesquisa oficial.

-¿Cómo sabías de la nota, si apenas vas llegando de Marsella?

-Mis hombres de dieron los detalles en cuanto llegué. Viajo en la misma carroza –Gallimard la señaló– con mi escolta, que me informó hasta de la presunta hora del crimen. Por cierto, ya que has vuelto al tema, ¿Es oficial? ¿Es un “suicidio artificial”?

-Es un hecho –Moustafá le sonrió, le guiñó el ojo y le dio una palmada en su antebrazo con el mismo desparpajo de compañeros de colegio, en el que se conocieron lustros atrás, antes de subir de nuevo a su coche, saludarlo con la mano desde la ventana y retirarse del lugar.

 

Los guardias continuaban temblando de pavor y tartamudeaban su declaración al Juez de Paz Julius Van Borgsen, el primer oficial investigador en llegar al muelle. Tomando notas todavía a la luz de las velas, ordenó al médico forense acomodar en fila las cabezas cercenadas para tratar de reconocerlas por él mismo. Sólo atinó con uno: El profesor Marcelo Del Fardini, el discípulo más aventajado del científico austrohúngaro Nikola Tesla, quien trabajaba con corrientes eléctricas. Heredero de la tradición experimental de sus compatriotas Alessandro Volta y Guglielmo Marconi, Del Fardini había logrado fabricar un dínamo capaz de trasladar una carroza por su propia fuerza. Su invención causó furor en los círculos intelectuales de Europa, pero el público se mostró muy poco alentado con la máquina; por falta de financiamiento, Del Fardini sólo construyó 4 prototipos, en uno de los cuales se trasladó Van Borgsen, a quien se lo había regalado. Toda Bélgica se impactó por el vehículo del magistrado, hubo puritanos del vapor que incluso pidieron su remoción, pero Van Borgsen había demostrado una y otra vez su capacidad para la justicia por encima de sus extravagancias tecnológicas. Hasta dónde sabía, Del Fardini seguía radicando en Cerdeña, una de las pocas islas italianas en que se podía trabajar sin la presión del Vaticano ni de la puritana monarquía de Umberto I. Como no tenía idea de la identidad de las testas restantes, se conformó con los testimonios y las evidencias llevadas a su laboratorio.

Allá, a un costado de la Suprema Corte de Justicia de Bélgica, lo recibió su experimentado y jovencísimo discípulo, quien sí pudo reconocer los otros 3 rostros.

-No hay huellas de tortura, pero es claro que así lo dispusieron para que los encontráramos rápido; aunque debo decir que quizá sus cuerpos sí hayan sido objeto de profanación, Profesor Van Borgsen.

-¿Estás seguro, Hércules?

Oui, monsieur. Y es una pena siendo todos científicos respetables. Del Fardini, claro; Haruki Kuribayashi, japonés, creador de un sistema eléctrico de grabado y copiado en seco.

-¿Lo conoces?

-Oh, no, Mr. Leí su trabajo durante mis vacaciones el Imperio del Sol Naciente.

-¿Y éste?

-Dr. Antonio Urrutia, mexicano. Está desarrollando un método para separar mellizos unidos por miembros u órganos. Lo conocí en el Reino de Siam, escala obligada al Japón. Él me recomendó escuchar a Kuribayashi. Y curiosamente, durante su conferencia, éste recomendó al último.

Van Borgsen, atento, comenzó a fijarse en ese rostro final, que sin duda, se le hacía conocido.

-¿Aún no lo identifica, Profesor?

-Es… Es -Van Borgsen alzó su cabeza implorando una iluminación divina–… Sé que trabajaba en vacunas contra virus…

-Sí, así es.

-Es francés, pero trabajó en Inglaterra un tiempo con el Dr. Koch, descubridor de la vacuna contra la viruela.

-Exacto. Y con el mismísimo Louis Pasteur. Usted lo recibió en este mismo puerto el día que ambos llegaron a este país, él por primera vez, usted de regreso de su Maestría en Nueva York.

-Sí, él también venía de Estados Unidos. Recuerdo que me explicó, con cierto monopolio de la conversación, de su trabajo con personas de raza negra inmunes a los microbios de varias plantas, como los del algodón en que ellos trabajaban.

-Correcto. Y según usted me contó, profesor, él sostuvo que venía por placer pues mucha gente racista del Sur prácticamente lo amenazó de muerte.

-Es verdad, pero… ¿Crees que cumplieran aquí, en Europa, su promesa?

-Con él, sí, Profesor, pero, ¿Con todos ellos, que no tenían relación alguna con ese problema? Además, la clave no se halla en las cabezas, sino en los cuerpos. Tendremos que empezar a buscarlos en la nación más próxima. Lo cual apunta a algo terrible: Estos crímenes, Profesor Van Borgsen, siempre anteceden a las grandes guerras.

-Esperemos que no, Hércules, esperemos que no…

 

Aunque no se le oficiaron los funerales adecuados, ni se publicó tan lamentable pérdida para la escasa comunidad intelectual nacional ni nadie reclamó sus restos, el cuerpo de Bruce Smithson no acabó dentro de una fosa común. Es más: Aunque el propio Pelagio Antonio de Labastida y Sámano, de su puño y letra, había prohibido cualquier ceremonial para el “hereje”, giró las instrucciones necesarias para conservar su cadáver y sus pertenencias en el nicho episcopal y para notificar de su muerte en todas las diócesis hasta el día en que algún familiar viniera a reclamarlo. Cualquier cosa que estuviese investigando, Roma debía enterarse a cabalidad. El reacomodo geopolítico reciente exigía documentarse sobre los trabajos de todos los científicos en el mundo, feligreses o no. Tal era la orden expresa y secreta del Papa León XIII desde el inicio de su pontificado. En este caso, existía también el ingrediente de la lucha espiritual y militar entre el muy católico, retrógrado y expansionista Trono de San Pedro y el muy secular, progresista y no menos expansionista Washington. El último alfil, Madrid, había caído vergonzosamente meses atrás. Alguien buscaría al connotado investigador norteamericano y entonces, buscarían que las negociaciones los favorecieran. Así que incluso enviaron a un estafeta hasta Boston, ciudad natal de Smithson, a la espera impaciente de una viuda condolida y manipulable. Mientras tanto, la bitácora, el libro de anotaciones y las herramientas de investigación serían sometidas a una examinación detallada.

I / II / III / IV / V / VI

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

8 comentarios en “Mientras pasa… (III)

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