-Elemental, mi querido Watson. El material implementado es una mezcla de tolueno y clorobenceno, con minerales diversos, que detonaron en una explosión violenta pero no expansiva.

-Holmes, eso es muy obvio. Deja de alardear frente a los familiares de las víctimas.

-Perdón, pero no tenemos tiempo que perder. Su majestad la Reina Victoria en persona nos pidió encontrar a los culpables de este reprobable acto terrorista.

-Por eso mismo, Holmes. Centrémonos en nuestras anotaciones sin comentarlas en voz alta.

Ambos detectives caminaron por el sendero que conducía a los rescoldos del estallido. Una mañana habitualmente nublada, densa y fría seguía colgada del firmamento británico. A cada crujido, el señor Sherlock Holmes prestaba una atención indispensable considerando la ausencia de datos visuales que retaran sus habilidades. El doctor John Watson se tapaba la boca con su mano frente a cada humillo proveniente de debajo de los trozos calcinados de mobiliario y tal vez de cadáveres.

-Tardaremos mucho en identificarlos plenamente, Holmes –espetó al fin Watson detrás de sus dedos-, así que por qué mejor dejamos entrar a los peritos y nos guiamos de sus datos.

-Imposible, estimado Watson. Arruinarían cada pista depositada.

-No hay nada que puedas ver aquí. Todo está carbonizado. Y sólo ellos pueden determinar con certeza lo que queremos averiguar.

Holmes se detuvo de repente. Observó un esqueleto negruzco de cuclillas que abrazaba algo que parecía haber sido un libro en tanto sostenía en la mano derecha un pedazo de metal. Se lo señaló a Watson, que inmediatamente abrió muy grande sus ojos y apartó su mano para exclamar, espantado: “No puede ser”.

-¿Lo conoce, Watson?

Por toda respuesta, Watson se acercó y se reclinó sobre el cadáver. Revisó con su mirada palmo a palmo el cuerpo ignoto, hasta que un detalle lo asombro al punto que cayó de espaldas.

-¿Qué te sucede, Watson? Dime qué viste, maldición.

-Cuéntame, Holmes, qué es lo que notas, qué te hizo detenerte.

-Todos los cuerpos están regados por toda la calle, pero éste sigue ahí donde lo agarró la explosión. La onda expansiva no pudo entonces originarse en la cocina, pues de lo contrario sólo los parrilleros hubieran muerto y sólo hablaríamos de un incendio nocturno. Es muy probable que el foco de la explosión proviniera del baño, alejado del cuerpo que no voló por los aires, sino sólo se calcinó en una llamarada envolvente. Por la hora de la detonación, según los testigos, ése cadáver tuvo que entrar apenas al bar, como si lo estuviesen persiguiendo, o peor aún, esperando, porque los ebrios muy ebrios ni siquiera podrían haberse parado de sus asientos y caminar correctamente hasta esa cabina en que está, ni el tiempo suficiente para que le robaran el anillo de oro labrado que porta en su mano izquierda. Por las dimensiones del metal en su diestra, deduzco que hablaba por teléfono con alguien y por tu reacción, sé que era contigo a la mitad de la madrugada, cuando la explosión los interrumpió.

-Impecable, Holmes –sostuvo Watson impávido en su terror, mirando fijamente al cuerpo-, como siempre.

-Bien, mi querido amigo. Ahora dime lo que quiero que los peritos tarden meses para que adelantemos nuestra indagatoria.

-¿Qué?

-Su nombre.

-John Wat…

-No, no el suyo, el del cadáver.

-Oliver Anderson. Es un reconocido físico matemático, aprendiz de Wilhelm Röntgen. Residía en Francia, estudiando con varios alumnos de Röntgen, viviendo con un matrimonio, los Curie, me parece, pero la última carta que me respondió antes de telefonearme a la casa anoche tenía sello de Montreal y mencionaba a su nuevo profesor, un tal Max Planck, y nuevos compañeros, como Ernest Rutherford.

