Archipiélago Tabasco

Una rabieta, un comienzo, una respuesta

Damas y caballeros: Bienvenidos a unos fragmentos del libro que estoy elaborando para que lo que nos pasó a los tabasqueños, con nuestra resistencia e inteligencia y contra toda la ofensiva del Gobiernos, no vuelva a suceder.
 
A las 6:42 de la tarde del 1 de noviembre de 2007 colapsó para siempre el Malecón “Carlos Alberto Madrazo”, la ribera occidental del río Grijalva en el tramo principal que atraviesa Villahermosa. Absolutamente todos los esfuerzos por contener el enorme caudal, nutrido por los embalses retenidos en al menos dos presas; la oleada de noticias entrecruzadas y verdaderas, por cuanto echaban por tierra las versiones oficiales; a la gente que se precipitaba a un segundo y hasta tercer éxodo a ninguna parte libre de agua; al caos que se multiplicó por un millón 200 mil afectados hacinados sobre un puñado de metros cuadrados de lomas urbanas en menos de cuatro horas; todo fracasó. Enfrente, el Malecón “Leandro Rovirosa” había desaparecido apenas ayer y arrojó un primer saldo de desaparecidos y muertos que no fueron admitidos por la administración estatal sino hasta 29 días más tarde; la noche caía esparciendo entre las tinieblas los ruidos de pánico de personas que se quedaron a resguardar lo que la corriente de llevaba, a la espera de soldados en lanchas que fueran a rescatarlos, operativo cancelado una hora más tarde para evitar más pérdidas humanas entre la soldadera.
Poco a poco, con una desesperante lentitud, el agua proveniente de la llovizna que mantuvo su persistencia todo ese jueves; del drenaje que cedió como consecuencia de la falta de mantenimiento de las autoridades a cárcamos y compuertas; de lagunas y ríos de la capital tabasqueña, comenzó a extender sus afluentes sobre las calles y a entrar con despilfarro hacia las casas. Aunque, en efecto, según testimonios, la inundación no tardó ni toda esa noche en perpetrarse, la lentitud radicó en la reacción. Inmovilizados por la incredulidad, indignados por un engaño oficial desbaratado al instante, pero demasiado tarde, inermes ante la falta de previsión, de información útil y oportuna, los casi 600 mil habitantes de los cuatro sectores de la colonia Centro -una de las más pobladas y económicamente influyentes de la ciudad y de la entidad- esperaron hasta que el sueño los venció a levantar sus cosas, a salir de sus casas, a optar por los albergues o por los hogares de sus parientes, a reconocer que la inundación imposible sucedía frente a sus ojos, que 1999 volvió a ocurrir, contra lo que prometieron cinco gobiernos (Roberto Madrazo; los interinatos de Vïctor Manuel Barceló y de Enrique Priego Oropoeza; Manuel Andrade y Andrés Granier, todos del PRI), y que, finalmente, se quedaban de brazos cruzados mientras perdían su patrimonio. Muchos motivos, que no razones, pasaron por su mente: La rapiña posterior, que no se pudo impedir; la imposibilidad de mudarse a otra parte, sobre todo para resguardar sus objetos más indispensables; la escasez material para dejar el hogar que no se ha abandonado en años, en lustros, en décadas -pues durante la semana previa, sistemáticamente, los villahermosinos vaciaron supermercados y gasolineras con compras de pánico-; la costumbre aprendida que acabó sustituyendo a la experiencia de improvisar la sala y la cocina en un segundo piso o sobre la azotea. Pronósticos cumplidos a lo largo de los días, pero elaborados en fracciones de segundo.
Como no había tiempo ni espacio a los dilemas, los habitantes que salieron corriendo de las ratoneras húmedas que eran ya sus viviendas fueron recibidos a las volandas en albergues construidos por el Ejército en el Batallón de la 30 Zona Militar, ubicado a menos de un kilómetro del desastre más cercano; por la Iglesia en las inmediaciones de la Catedral, uno de los primero sitios a que recurrieron los damnificados recientes; y por el gobierno estatal, ni más ni menos que en la Quinta Grijalva, la residencia oficial del gobernador, y en el parque “Manuel Mestre Ghigliazza”, localizado enfrente, y que de no haber ocurrido la catástrofe hubieran servido, como todos los años, para dar cabida a la Feria Invernal. Los víveres y el agua para alimentarlos llegaban entonces de las donaciones de los estados vecinos y no había casa que no se hubiera visto de pronto visitada de urgencia por familiares y amigos, por novios y parientes lejanos.
Por supuesto, miles de negocios de todos niveles y giros cerraron por causas de fuerza mayor y, algunos, ni siquiera planean hasta la fecha una gran reinauguración. Pero también les cundió la negligencia: Toda esa mañana de Todos los Santos, carros con altavoces exigían el desalojo de los locales, de los ambulantes instalados, debido al inminente peligro que había sido negado cuatro días antes. El día anterior, los mismos propietarios argumentaban en corto que el gobierno no permitiría que la zona comercial se fuera a pique, por los intereses creados en lo económico y lo político. También ellos vieron, desde la lejanía de sus hogares, como sus mercancías nadaban con el Grijalva desbordado por entre las vitrinas rotas y las puertas de los estanquillos. Algunas taquerías despacharon a sus últimos clientes con el agua en el piso y algunos trabajadores de abarroteras salían chapoteando entre la obscuridad que generó los apagones y los rápidos que ocasionó la anegación entre las banquetas; personas que aún con la contingencia declarada el domingo 28 de octubre se vieron forzadas a acudir a sus labores, igual que sucedería las semanas posteriores con la idea simple de “la vida tiene que seguir”. Personas que, sin casa ni trabajo, engrosaron la triste estadística que a la mañana siguiente se tranfromaría en inmensas filas por todo y para todo.
Los militares que sucumbieron al río regresaron al Batallón para un merecido descanso luego de 48 horas de vano esfuerzo, alistando las vehículos y los enseres para el desastre siguiente: La superviviencia a la destrucción. En vivo y en directo, de frontera a frontera y de costa a costa, las televisoras aumentaron su rating mostrando una porción de Tabasco sumegiéndose cada vez más en su propio miedo, en su propia necedad de aceptar la verdad. Para el resto de México, nuestra población se ahogaba sin remedio y no se escatimaría recurso alguno con el fin de salvarnos; la sociedad se sensibilizó y respondió con generosidad. Pero, así como los soldados regresaban ya sin más qué hacer en los verdes camiones de redilas, saludando apenas con sus gorras a la gente que contemplaba las luces reflejadas en la mojada superficie de la tragedia, así mis paisanos dejaron transcurrir la madrugada más larga de sus vidas, sin ningún otro sobresalto que los sacara de su alucinación, sucumbidos a la tangible pesadilla y alistando sus almas para lo que no estaban preparados: La solidaridad del pueblo, repartida por la ineptitud de su gobierno en medio de la soledad de su abandono.

Un comentario en “Archipiélago Tabasco

  1. q onda compa! ya ves aqui seguimos despues de un mes de deambular por la ciudad entre basura, filas y caos vehicular. Seguimos viendo nuestra nueva ciudad reconstruyéndose… si, reconstruyéndose con bordos improvisados de costales de arena (si las "grandes obras" no nos protegieron, qué podemos esperar de 2 metros de costales de arena?).Seguimos desempleados y con la certeza de que habrá q emigrar o soportar un empleo de por si mal pagado.Seguimos esperando el 15 de dic, fecha "limite" para el destaponamiento (aunque no sé si eso será para bien o para desaparecer, porque peor no nos podría ir).Seguimos.

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