Las 10 mentiras que jodieron a Tabasco

 

Un drama real que ha sido paulatinamente soslayado, a derechas y a izquierdas, sin explicación ni respuesta. Un llamado a Human Rights Watch ya Amnistía Internacional entra la denuncia elocuente: "Nos dejaron solos".

2.- “Fue una catástrofe sin víctimas”

Oficialmente, el gobierno reconoció únicamente 4 muertos y una lista de desaparecidos que se redujo de 289 a sólo 83, según ellos, porque muchos eran familiares dispersos de hogares numerosos que simplemente no tenían noticias unos de otros.

Pero los testimonios de la gente que vivió la desgracia –entre ellos, yo mismo– hablan más fuerte: Algunos muertos aparecieron flotando en las inmediaciones del Centro Histórico de Villahermosa por diversas causas: Ahogamiento, hipotermia, descuido, negligencia e incluso, en las horas aterradoras de la madrugada, electrocutadas, pues la Comisión Federal de Electricidad (CFE) no había cortado la energía en el alumbrado público de algunos sectores ya anegados. En otros casos, quizá más inverosímiles, hubo muertos por los cocodrilos que ambularon libres en cuanto se ampliaron las márgenes de ríos y lagunas.

La orquestación del ocultamiento de esta información –ante la falta de una adecuada legislación en materia de transparencia y la cooperación de un Congreso dominado por el PRI, el partido en el gobierno– comenzó con la participación misma del Ejército y la Marina. Esas horas de la madrugada y en las primeras del día, los diversos sobrevuelos de los 4 helicópteros de que ya disponíamos, y las exploraciones en los vehículos anfibios indicaban la posición y el número de cadáveres; lo siguiente fue mucho más evidente: Retirarlos dentro de esos autos, con toda clandestinidad y sepultarlos a las volandas en fosas comunes ya preparadas de cualquier cementerio público.

Además, existen los testimonios de personas respecto a la incineración clandestina de cadáveres –evento que quedó registrado en todos los medios del día 6 de noviembre– en los predios cercanos al basurero municipal de la localidad de Loma e Caballo, al oeste de Villahermosa, junto con las reses muertas que recolectaron a lo largo de las carreteras que les sirvieron de vado durante la anegación.

A esa gigantesca pira fueron a parar los cuerpos sin identidad arrastrados por la corriente, de personas que se quedaron cuidando los patrimonios mientras sus familiares huían y que ya no regresaron por ellos ni siquiera para reclamar sus restos, de gente ignorada u olvidada por diversas condiciones, como la discapacidad, la senectud o la falta de parientes por no ser originarios de Tabasco o de México, de víctimas de la rapiña violenta o de la carestía estrenada entre los muros de agua. Gente, al fin, desesperada y abandonada que no tuvo otra opción que suicidarse y cuya evidencia póstuma fue borrada –o eso se intentó con más intensidad que el cuidado de su integridad y su memoria– para siempre.

La cifra que circuló con más fuerza fue de 800 víctimas mortales, 400 de ellas inhumadas a espaldas de sus paisanos –por lo demás, no muy ávidos de la verdad– y ocultadas a los medios con el sencillo expediente de “regular” los viajes en cayucos, en horas y a lugares convenidos de antemano con los lancheros. Por esa razón, no existen fotos ni videos de cuerpos inertes entre las aguas.

Si la estadística suena desproporcionada, remitiré tan sólo dos datos: El tsunami de diciembre de 2004 se cobró, según la Cruz Roja Internacional, más de 25 mil vidas, entre el sismo inicial, la ola posterior y la inundación que aún mantiene damnificadas sin remedio. Más recientemente, este enero de 2008, el monzón tropical en Indonesia provocó 100 muertos en los primeros 6 días de anegaciones, también según datos de la Cruz Roja Internacional. Esta institución, por cierto, cooperó en guardar las formas, pese a su condición de organismo independiente y neutral, pues sólo emitió comunicados confirmando la cifra oficial.

Lo mismo sucedió con los desaparecidos, los que se suman ya a las personas muertas pero no reconocidas. Jamás se elaboró una lista razonable y completa, a sabiendas que quienes no dieran señales de vida, por eliminación, serían adjudicados a la cifra de muertos. Todas las posteriores se basaron en los censos de los albergues, también a conciencia que al cruzar los datos de cada uno sólo arrojaría personas vivas. Pese a éstos y muchos otros cuidados, centenares de familias no regresaron completas a sus casas, y su testimonio personal, colectivo, sigue dispuesto a comprobarlo delante de quien sea.

En aquellos países que padecieron desastres similares o peores que el  nuestro, también tropicales y “adaptados a una cultura del agua”, sufrieron cuantiosas pérdidas humanas, pero allá lejos no nos tiembla la mano para contarlas; en México, ningún gobierno de ningún nivel, ninguna autoridad de ninguna índole, civil o militar, reconocerá el horrible precio de sus errores concomitantes, incluso con la flagrante violación al elemental derecho humano a la información, prerrogativa, por otra parte, que la mayoría no ha querido ejercer.

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