Archipiélago Tabasco

Una rabieta, un comienzo, una respuesta

Damas y caballeros: Bienvenidos a unos fragmentos del libro que estoy elaborando para que lo que nos pasó a los tabasqueños, con nuestra resistencia e inteligencia y contra toda la ofensiva del Gobiernos, no vuelva a suceder.
 
A las 6:42 de la tarde del 1 de noviembre de 2007 colapsó para siempre el Malecón «Carlos Alberto Madrazo», la ribera occidental del río Grijalva en el tramo principal que atraviesa Villahermosa. Absolutamente todos los esfuerzos por contener el enorme caudal, nutrido por los embalses retenidos en al menos dos presas; la oleada de noticias entrecruzadas y verdaderas, por cuanto echaban por tierra las versiones oficiales; a la gente que se precipitaba a un segundo y hasta tercer éxodo a ninguna parte libre de agua; al caos que se multiplicó por un millón 200 mil afectados hacinados sobre un puñado de metros cuadrados de lomas urbanas en menos de cuatro horas; todo fracasó. Enfrente, el Malecón «Leandro Rovirosa» había desaparecido apenas ayer y arrojó un primer saldo de desaparecidos y muertos que no fueron admitidos por la administración estatal sino hasta 29 días más tarde; la noche caía esparciendo entre las tinieblas los ruidos de pánico de personas que se quedaron a resguardar lo que la corriente de llevaba, a la espera de soldados en lanchas que fueran a rescatarlos, operativo cancelado una hora más tarde para evitar más pérdidas humanas entre la soldadera.
Poco a poco, con una desesperante lentitud, el agua proveniente de la llovizna que mantuvo su persistencia todo ese jueves; del drenaje que cedió como consecuencia de la falta de mantenimiento de las autoridades a cárcamos y compuertas; de lagunas y ríos de la capital tabasqueña, comenzó a extender sus afluentes sobre las calles y a entrar con despilfarro hacia las casas. Aunque, en efecto, según testimonios, la inundación no tardó ni toda esa noche en perpetrarse, la lentitud radicó en la reacción. Inmovilizados por la incredulidad, indignados por un engaño oficial desbaratado al instante, pero demasiado tarde, inermes ante la falta de previsión, de información útil y oportuna, los casi 600 mil habitantes de los cuatro sectores de la colonia Centro -una de las más pobladas y económicamente influyentes de la ciudad y de la entidad- esperaron hasta que el sueño los venció a levantar sus cosas, a salir de sus casas, a optar por los albergues o por los hogares de sus parientes, a reconocer que la inundación imposible sucedía frente a sus ojos, que 1999 volvió a ocurrir, contra lo que prometieron cinco gobiernos (Roberto Madrazo; los interinatos de Vïctor Manuel Barceló y de Enrique Priego Oropoeza; Manuel Andrade y Andrés Granier, todos del PRI), y que, finalmente, se quedaban de brazos cruzados mientras perdían su patrimonio. Muchos motivos, que no razones, pasaron por su mente: La rapiña posterior, que no se pudo impedir; la imposibilidad de mudarse a otra parte, sobre todo para resguardar sus objetos más indispensables; la escasez material para dejar el hogar que no se ha abandonado en años, en lustros, en décadas -pues durante la semana previa, sistemáticamente, los villahermosinos vaciaron supermercados y gasolineras con compras de pánico-; la costumbre aprendida que acabó sustituyendo a la experiencia de improvisar la sala y la cocina en un segundo piso o sobre la azotea. Pronósticos cumplidos a lo largo de los días, pero elaborados en fracciones de segundo.
Como no había tiempo ni espacio a los dilemas, los habitantes que salieron corriendo de las ratoneras húmedas que eran ya sus viviendas fueron recibidos a las volandas en albergues construidos por el Ejército en el Batallón de la 30 Zona Militar, ubicado a menos de un kilómetro del desastre más cercano; por la Iglesia en las inmediaciones de la Catedral, uno de los primero sitios a que recurrieron los damnificados recientes; y por el gobierno estatal, ni más ni menos que en la Quinta Grijalva, la residencia oficial del gobernador, y en el parque «Manuel Mestre Ghigliazza», localizado enfrente, y que de no haber ocurrido la catástrofe hubieran servido, como todos los años, para dar cabida a la Feria Invernal. Los víveres y el agua para alimentarlos llegaban entonces de las donaciones de los estados vecinos y no había casa que no se hubiera visto de pronto visitada de urgencia por familiares y amigos, por novios y parientes lejanos.
Por supuesto, miles de negocios de todos niveles y giros cerraron por causas de fuerza mayor y, algunos, ni siquiera planean hasta la fecha una gran reinauguración. Pero también les cundió la negligencia: Toda esa mañana de Todos los Santos, carros con altavoces exigían el desalojo de los locales, de los ambulantes instalados, debido al inminente peligro que había sido negado cuatro días antes. El día anterior, los mismos propietarios argumentaban en corto que el gobierno no permitiría que la zona comercial se fuera a pique, por los intereses creados en lo económico y lo político. También ellos vieron, desde la lejanía de sus hogares, como sus mercancías nadaban con el Grijalva desbordado por entre las vitrinas rotas y las puertas de los estanquillos. Algunas taquerías despacharon a sus últimos clientes con el agua en el piso y algunos trabajadores de abarroteras salían chapoteando entre la obscuridad que generó los apagones y los rápidos que ocasionó la anegación entre las banquetas; personas que aún con la contingencia declarada el domingo 28 de octubre se vieron forzadas a acudir a sus labores, igual que sucedería las semanas posteriores con la idea simple de «la vida tiene que seguir». Personas que, sin casa ni trabajo, engrosaron la triste estadística que a la mañana siguiente se tranfromaría en inmensas filas por todo y para todo.
Los militares que sucumbieron al río regresaron al Batallón para un merecido descanso luego de 48 horas de vano esfuerzo, alistando las vehículos y los enseres para el desastre siguiente: La superviviencia a la destrucción. En vivo y en directo, de frontera a frontera y de costa a costa, las televisoras aumentaron su rating mostrando una porción de Tabasco sumegiéndose cada vez más en su propio miedo, en su propia necedad de aceptar la verdad. Para el resto de México, nuestra población se ahogaba sin remedio y no se escatimaría recurso alguno con el fin de salvarnos; la sociedad se sensibilizó y respondió con generosidad. Pero, así como los soldados regresaban ya sin más qué hacer en los verdes camiones de redilas, saludando apenas con sus gorras a la gente que contemplaba las luces reflejadas en la mojada superficie de la tragedia, así mis paisanos dejaron transcurrir la madrugada más larga de sus vidas, sin ningún otro sobresalto que los sacara de su alucinación, sucumbidos a la tangible pesadilla y alistando sus almas para lo que no estaban preparados: La solidaridad del pueblo, repartida por la ineptitud de su gobierno en medio de la soledad de su abandono.

Radicales dixit

Díos mío, danos una dictadura, por favor

Razones de peso -y centavo- para desear que la manu militari se instale en mi país de una vez y, al menos, por una década, total que, para lo que falta, la lista siguiente no serán argumentos, sino pronósticos.

 

1.- Manotazo para cerrar filas

 

Al estilo de la Junta argentina, se acabarán políticos y civiles, partidos, gremios, sindicatos, agrupaciones, se acabarán las personas cuandos sus derrechos civiles sean cercenados de tajo desde el cuartel. Se acabarán, con lágrimas en los ojos, la eterna polarización entre espurios, peleles, derecha y más allá, fraudes, desquites, tepocatas y demás; y legítimos, peje, izquierda y menos acá, fraudes, luchas tribales, gallos y demás. Los gorilas en verde desterrarán al ritmo de fanfarrias la gresca entre democracia e impostura para unirnos en torno a la represión, la vigilancia extrema, el Estado de Sitio y el toque de queda. México, por fin, será el país que siempre quisieron héroes nacionales como Hernán Cortés, Antonio López de Santa Ana, Ignacio Comonfort, Porfirio Díaz, Plutarco Elías Calles, y el PAN de inicios de milenio: Firme, seguro, en una sola e incontestable dirección, que progresará económicamente y se enganchará en el «concierto de las naciones», como las muy populares «presidencias» de Francisco en España, Augusto en Chile, Jorge Rafael en Argentina, Juan en Perú, Roberto en Uruguay, Jean en Haití, Rafael en República Dominicana; donde las reformas no serían discutidas, sino puestas en marcha sin mayor demora para convertirnos en la potencia mundial que siempre fuimos hasta que los Estados Unidos nos quitó la mitad del territorio que, porqué no, podríamos recuperar. Futuro muy prometedor.

 

2.- Nuestra importancia relativa

 

Tras años de Doctrina Favela y Doctrina Estrada, México se convertirá en blanco de la comunidad mundial por las flagrantes violaciones a los derechos humanos y volveremos a ser noticia en esos países que, afortunadamente, excelentes discípulas de nuestras contribuciones al Derecho Internacional, no intervendrán ni reconocerán otro poder que el central ni, con mucho, subvencionarán algo llamado disidencia, revolución o contragobierno. Volveremos a ser tema de libros, canciones, películas, conciertos, nuestros exiliados en el extranjero, nuestros políticos de oposición, intelectuales y artistas -asilados en otras naciones o clandestinos en la nuestra- acapararán las entrevistas, los testimonios, los datos de cómo prospera la mano dura mexicana. Avalanchas de declaraciones que, también por fortuna, no vendrán acompañada más que de algunos dólares para algún intento de rebelión y, si mejor nos va, tendremos empleo -forzado, mal pagado, bajo amenaza incluso- cuando organismos multilaterales nos otorguen la sede de algún evento como el Mundia de Futbol -1978-, los Juegos Olímpicos otra vez -1936, 1968, 1980, 1984, 2008-, Juegos Panamericanos -1991-, Copa América -1957, 1971, 2007-, o algo así, a despecho de los airados reclamos de estúpidos ignorantes que cometen la indecencia de mezclar deportes con política. En fin: Entre maravillas del hombre, patrimonios naturales y culturales de la humanidad y empuje de alto rendimiento, México tiene para figurar un buen rato a costa de las garantías individuales.

 

3.- Formalizar los malos modales.

 

Si ya existen monopolios diversos, oligarquías económicas y sectores abiertamente cleptocráticos; si ya existe abulia por defender la democracia; si los medios son comparsa y las universidades, públicas y privadas, cantera de la apatía, el desorden y la mentalidad galopante de lo mínimo indispensable; si la clase política, el presidencialismo, las «grillas internas», los partidos, las organizaciones no(tablemente) lucrativas copan el panorama de la regeneración del sistema; si, pues, la sociedad en general no defiende las elementales aplicaciones de la ley -en materia legal, jurídica, social, fiscal, laboral, educativa, mediática, política, económica-; si se discrimina a la mujer, al niño, al anciano, al homosexual, al prieto, al indígena, al naturalizado, al joven, al estudiante, al pobre, al discapacitado, al de provincia, al inmigrante -legal o iegal-, al que usa su cerebro por sí mismo y no tiene porqué mostrar espíritu gregario; si, al fin, vale madres que una legislación estatal sea revocada por leguleyos federales para romperle el hocico a los hipócritas del Federalismo, a los retractores del Centralismo; a la gente que votó por impedir que sus servidores públicos se dedicarán al proselitismo y no al servicio público; a los proclamadores del respeto a la soberanía popular en una entidad o en un municipio o en una villa; a mi libertad de conciencia jamás puesta en la mesa, nudo relevante para librar otras libertades en automático; a los menos interesados en revelar la gran mentira que es negociar, repartir, callar, cabildear, intentar, reclamar, modificar, mejorar. Si después de todo las formas sólo están servidas para guardar el fondo, para jugar el juego que todos jugamos -yo estoy bien, qué me importa el resto-, qué más da que sean encorbatados que soldados.

 

4.- Se acabaron los delitos

 

¿Cuál es la marca de todo gobierno verde olivo? La paz y la seguridad sociales cunden como una plaga curativa. Hay que imaginarse la satisfacción, la sonrisa de todos porque, como en China, el corrupto muere; como en Cuba, el contrarrevolucionario muere; como en Estados Unidos, el terrorista muere; como en Colombia, el narcotraficante muere; como en Arabia Saudita, el simple ladrón, el violador, el asesino, mueren. ¿Que una familia de tratantes de mercancía ilegal desobedece un retén castrense instalado con todas las de la ley? Se le ejecuta, no importa si tres niños se van en el camino. ¿Que un ciudadano cualquiera escribe lo que piensa, dice lo que le parece inconsistente, sube a internet un video que considera necesario? Hay que condenarlo a prisión o al destierro por ello, pues altera el tan indispensable orden y respeto. ¿Que el dinero no alcanza, los empleos son indignos y los salarios magros y por ahí se organiza una manifestación para, al menos, lograr un subsidito chiquito? Se disuelve a patada y puño, pues qué carajos van a saber de globalización y capitalismos estos pendejos que con trabajo sostienen a sus familias por su ineficiencia, misma que el inteligentísimo gobierno tiene que suplir. ¿Que un estamento violó mujeres y niñas, cometió rapiña y saqueo, o se cruzó con una banda rival de sicarios? Hay que convertirlos en héroes nacionales por su valiosa contribución a la pacificación nacional. Vaya alivio general en la población, porque, antes, en la democracia, el delincuente era ubicuo por cuanto podía ser cualquiera; ahora, sencillamente, se sabe que los criminales por lo común estarán uniformados.

 

5.- De todo para todos -y por todo-

 

La corrupción, ese deporte nacional mezcla de folclor e identidad, florecerá a un ritmo geométrico para beneficio de todos. El saqueo, el soborno, el robo, la extorsión y al patrimonialismo darán a todos de comer, en su momento, claro, y si uno se ha adiestrado lo suficiente en las artes de la prebenda. Al fin y al cabo, entre los subsidios que entregará la Junta a los sectores de la gente más vulnerable para mantenerlos quietos -son la mayoría, después de todo- y los negocios turbios a los que cualquiera en la gigantesca red de tráfico de influencias en que se convertirá mi país puede acceder, la riqueza, en efectivo o en especie, fluirá como un enorme río de la abundancia. Los que hoy tiene un negocio mediano, mañana se expandirá a expensas de los precios y de pactar contratos únicos en el barrio. Los que hoy tienen un negocio pequeño, dejarán el atareamiento de ser emprendedor para entrar a las filas del subempleo bien remunerado, con el simple trámite de pasar mercancía de una manos a otra, siendo lo de menos si es droga, juguetes chinos o indocumentados. Los que hoy tienen un negocio grande, se volverán millonarios -tras un gloriosa época de multimillonarios-, pagando impuestos hasta por echarse un pedo, llevando sus inversiones a los quebradizos consorcios del Estado para rescatar algunos kilos del elefante blanco cuando al fin lo privaticen; como sea, prosperarán, o a base de amiguismos o a base de migajas. Los que hoy consideran que su actividad es ilegal, pronto, agremiándose de forma conveniente, se volverán los futuros magnates, poderes fácticos de este país: Casinos, lupanares, narcotienditas, centros de ‘hackeo», bares ocuparán un índice estadístico superior a las bibliotecas o, para no ser tan dramático, que las iglesias, y quienes se encuentren al frente de estas compañías -que tendrán que ser despenalizadas, porque serán las únicas que aportarán recursos a la bancarrota perenne de la hacienda militar- serán sin duda recurrentes visitantes de las listas de Forbes.

 

 

6.- Un país sometido es un país en desarrollo

 

Hartos de las democracias que se conformaban con un puñado de obra pública y social, la república castrense pondrá en marcha el más enfebrecidamente faraónico proyecto de infraestructura y apoyo a la gente: Plan DN-III permanente. Allí donde el desastre de la crítica, la organización popular, de subversión, la lucha por las libertades se presente, habrá carreteras, escuelas, centros de salud y cementerios, previa destrucción de los inmuebles donde se sembrarán los cadáveres y los cimientos de tan nobles edificaciones. No faltará  nunca más agua potable ni alcantarillado, pues hasta los conscriptos, anticipados y remisos, serán emplazados a tan arduas tareas, que además de reactivar la alicaída industria de la construcción, solventará el lavado de dinero proveniente de múltiples cuentas y dará un trabajo decente a millones de jóvenes ociosos que no tienen otro quehacer que el pernicioso estudio y las inútiles revueltas. El crecimiento exponencial de México en materia de infraestructura, alimentación y salud bajo el mando verde olivo será memorable. Las miserias de la pobreza, la extrema marginación, la senectud y la discapacidad serán erradicadas con el extermino total de pobres, indígenas, marginados, viejos, ciegos, paralíticos, mutilados, niños y madres de la calle, hasta en el último rincón de mi país, justo para combatir un desastre mayor que las inundaciones o los terremotos: La sobrepoblación y la revolución. Al final, cuando los espacios públicos, infestados de estatuas y/o retratos a los salvadores de la patria, sean recuperados, no habrá nada en la memoria para extrañar lo perdido o lo que nunca se conoció y nadie podrá negar el gran legado de progreso social -sólo quedamos nosotros en esta ciudad fantasma- que dejaron los guachos.

 

 

7.- Impulso a la educación, la cultura y la ciencia

 

Al implementarse una demagogia oficial, México podrá presumir al mundo su riqueza intelectual, mientras los intelectuales de línea gozarán de subsidios por fungir como cajas de resonancia de los eructos y las marchas que gritarán lo bien que está gobernado el país. Debido a la relevancia de llevar estos lavados de cerebro a todos para homogeneizar la pendejez, se realizarán ambiciosas campañas de alfabetización, concientización y hasta reeeducación; nunca más un mexicano ignorará las letras, el himno nacional ni las virtudes regenerativas de la soldadesca. La historia será un legado común y, como en el deseso foxista, las cosas que se lean, vean y escuchen no preocupará a la población, no por cuestiones vanas de censura o regulación de medios de difusión, sino por su bienestar mental -informarse es sufrir-. Pulularán los artistas comprometidos con el régimen y uno que otro aligerado para dar la impresión de apertura. Del otro lado, dentro de los campos de concentración -si la Junta no decide una solución final al problema opositor-, los escritores, músicos, pintores, cineastas y científicos prodigarán anécdotas que, una vez liberados, 50 ó 70 años después, se podrán publicar. Aunque sería mejor utilizar sus palabras, frescas, dolorosas, para lanzar un libro de trasmano, clandestinamente, en un país extranjero, para obtener algún relevante premio literario que, como siempre, sirva para denunciar pero no para resolver. Estos liberales tendrán todo el tiempo y el espacio para sus actividades recreativas, mismas que, sino pasan antes por la basura o la muerte, podrán aprovecharlas las futuras generaciones. Sólo espero que, igual que a mi tocayo Soljenytzin, mis habilidades puedan colocarme entre los prisioneros de primera, al menos, para sobrevivir.

 

8.- Auténtica transformación al trasponer la historia

 

Algo sucede con los pueblos tras los autoritarismos, que usualmente tiende a la mejora de la vida en común. Algo que llevan otros términos que no son derechos, libertades, valores de respeto y tolerancia, institucionalidad, pluralismo, sino alguna cosas que no se les pareces, sino que es mejor. Hay que mirar atrás y a la gente tras la mano dura: Chilenos, dominicanos, argentinos, paraguayos, brasileños, uruguayos, peruanos, grenadinos, guatemaltecos, nicaragüenses, salvadoreños, panameños, haitianos, venezolanos, españoles, portugueses, alemanes, italianos, ghaneses, angoleños, congoleños, ruandeses, mozambiqueños, sudafricanos, europeos del Este. Existen los que de plano han destruido para siempre el germen del Estado Total, existen los que aún permanecen en la zozobra porque, habituados al orden impuesto, no pueden ya vivir sin él, existen los que piden a gritos el regreso -y lo han logrado-, pero no existen ya los que no pidan, al menos, un margen para la crítica y la transparencia, quien no quiera reglas para todos, gobernados y gobernantes, quien no esté dipuesto a dar un pequeño esfuerzo a cambio de una pequeña libertad, de pensar, de tener, de ser.

Algunos implementaron de inmediato la libertad de conciencia, acaso la raíz suprema, la razón central, el Alma Mater de todas las demás, pues estriba en defender a muerte la manera de ser, la identidad íntima de cada persona. Entre ellos la expresión es fácil porque se sabe que nadie descalificará lo que dice el otro por otro medio que no sea la burla o el descrédito, sino la lógica. La libertad de reunión, de prensa, de manifestación, están garantizadas no porque haya una «línea» que acallar, una protesta que sofocar, una revuelta que impedir, sino porque se tolera que son personas, no «enemigos internos del régimen». Todas las otras, además, se llevan a ámbitos no puramente políticos y sociales, de forma tal que un trabajador puede «tronar» contra tal o cual gobierno, incluso siendo burócrata, sin que por ello lo tengan que despedir o su sindicato lo chantejee por siempre. Incluso, la libertad de conciencia les permite negar a la misma sociedad que se permitió la irreflexiva intervención castrense en las calles y en las casas. Les permite gozar de una actitud no solidaria, usar el criterio propio y no el masivo, empinar el reclamo a todos los políticos, a todos los dioses y a todas las bestias. Les permite concluir que, siendo ellos mismos, no necesitan más allá de lo que llaman patria. Algo pasa que quedan más libres, más abiertos, más avanzados. Por favor, urge un golpe de Estado, una Rusia de Stalin, una Portugal de Salazar, una Nicaragua de Somoza y los sandinistas, una España de Franco, una República Dominicaca de Trujillo, una Alemania de Hitler, una Hungría de Horthy, una Rumania de Antonescu y de Ceausescu, una Yugoslavia de Tito, una Albania de Hoxha, una Norcorea de los Kim, una Bulgaria de Chervenkov, una Sudáfrica de Apartheid, una Vietnam de Ho Chi Minh y su Vietcong, una China de Mao, una Guinea de Sékou Touré, una Haití de los Duvalier, una Cuba de Castro, una Guinea de Macías Nguema, una Libia de Gadafi, una Uganda de Dada, una Chile de Pinochet, una Angola del MPLA, una Argentina de Videla, una Camboya de Pol Pot, una Etiopía de Mengistu, una Grenada de Bishop, una Polonia de Jaruzelski, una Perú de Fujimori, una Serbia de Milosevic, una Venezuela de Chávez, un México de auténtica dictadura, para ver si después del horrendo carnaval represor nos llegan al fin las libertades que pocos y pocas veces hemos gozado.

Antalgias

A donde van los sanos

 Esta columna no está patrocinada por ningún emporio farmacéutico, político o similar. Es que, bueno, ya saben, mis neuronas reciben un impulso de hiperactividad cuando ataca la calentura (no sexual, se entiende)…

Comerte una orden de tacos a pastor -sin piña-; pasear a la luz de las velas en las pupìlas encendidas de una mujer a punto de ser seducida; andar por las calles salpicado de llovizna y de miradas que te dicen «loco» por hacerlo. Todas estas cosas son particularmente difìciles de realizar si estás enfermo. Y aunque suene a patético comercial de farmacia, la verdad es que padecer una dolencia turba no uno ni dos sino los seis sentidos por completo. La verdad, los enfermos somos un caterva de valientes que qué huevos lucimos por sonarnos la nariz, entrecerrar los ojos, oír un avión apenas a dos metros de distancia, saborear la nada y sentir las lijas de las texturas en la piel hirviendo mientras uno camina por el mundo como si no sucediese, impelido por algo más que el trabajo o la escuela. Cuando estudiaba, pocas, quizá ninguna de las veces me ausenté de clases. Ahora que trabajo, aunque legalmente puedo, tampoco me privo de asistir a mis labores.
Para mí al menos, el sentido de la vida no es vivirla, con razón o sin ella: Es el misterio intrascendental de no saber porqué uno se despega de la cama para contemplar a las otras personas, a defecto que los enfermos no queremos ni pestañear. Yo, al menos, quería ver a los amigos a la mañana siguiente a comentar las noticias o a inventar nuevos chistes con el diario acontecer o simplemente recrear ese día de ayer inolvidable que nunca volverá y qué bueno que no me perdí por pretextar, como en el sexo: «Es que me duele la cabeza». Así pasa con el trabajo. No me imagino perder una jornada gloriosa, histórica de filmación o de creación literaria nomás porque me arde el culo. He sabido de prodigios que uno halla entre las peores punzadas de espalda, retortijones estomacales, calambres de piernas y una que otra impotencia eréctil. Hay que inventarse motivos para que, cuando le diga uno la tarde después: «Fìjate que a Marcela la cacharon…». Puta. Vendré siempre que pueda, aunque el cuerpo pretenda no permitirmelo.
Pero, claro, es muy sencillo hablar desde turgencias temporales, habituables, hasta cierto punto curables de una pastilla a otra. Me refiero aquí también a aquellos que cruzan «por las avenidas, por los boulevares», como diría el poeta, con un virus de inmunodeficiencia que, dicen unos, es indestructible y que, dicen otros, no existe. A quienes les ha crecido en el cuerpo eso que llaman Neoplasia, o Aplasia o Hiperplasia, por razones que ilustrativamente serían como la dictadura: Un ejército que agrede al pueblo con todo su poder armamentístico, a lo que la gente común y corriente resiste con lo que tiene al alcance de su mano desnuda. A quienes guardan en su cerebro -si quieren nombrarlo alma, no tengo problema en ello- marcas de recuerdos que no pueden borrar porque no pueden cambiar y porque el cuerpo, ante estímulos insólitos, se los revive a cada instante. A quienes morirán porque lo que creían pasajero se quedó para siempre.
Son éstos enfermos porque los cuales escribo este alegato sin pundonor: Sé que mañana, del modo corriente e incluso a mi estilo, comeré tacos, seduciré y me empaparé de lluvia. Pero sé que pasado mañana quizá me ocurra alguno de éstos casos y quiero advertir que viviré la vida exactamente igual a como la vivía antes del diagnóstico, pues una valentía no se disgrega mucho de otra. Apagaré mi vida lentamente sabiendo que, con indigestión o con cáncer o con esquizofrenia, fui sin recovecos ni ambages el enfermo bravío y sarcástico que se portó como una «persona sana» para no despreciar jamás -nunca mejor dicho- las vivencias que cada 24 horas guardaba en la memoria. Parafraseando al Bohemio: «¡Salud!».