Difícil Reencuentro

Los 2 varones descendieron por la escalerilla del buque hasta los tablones del muelle. Extrajeron de sus bolsillos los talones para el reclamo de sus equipajes y alzaron la vista a la nueva y gris ciudad que los recibiría por una temporada. Llegaron a la aduana de cielo abierto a pedir sus bártulos. El encargado los miró con recelo al tiempo que revisaba la papeleta, como resistiéndose a entregar lo que le solicitaban.

-¿Lugar de procedencia?

-México, señor –contestó el de tez clara.

-¿Ambos?

-Por supuesto, señor –contestó esta vez el de tez morena.

-¿Cuál es el propósito de su visita?

-Personal –dijo el uno.

-De negocios –dijo el otro.

El encargado pensó que se encontraba frente a dos polizontes que pretendían robar el equipaje ajeno y que no habían coincido en sus respuestas. A ello, amarró el hecho de que uno de ellos fuera de piel obscura, con una larga barba parda debajo de su cara y un turbante sobre ésta. La vestimenta, se dijo, también podría ser robada. Pidió un segundo para verificar los datos de las maletas y se retiró de la mesa.

-¿Crees que nos haya creído –cuchicheó el moreno– u otra vez habrá problemas por mi raza?

-No lo creo –replicó su acompañante-. Acabamos de llegar a una de las sociedades más civilizadas del mundo. La Nueva Atenas hoy día. Aquí el racismo es un asunto superado.

-Deténganlos –gritó el encargado desde el fondo de los bultos de los otros viajeros, mientras 4 policías corrían en dirección a ellos–, son ladrones extranjeros.

El sikh se dispuso a correr. Pero el otro lo detuvo por el hombro.

-No pasa nada. Todo debe ser una confusión. A lo mejor buscan a otros tipos.

El primer policía se aventó sobre éste y lo derribó. El sikh no esperó semejante trato de las autoridades locales y desenvainó su alfanje de su tobillo derecho. Con un caballazo, le dio una voltereta al primer policía, derrumbándolo como un fardo sobre su espalda, y al segundo, de una patada, lo despojó de su macana. Blandiendo el arma, el sikh mantenía a los 3 siguientes a distancia mientras pensaba. El otro no podía zafarse, pero aprovechó la distracción que provocaba las artes marciales de su compañero para asestarle un puntapié en sus testículos, dejándolo fuera de combate.

-¡Sólo queremos nuestros equipajes! -gritó a los guardias del muelle desde detrás de su camarada– Venimos de América.

-¿Y cómo pueden demostrarlo?

-¡Les dimos nuestros comprobantes al aduanero!

-Son falsos –replicó el aludido-, los revisé yo mismo. Además, mintieron en su declaración.

-¡No es cierto! -respondió ahora el sikh.

-Claro que sí. Yo los oí.

Todos voltearon a ver al Gerente General de la Aduana, quien había estado supervisando las operaciones de embarque y desembarque de ese día y que ellos jamás notaron. Hombre imponente de voz, utilizaba un sombrero de copa y una capa de príncipe impropias para el lugar y su trabajo. Las primeras genuflexiones en su honor indicaban algún título nobiliario que quizá el mismo se encargaba de evitar olvidar.

-Explicarán todo en la Comisaría.

-Ni madres –susurró el moreno a su cofrade y se lanzó a una cuerda que cortó con su cimitarra. Los bultos que iban a estibar a la cubierta de una fragata por salir pesaron más y elevaron al sikh por los aires, hasta depositarlo en el andamiaje de ascenso y descenso de otros pasajeros al otro lado del muelle. Todos se quedaron estupefactos, incluso su compinche, privado así de su parapeto, inerme ahora ante sus captores.

-¡Atrápenlo -vociferó el Gerente General, mientras se acercaba amenazadoramente al clarito–! Si tu obscuro amiguito se llega a escapar, pasarás el resto de tu vida en las mazmorras más hediondas de Edimburgo. ¡Llévenselo!

A rastras, el de tez blanca pudo observar cómo el de tez morena continuó corriendo, perdiéndose en el laberinto de estibadores y viajeros, saltando obstáculos tras obstáculos, noqueando a cada policía que se le cruzaba en su camino con todo tipo de acrobacias del Oriente. Trepándose al fin en un carruaje vacío, se dirigió a la puerta principal hacia las calles. Sin embargo, una valla cerrada de policías lo obligó a frenar y después a brincar hacia el agua salada del Canal de la Mancha. La valla humana, tal y como estaba ordenada, se acercó a la orilla para mirar cuánto tiempo podría aguantar la respiración el asombroso extranjero. Pero entonces, el sikh emergió en silencio al otro extremo de la barra del muelle, se ocultó en la parte trasera del carruaje, tiró su pequeña espada a los ganchos, lo que asustó a los caballos y el vehículo reinició su estrepitosa carrera, tumbando a todos los policías curiosos al agua, trepando por encima de la cabina hasta el asiento del conductor, recuperando su alfanje y escapando a la caótica vialidad de esa urbe.

El sujeto fue sentado a la fuerza en la silla del interrogatorio. Como aún era considerado extranjero, pese a su apariencia y al fluido inglés que le permitió replicar en el puerto, nadie se quedó en la habitación largo rato, hasta que él mismo pidió un cigarro. Con el pitillo de tabaco, entraron 3 tipos, entre ellos el Gerente General, aunque no sería él, sino el policía quien comenzaría la diligencia.

-¿Nombre?

-No voy a contestar nada hasta que venga mi abogado –dijo en español-. Conozco mis derechos y no me va a torturar sólo por una maldita racista confusión burocrática.

