Ciudadano Can / El Deshielo S3E1

Mi Adriano:

Ojalá pudiera ver tus ojos de sorpresa recorriendo estas líneas luego de tantos -y prudentes- años de silencio, mi amor. Silencio que en mí también se agolpa como los días irrecuperables sin ti. Silencio que me ha costado romper, y te lo confieso, por razones demasiado admisibles hasta para un corazón de espuma como el tuyo: Mucho antes de tu liberación supe cómo y dónde contactarte. Te había evitado durante larguísimas semanas, en mis intenciones y en mis pensamientos. Miedo, vergüenza, nostalgia, ofuscación, hacia ti, hacia todo, incluso conmigo misma, al fingir que no te recordaba y cediendo al impulso de escribirte esta carta. Pero me resultas inolvidable, ineludible: Si supieras cuán gastada y cuán conservada está la foto con la Torre de Rectoría detrás de nuestras espaldas abrazadas. Y por último, pero no menos importante: Guardo un secreto…

-¿Farías? ¿Farías? ¡Quintín, despierta!

-¿Qué? –me responde Farías recién interrumpido de su ensueño, donde parecía sumergido todo el trayecto desde el taller hasta la escena del crimen, en este barrio fabril de Villahermosa.

-Nada. Es sólo que hoy estás menos platicador que nunca -sonrío ¿Coquetamente?- y vaya que de por sí eres un hombre de muy pocas palabras…

-Mi supervisor se inquieta.

-¿Te ha comentado algo por las veces que me acompañas? ¿Toma represalias contra ti por el apoyo a tu oficial de custodia?

-No.

-Mmmm. Entonces el que se inquieta eres tú -le tallo el hombro suavemente, como para relajarlo y sonrío hacia el parabrisas. Suspiro de frustración-. Te decía que el cadáver fue hallado, muy carcomido, en el patio de un local que pertenece desde hace 8 años a Rigoberto Sánchez, taquero de toda su vida…

-¿El perro de la casa?

-Así parece. ¿Qué tienes?

-Reconozco esta calle. Pude haber comido allí alguna vez.

Nada más añade desde que estaciono y nos bajamos de la patrulla. El movimiento de peritos y agentes es mayor de lo normal y todos se estorban entre sí al atravesar la estrecha puerta a la mitad de la cortina metálica, lo único que se encontraba abierto cuando Emergencias acudió. Ya adentro, otro inspector de la Gendarmería y oficial de custodia me notifica que se identificó a la víctima: José María Esqueda. No nos suena.

-Es un defensor de los derechos de los animales. Hace un par de semanas encabezó una marcha para solicitar que el Congreso admitiera como delito federal el maltrato hacia mascotas, el abandono de animales y el cautiverio y la explotación de especies exóticas.

Nos quedamos viendo a Farías, sorprendidos: Mientras nos aclara, recorre las ollas destapadas, las herramientas para destazar sobre el tablón de madera, donde permanece clavada la esquina de un cuchillo machetero, los enseres para servir a los comensales, el refrigerador horizontal, al que termina señalando: “¿Puedo ver su interior?”.

-Sólo hay carne cruda y quesos -responde, hosco, mi colega. Me acerco junto a Farías y yo misma abro el armatoste. Sólo carne cruda, algunas en filete, otras en forma del animal despojada de su piel, y quesos de todo tipo, pero también una nevera con tortillas y otras dos con refrescos. Siento mi saliva regresar desde la garganta, aumentando mi asco: “¿Otra duda, Farías?”.

“¿Qué hay detrás de la cortina?”.

“Inspectora Vicencio, ¿Puedo hablar un momento con usted, a solas?”. El énfasis me incomoda, pero me mantengo profesional con un colega, así que, llevada del brazo, nos situamos justo detrás de la tela que Farías mencionó. “Conozco la historia detrás de su amnistiado. Pero opino que, encontrándose 2 agentes federales, entrenados y equipados, su presencia aquí, espero, no puede deberse más que a la casualidad…”. “Inspector M…”. “…ni extenderse más de lo que dicta el protocolo”.

Es entonces cuando me encanta ser alta: No tengo que lidiar con las zapatillas y me favorece al lidiar con machitos como éste. Alzo mi brazo derecho para tomar la cortina. Mi colega se cruza de brazos, altivo y extrañado. Jalo con fuerza hasta derrumbar la lía que la sostiene. El ruido, el polvo, el eco de la sacudida de autoridad congela a los testigos, forenses, policías de azul, mi colega, Farías, excepto al perro, que comienza a ladrar desde el patio, ubicado muy al fondo del sitio.

-Perfecto, inspectora. No sólo acaba de comprometer evidencia en la escena del crimen, también recibirá una nota de mi reporte -y así, cruzado de brazos, se retira mientras se dirige a Farías-. No importa lo que diga: Es claro que el dueño de este local es el asesino y quiso esconder su crimen.

-El taquero habló a Emergencias -tercio casi gritando.

-Porque creyó que habían robado su local -sin dejar de ver a Farías- o eso fue lo que dijo, quizá para fortalecer su coartada. Quizá temió que hallaran evidencia, pero no tuvo tiempo de esconderlo. ¿Sí sabías que ya se lo llevaron a los juzgados? Por eso, no comprendo que este… amnistiado permanezca acá.

-¿Qué tenía encerrado el taquero? -habla al fin Farías.

-¿Qué?

-Dentro de todo ese enrejado. ¿Qué había? –el otro agente se ríe, extrañado.

-¿Sí oye ladrar al perro? Es el mismo que mató a Esqueda.

-No, no lo escucho bien, pero sí escuché que dijo, hace unos segundos, que el taquero lo mató…

Los forenses se aproximan a mí para comentar sobre la escena: El cadáver fue hallado bocabajo, sin más heridas que las dentelladas, pero ha sido volteado para su identificación. Por todo el patio, restos de orina y materia fecal, demasiadas pisadas de animales sobre la ropa del cuerpo, rastros de sangre y pelo de diversos colores, de antigüedad por determinar. Muy probablemente el perro aún tenga residuos de tejido en su dentadura, pero esperarán a Control Animal para recolectarlo. También analizarán la cortina recién derribada.

-Lógico, él lo obligó: Sólo tuvo que sacarlo al patio.

-Por tanto, el taquero no lo mató.

-¿Y entonces quién?

-No lo sé -Farías se acerca, lánguido, al policía, quien da dos pasos atrás, asombrado-, pero de nada valdrá someter al “interrogatorio” -entrecomilla con los dedos- a la persona equivocada.

Mi colega baja los brazos, me mira, bufa: “Como quieran”, espeta entre dientes y se larga definitivamente al igual que su compañera. Antes de encender su patrulla y manejar rechinando las llantas, se comunica por la radio banda civil visiblemente enojado.

Farías contempla ya el interior del enrejado, envuelto en su overol hasta la cintura, donde las mangas largas se enrollan dos veces en su enclenque cintura, y me muestra su cajetilla como pidiendo permiso. Los peritos se reúnen en la camioneta, quitándose su equipo. Asiento y camino hacia él, molesta en esta mañana de jueves, que esperaba feliz por el inicio cercano de mis vacaciones.

-¿Contento?

-Mientras no establezcas cuándo se llevaron la basura ni cuántas sanciones sanitarias recibió esta taquería -exhala el humo-, para nada.

-¿Para qué, Farías? Su hipótesis es sólida: El taquero lo mató y ocultó la evidencia. Cuando supo que lo estaban robando, llamó a la policía. Se confió. Es todo. Y lo peor es que yo también me confié y que no sé por qué lo sigo haciendo. Sólo estás divagando, buscando un caso que no existe.

Intercambiamos un tenso diálogo de pupilas. Jamás me he peleado con este hombre, a la vez callado y valiente, a la vez irritante e inspirador, y menos por razones policiales, sabiendo quién es y cuán útil es.