-No entiendo nada, Watson. Levántate y ayúdame. Voy a quitarle el anillo a sus huesos y pediré que conserven intacto sus restos para analizarlos.

Holmes irguió de nuevo al médico, se sacudió las ropas y saltó hasta colocarse de la misma posición que el cadáver. Respiró un olor extraño que no se parecía a ninguna de las explosiones con dinamita convencional que había estudiado de la química de Wöhler en Alemania ni en la planta de Alfred Nobel en Noruega. Era más penetrante y repulsivo. Lo que más le sorprendió, sin embargo, fue que, al rodear el anillo con sus dedos para extraerlo, la mano completa se deshizo en un polvo grisáceo y fino. Se paró de nuevo, asombrado, procurando no desmoronar la única evidencia orgánica de la escena del crimen.

-¿Conoces este anillo, Watson? -le espetó el detective al doctor sin apartar la vista del cadáver.

-No.

-¿No -siguió Holmes todavía con el anillo alzado y su vista en el cuerpo-? Juraría que el día que nos conocimos en la taberna portabas uno exactamente igual, sólo que en vez de una mano sosteniendo un relámpago tenía grabado el bastón de Escolapio.

Watson le arrebató la joya y la reviso de cerca. En efecto, el trueno asido por una mano refulgía levemente en medio de la niebla. De espaldas a Holmes, extrajo de su saco otro anillo, éste con un par de serpientes enrolladas en un cetro con la punta alada.

-¿Podrías, Watson, suspender por un momento la contemplación de las alhajas y ayudarme con algo acá?

Ni se sorprendió. El médico guardó los anillos en su saco y también se acuclilló junto a sus amigos, escuchando al vivo para reconocer al muerto.

-¿Tiene idea de por qué está tan lejos de su taller de trabajo, doctor?

Holmes miró a su colega con extrañeza.

-Su silencio me resulta mucho más revelador que un simple no. Si puede, ayude a Oliver Anderson a capturar a sus asesinos. Si no puede, le suplicaré que no estorbe en la investigación.

Ahora Watson miró con un gesto amargo a Holmes. Otras veces, por discrepancias profesionales y aun morales, se habían mirado incluso con desconfianza, sentimiento que se diluía mediante la resolución de cada caso, lo cual se notaba en el espíritu de los relatos del doctor. Pero esta vez, hasta el detective percibió en los ojos de su compañero algo distinto. Algo que, independientemente de lo que fuese, era muy personal.

-Watson. Sospecho que este hombre no murió ni quemado ni por explosión súbita. Es como si de un solo golpe hubieran evaporado su piel, sus músculos, sus huesos. Si lo toca, se convierte en ceniza limpia. ¿Conoce alguna secuela, algún debilitamiento que ocasione un daño en el organismo humano?

-Holmes. Éste hombre era un gran amigo, cercano. Lo mataron mientras trataban de comunicarme algo mucho más infausto, tanto como su actual condición. No sé lo que es y, por primera vez, usted tampoco nunca lo sabrá con los métodos y herramientas convencionales. Ambos sabemos que no hay nada sobre la faz de la Tierra que origine esta clase de -Watson suspiró y cerró los ojos un instante–… putrefacción. Incluso los cuerpos más achicharrados presentan cierta firmeza ósea. No Holmes. Ni lo intente. Este es un misterio que sí le costará desentrañar.

-¿Qué tiene en sus brazos?

-Quizá anotaciones, una bitácora, a lo mejor la información que me daría esta mañana.

-¿Trae guantes?

El médico le pasó al detective un par que siempre portaba en los bolsillos de su chaleco. Una vez puestos, procedieron a jalar, muy cuidadosamente, el libro al que Oliver Anderson se aferró hasta más allá de su muerte. Guardando el equilibrio, midiendo sus fuerzas, pudieron sacar un poco. No podían dejar que cayera sobre las piernas del difunto, pues lo difuminaría en el aire. De repente, unos gritos lejanos los alcanzaron en sus incómodas posiciones. Watson se detuvo, expectante.

