Las 10 mentiras que jodieron a Tabasco

 Un drama real que ha sido paulatinamente soslayado por todos, a izquierdas y a derechas, sin explicación ni soluciones.

 El auxilio llegó pronto en forma de especie. Las carteras y las cuentas bancarias para recibir su contenido se abrieron poco después, pero esa asistencia es la que no ha fluido.

Por una parte, el gobierno federal, harto del despilfarro de gobiernos priístas, pretende controlar los fondos, incluso haciendo tambalear al actual gobierno estatal. Por otra, la Administración Granier, deudora del aparato del PRI y del PRD dividido, necesita sostenerla como pago a sus favores a lo largo de 2006.

En medio de la lucha política entre el candidato presidencial del PAN, llevado a Los Pinos mediante fraude electoral, y el coordinador de campaña de Roberto Madrazo, el postulado por el PRI, un millón 200 mil damnificados, no sólo tabasqueños, se debaten entre esperar la ayuda o exigirla, entre tomar la justicia por sus propias manos o aguantar a que los mismos autores de su pobreza –a través de privilegios enriquecedores– los saquen del problema.

 

1.- “1999 no se volverá a repetir”

 

Ocho años después de la “catástrofe de la década”, como lo llegó a decretar el entonces presidente Ernesto Zedillo, Villahermosa ya no es lo que era: Su población creció desproporcionadamente (de poco más de 350 mil personas en la zona metropolinata a casi 550 mil, según cifras del INEGI), lo que propició un desmedido y descontrolado crecimiento territorial para viviendas, y una progresiva y mortal urbanización: Se tenían que edificar carreteras e inmuebles donde alguna vez existieron cuerpos de agua o pedazos de selva o sabana, y los desechos generados por la mano del hombre eventualmente afectaría al medio ambiente, por ejemplo, con el azolvamiento de los ríos o con una irreversible deforestación.

Además, la mayoría de ese segmento demográfico pertenecía a la clase media baja, o bien, a la población que, a falta de empleo formal fuera del gobierno, forzosamente se dedicaba al trabajo informal o a la delincuencia organizada. En ambos casos, por su condición de incipientes correas de pobreza y de asentamientos irregulares en predios federales como lo son las márgenes de los ríos, no se paga impuestos, más que los consecuentes por los servicios públicos, pero sí servían como carne de cañón de los diversos sectores del PRI. No eran personas, eran votos. Qué mas les daba a los jefes de las estructuras electorales del Tricolor la ubicación de sus viviendas y, para ser justos, a nadie más le importó en todo este tiempo.

En 1999, las secuelas de un desempleo que se triplicó, según informes del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), fueron, en ese orden, el crecimiento de la delicuencia organizada en todas sus modalidades, del comercio informal, de emigración a los Estados Unidos y, con ello, una gravísima devaluación de la mano de obra local: Mientras Petróleos Mexicanos podía subrogar las plazas a mexicanos fuera del sindicato petrolero o de confianza, las empresas que colaboran con la paraestatal -incluso si son competidoras en otra spartes del mundo, como Halliburton y Schlümberger- podían traer con todos los gastos pagados a sus trabajadores desde Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador, etc., desplazando a los tabasqueños en poder adquisitivo, además de destruir su ecosistema, consumir sus reservas naturales de agua y energéticos y encarecer sus productos y servicios.

Es decir, económicamente, después de 1999, Tabasco quedó en una fragilidad de tal magnitud, que entonces sólo podían salvarnos lo mismo que estaba sosteniendo a medias la entidad al cabo de casi una década: El excesivo dinero del Estado, a manera de excedentes petroleros y fondos multimillonarios para resguardarnos de otra catástrofe similar o peor; el dinero privado, a manera de inversión en diversos rubros con capitales nacionales y/o extranjeros, o bien, del incipiente programa de turismo que buscaba implementarse; y el dinero personal de miles de inmigrantes ilegales en Estados Unidos, a manera de remesas millonarias que, hasta 2006, alcanzaron los 4 mil millones de dólares tan sólo en la entidad. El problema, ahora como entonces, eran los privilegios con que se administraron esos recursos extraordinarios y la evidente discriminación que sufrimos la mayoría de los tabasqueños en cuanto al goce de esos fondos, lo que se acrecentó en lo político y lo social con un creciente descontento, reflejado, primero en las urnas en el 2000 y en 2003, y luego con reiteradas protestas por el contraste entre los elevados salarios de la alta burocracia y los políticos en los tres poderes del gobierno estatal, y el bajo, bajísimo de la mayoritaria clase trabajadora, pulverizado además por “el costo dela vida”.

Todos estos factores –conocidos, pero ignorados a propósito– debieron alertar tanto a los gobiernos como a la gente. Hubo antecedentes claros (2001 y 2004, los más relevantes), pero ninguno a ambos lados del desastre se preocupó por estos “detalles”. Era evidente que lo sucedido en octubre y noviembre de finales del mileno en mi estado se repetiría, como existen ya hechos que indican que lo de 2007 podría volver a verse dentro de menos de 366 días.

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