-Lo sé, Farías, hasta yo sé que no tiene sentido. Para empezar, ¿Quién roba algo y abandona el dinero en la caja registradora? ¿Quién avisa del robo, el propio ladrón? ¿Quién en estos días es un ladrón tan buena onda, no roba y además avisa? ¡¿Buena onda?! ¡Ja! Buena onda, pero le deja el cuerpo a los perros. Óyeme decir estas pendejadas…

Risas para la distensión.

-No lo son. ¿Notas la pisada sobre su pecho –no lo había notado hasta que lo señala con su dedo humeante: El contorno nítido de la suela de una bota y nada más. El perro nos ladra de nuevo, desde su atadura reciente-? Discrepan hasta del calzado que el taquero utiliza día a día para preparar la comida y servir las mesas.

Otro tenso intercambio de palabras impronunciables. Un asesino jamás habría llamado a la policía de haber cometido un error tan obvio. Inicio la inspección: Con todo lo que me repugna, su cigarro huele muchísimo mejor que el patio, pero no sólo debido a los desechos, también las migajas húmedas del alimento para mascotas y el agua ya muy turbia de tanto beberla sin reemplazarla.

Farías me indica que me coloque frente a lo que parece la entrada del enrejado. Una vez delante, me empuja levemente por la espalda. Por reacción natural, alzo mis manos con fuerza. La reja se abre con un chasquido, intensificando los ladridos del perro. Nos miramos. Avanzo un par de pasos cuando Farías habla: “Ahora, sal empujando la puerta hacia fuera”. Aún más contrariada, obedezco pero, para mi horror, quedo encerrada en ese cuchitril al aire libre.

-Farías, no es gracioso.

-Supongo que eso es lo que ladra un perro cuando se siente traicionado por la persona en quien confía su vida.

-¡Farías! –golpeo el enrejado.

-Observa, Itari. Sólo tienes que observar –apaga su cigarro en el suelo y exhala-, porque no hacerlo fue lo que te entrampó en primer lugar.

Una policía, confundida de verme literalmente tras las rejas, me avisa que un par de reporteros aguardan las primeras declaraciones del asesinato. Le indico que podrán tomar fotos, sin pasar del cordón, y que todo se emitirá a través del boletín oficial. Otro suspiro de frustración: “¿Así que un simple defensor de los animales?”. Farías me asalta el pensamiento: “¿Antes o después de las vacaciones?”.

-¡¿Cómo lo sa… -me rio, un tanto nerviosa-?! Antes. Prefiero resolverlo antes de tomar mis vacaciones –silencio. Estremecedor-. De acuerdo: Pudiste ver el pestillo desde la taquería y yo no lo noté, bien, el pestillo permite a un perro más o menos grande entrar pero no salir. Por ello también las cercas son muy altas aunque no tanto para que cualquier persona pudiera treparse, en caso de una falla. Lo demás me indica maltrato. Bastante. Un móvil sólido para que Esqueda viniera a este lugar, reclamara al taquero y éste lo matara –Farías prende otro cigarro, mientras murmura: “Casi” y se aleja, fumando a contraluz.

-¡Oye!

-Usted no es un perro, inspectora Vicencio.

Otra pruebita de ésas y yo misma lo regresaré a su celda. Tranquila. Ya está. Sujeto la puerta y es bochornosamente obvio que, a diferencia del can que no ladra más sino que aúlla, puedo jalarla, abrirla hacia dentro y salir. Algo que perfectamente hubiera permitido escapar a la víctima, algo que sabría su asesino de antemano. ¿Lo abandonó y cerró el local por fuera, esperando que el perro se comiera todo? Imposible. Si lo condujo hasta acá, ¿Para qué llamar a Emergencias? Si no fue el taquero, ¿Quién lo condujo hasta acá?

Julio 2019.

I / II / III / IV / V / FIN

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

7 comentarios en “Ciudadano Can / El Deshielo S3E1

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