Los desconocidos intercambiaron miradas, pues nadie hablaba ese idioma. El abogado intentó de nuevo aderezado con señas.

-Yo… soy… su… abogado.

-Usted… es… un… pendejo –repitió burlonamente el acusado, a la misma usanza pero en inglés, para después volver al castellano– y yo lo que quiero es un abogado bilingüe o haré que mi país entre en conflicto con el suyo.

-¡Por favor -reprendió otro, el que seguramente era el vigilante de los intereses de esta nación, ante la posibilidad que, en efecto, el procedente de México, si lo comprobaba, apelara a ese recurso–! En 4 días, descontando el desplazamiento naval por el Atlántico, se convertiría en nuestra colonia.

-Claro, pero mientras, se quedarían sin su preciosa plata y su adictivo tabaco, señor…

-Clarence Fosworth, representante del Gobierno de Su Majestad en este…uhm… incidente diplomático. Veo que no es un neófito en el tema. No se preocupe. Le garantizo que su abogado vendrá lo más pronto posible.

-¡¿Qué?! ¡El extranjero que lo acompañaba provocó estropicios por todo el puerto de Liverpool! ¡Son delincuentes, por Dios, deben ir a la cárcel!

Curiosamente, el Gerente General, quien, de primera instancia, parecería el principal interesado en encerrar al indiciado, observaba todo el proceso sin levantar una sola ceja siquiera. El tipo lo notó, procurando no demostrárselo al misterioso caballero, que a su vez notó su acierto respecto al rango y al cargo de Fosworth. Así que decidió ganar tiempo.

-Enciérrenme si lo desean. Pero no hablaré si no es frente a mi defensor de oficio. Mr. Fosworth, un placer –estrechó la mano mencionada, se dirigió a la puerta y enseñó sus manos esposadas a los policías ahí apostados, dejando en la sala de interrogatorio a tres hombres perplejos, no sólo por la actitud del acusado, sino además por el enigma de su origen.

El carruaje perdió velocidad. El sikh tocó el aro de metal con golpecitos firmes y apurados. Mrs. Leslie abrió, vio al moreno con turbante todavía sosteniendo el fuete y la berlina detrás suyo y replicó:

-Lo siento. Temo que se ha equivocado de casa –el sikh diría “¿No es ésta la casa?” pero Mrs. Leslie completó-: Aquí nadie ha pedido un cochero.

El sikh entró al recibidor, tomó de los hombros a Mrs. Leslie y la miró muy fija y furiosamente.

-Señora: Para empezar, yo no soy un cochero, soy ingeniero químico. Luego, no veo porqué una persona con mi apariencia no pueda bajar de un carruaje como pasajero y no como conductor. ¡Malditos londinenses discriminatorios! Y para terminar, si éste es el domicilio del doctor John Watson, ¡Llámelo de parte del ingeniero Archibald Hardwick!

El estupor era mutuo y múltiple. Hay que imaginarse a una tranquila ama de casa reprendida por un indoárabe en el umbral de su propio hogar, por culpa de uno de sus huéspedes y además, en un perfecto acento de Oxford. Hay que imaginarse a un colono de padres británicos, graduado universitario hacía un par de años y no muy lejos de aquí, que pretendió regresar a Cachemira para no volver, pero que helo aquí de nuevo, aturdiendo a una venerable señora mayor, harto por el trato recibido en El Mundo Libre desde sus tiempos de estudiante, por el largo y maltrecho viaje desde el Puerto hasta Londres y por las atrasadas 11 de la mañana que eran.

Mrs. Leslie retiró suavemente las manos de individuo de su cuerpo. “El Dr. Watson salió a una diligencia privada desde la mañana y no ha regresado. Si gusta esperar, pero no le prometo nada”.

-¿Y Mr. Holmes?

 -Fueron juntos, así que será lo mismo.

-¿Podría decirme a dónde fueron? ¿De qué clase de diligencia se trata?

-Lo siento, Mr. Hardwick, pero los señores no acostumbran notificarme de sus actividades matutinas.

-Bien. Pero considere que en serio tengo mucha prisa, porque la vida de innumerables personas depende de nuestro encuentro. ¿Entendió, Mrs…?

La señora no pronunció palabra. Se dio cuenta que Mr. Hardwick no intentaba engañarla o dañarla en forma alguna, pero en realidad ella tampoco sabía el paradero de sus dos inquilinos. Pensó un rato. Hizo pasar al sikh a la sala y telefoneó.

-Bueno, habla Mr. Leslie Crawford. ¿Podría informarme, si conoce el dato, por supuesto, dónde podrían hallarse Mr. Holmes y el Dr Watson?

Mr. Hardwick se asombró del grado de confianza entre Mrs. Leslie y la Scotland Yard, al cual supuso ella había llamado, ya que la dama anotó en una hoja en blanco lo que le dictaron del otro lado.

-Aquí está. Creo que es una, ¿Cómo le nombran? ¡Ah! Una escena del crimen, así que me recomendaron llegar con cautela. Por cierto –Mrs. Leslie no le entregó el papel al sikh, entrecerrándole los ojos-, necesito cobrarles la renta de este mes… eh, y los rezagados.

-Si quiere, la puedo llevar en el carruaje.

-Oh, por favor, no se moleste…

-Bueno, si así lo prefiere…

-¡Vamos!

Mrs. Leslie le dio por fin la hojita a Mr. Hardwick, tomó su abrigo y sus llaves y se acomodó en la cabina del carruaje. El sikh miró fijamente la sonrisa incólume de la inglesa. Resignado, trepó a la tabla y condujo rumbo a Docklands.

I / II / III / IV / V / VI

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

5 comentarios en “Mientras pasa… (II)

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