-¿Oyes eso, Holmes?

-¿Qué cosa, Watson?

Sin duda, eran gritos de alarma de los policías, uno muy potente de mujer asustada, cascos de caballos y trepidaciones de una carreta sobre los duros caminos ingleses hacia el puerto, todo revuelto aproximándose hacia ellos.

-¡Demonios! Apresurémonos, Watson.

La prisa los hacía temblar y por momentos desprendieron cenizas del cadáver.

-No tiemble, Watson, o vamos a perder la evidencia.

-No tiemble usted, Holmes, parece que en vez del violín, toca la pandereta.

Al fin, tres sacudidas después, lograron quitarle el volumen de los brazos casi intactos. Mientras los sonidos crecía en intensidad, el leve tirón los colocó en el suelo, sentados.

-Por lo menos –dijo Holmes resoplando aliviado-, el cuerpo quedó tal cual.

Entonces, de la penumbra cenicienta, emergió una cuadrilla de caballos negros que jalaban tras de sí una carroza obscura. Al grito de susto de Holmes y Watson, siguió el del conductor y el de la pasajera, que trataban de detener la cuadrilla. El vehículo destrozó por completo el cadáver de Oliver Anderson.

-¡NO! -ululó Holmes, quien, seguido de Watson, se arrodilló frente al espacio huevo donde sólo quedaba el auricular.

-¡Imbéciles -exclamó Holmes–! Echaron a perder una valiosísima escena del crimen.

Watson continuaba atónito contemplando el polvo de Anderson bajo sus manos. Mientras Holmes se levantó para dirigirse a los intrusos, Watson removió un poco del material y notó unos diminutos fragmentos brillantes color verde.

-¿Quién diablos los dejó entrar -gritó Holmes a la niebla que se disipaba al caminar hacia la carroza varada–? ¿No saben que esta zona está acordonada por Scotland Yard? Aunque por lo visto, no sirvieron de nada, como es habitual. ¿Quiénes son us…?

 Leslie Crawford tosía y apartaba con su mano oscilante al denso humo delante de ella. A menos de un metro, lograron mirar sus rostros mutuamente, con estupor.

-¿Mrs. Crawford?

-Mr. Holmes, un placer verlo de nuevo.

La señora le extendió su mano.

-No tiene heridas superficiales -el detective revisó su extremidad-, pero no la sacude por la niebla.

-Oh, le ruego me disculpe, Mr. Holmes –replicó apenada Leslie-, comprenda que acabo de pasar por un gran susto.

-Sí –contestó sacudiendo su mano frente a su nariz–, uno muy grande, Mrs. Crawford.

-Sí, pero yo tuve que conducir y detener a estas bestias –apareció Hardwick de detrás de la señora- y no tuve que compartírselo a nadie, aunque no me lo reconozcan.

-¿Y quién demonios es usted? ¿Con qué derecho penetra en este lugar sin permiso de la policía? ¡Estamos a la mitad de un caso, por Dios! ¿Qué no aprendió nada en la  Real Escuela de Manejo? ¿A qué clase de personas les asignan una berlina?

De la espalda de Holmes surgió el médico, algo confundido y listo para mostrarle la evidencia al detective.

-¿Puede creerlo, Dr Watson? Este miserable cochero…

-¡Dr. Hardwick!

-¡Dr. Watson!

La efusividad en el saludo y en el posterior abrazo del ingeniero y el galeno extrañó tanto a Holmes como a Leslie, quienes, luego de contemplarlos, intercambiaron miradas.

-Yo también pensé que era cochero –dijo ella sonriéndole a Holmes.

I / II / III / IV / V / VI

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

5 comentarios en “Mientras pasa… (IV)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .