Otra postal desde el infierno 3

Otra postal desde el infierno 3

La música los acompañó todo el ascenso por las escaleras. Era un piano melodioso que ejecutaba el Bolero de Maurice Ravel, pero despojándolo de toda parsimonia con un ritmo apasionadamente sincopado. Toda esta vuelta mental la dio Marcela escalón por escalón antes de decir: “Ése fue mi vals de XV Años”. “Chido”, respondió Jonás. Llegaron a una terraza que en realidad era una azotea de apariencia miserable. Entraron por una puerta de metal y ventanas tropicales, sin contraseñas ni trucos mayores. Jonás extendió la mano hacia su espalda frenando a Marcela, caminó dos pasos y giró a su flanco derecho.

Ahí, en su cubículo tecnológico estaba Junichiro López Koizumi, jugando Silent Hill por enésima vez hasta acabarlo. Hijo de padre mexicano y madre japonesa, lo único que le quedaba de su herencia oriental era la pinta de Bruce Lee y el nombre que daba una sonora impresión de hilaridad. Marcela esperó cerca del vano recién cruzado y Jonás avanzó 5 pasos más, muy lentamente. Junichiro puso en pausa el juego, se quitó los audífonos y le gritó de espaldas: “¿Por qué siempre entras como un pinche ladrón, hijo de tu p…?”.

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Otra postal desde el infierno 2

Otra postal desde el infierno 2

“Al grano”, ordenó Jonás antes de meterse el primer bocado de los tacos al pastor que pidió, indicando tácitamente que la escucharía pero no dejaría de comer mientras a ella se le enfriaría su cena contando su relato.

Marcela respiró profundo, entrecerró los ojos y luego preguntó: “¿No notaste algo en la foto?”. Jonás masticaba despacio, callado y sólo alzó las cejas. “Bueno, mira, técnicamente, no se puede enviar fotos personales sin un sello postal, excepto si pertenece a un franquicia institucional, es decir, si es enviada dentro de la paquetería de cualquier organización.”

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Otra postal desde el infierno

Otra postal desde el infierno

Una vez que la bola 8, negra y compacta, tocó las esquinas y luego el fondo de la buchaca, Jonás sabía que tenía que empezar. Así que despacio acomodó el taco a todo lo largo sobre la mesa, prendió un cigarro y se dirigió a pagar la cuenta. Pero alguien ya lo había hecho por él. Ni siquiera preguntó quién aunque su contrariedad aumentó al ser recibido en la barra con una voz escalofriantemente dulce: “Pagué una hora más”. Y le salió lo bocón una vez más: “Serán como seis juegos que ganaré sin que metas una sola”.

Sólo sus zapatos resonaban en el largo galerón del billar, pues Jonás acostumbraba jugar por las madrugadas, para no ser perturbado ni por los gritos de los parroquianos ni por las complacencias de la rockolla. Hubiera sido genial, pensó, si al menos trajera minifaldas y tacones. Tomó el mismo taco y acomodó las bolas sobre el mismo paño. “Abren las novatas”, dijo insolente, pero apenas pudo contener el resoplido su coraje cuando vio que la joven acomodó su cuerpo para ejecutar un tiro al triángulo que metió una lisa y una rayada. “Escojo las rayadas”, eligió penetrando sus ojos con igual insolencia.

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Mientras pasa… (VI)

Mientras pasa… (VI)

Habían pasado varios minutos, pero a él le habían parecido horas. Todavía continuaba rebotando una y otra vez su pelota de caucho sobre las paredes de su celda para distraer a sus pensamientos y al hambre que empezada a aguijonear su estómago.

-Oye, imbécil extranjero –le espetó el celador por enésima vez-, si no guardas esa maldita pelota, te quitaré esa y las otras que tienes.

-¡¿Qué?! Yo sólo traje -se quedó callado el prisionero, extendió sus párpados y cambió el tono–… Mire, tengo hambre, así que si no me va a traer comida, seguiré entreteniéndome con esto.

Intensificó el número y la velocidad de los rebotes mientras veía a su carcelero con una expresión sardónica. Éste, en cambio, iba enojándose a cada golpe monótono de la pequeña esfera blanda.

-¡Está bien, tú te lo buscaste! -estalló el tipo en un grito que alteró a los demás reclusos.

Rápidamente, antes que el celador lograra entrar por las rejas, el preso tomó su pelota y la guardó en su saco. Luego, se paró sobre la cama, esperándolo.

-Ahora sí, maldito animal. ¡Te voy a matar! Seguir leyendo “Mientras pasa… (VI)”

Mientras pasa… (V)

Mientras pasa… (V)

La sorda gelidez de la morgue recibió a Mustafá Letelier por la puerta trasera, misma por donde sacaban los cadáveres hacia sus respectivos funerales. Con extremo sigilo, el investigador se acercó a la mesa metálica donde yacía, yerto y agujereado, el cuerpo de Wangari François Embé, emérito astrónomo nacido en Liberia, a quien había conocido en una cena organizada con su mentor para reunir a las mentes más brillantes del mundo colonizado.

El científico negro, según conversaron esa noche, había estudiado en los Estados Unidos, becado e instruido por George Washington Carver en Filadelfia, y regresado a su patria para fundar la Universidad de Monrovia, pero se encontraba en Camerún realizando experimentos de astronomía y astrofísica con especialistas de otras ramas del conocimiento, alguno de ellos citados también en aquella gala intelectual. Lo que más habían compartido, sin duda, era la animadversión al imperialismo europeo que, incluso permitiendo que un par de africanos pudieran codearse con lo más granado del universo investigador, como diría el propio hombre de ciencia:

-Impide que sea todo nuestro continente el que conozca el mundo para el provecho de nuestros pueblos.

Mustafá Letelier contempló por unos instantes solemnes la catadura triste de su colega y amigo. Quizá hubiera preferido no conservar el honor de profanar su humanidad, aun con fines objetivos. Sin embargo, cuando lo despojó de la sábana, observó que el cuerpo desnudo únicamente había recibido la sutura de las puñaladas. Por ley, una víctima de homicidio debe revisarse mediante la necropsia. El investigador soltó una exhalación un tanto reprimida para que no retumbara en el silencio del recinto policíaco. Hizo lo propio con su maletín, poniéndolo en la plataforma inferior de la camilla, y decidió que no era espacio suficiente para una inspección a fondo. Debía él mismo abrirlo y cerciorarse de la tesis que desarrolló desde que lo vio la primera vez en la Rue Nantes.

Empujó las ruedecillas hacia un cuarto contiguo, escribió unas palabras en una hoja de papel que colocó en otra camilla, ocluyó la puertecita de madera de la habitación y procedió, casi con lágrimas en los ojos y un par de guantes en las manos, a averiguar dentro del cuerpo de su respetado camarada la verdad sobre su muerte.

I / II / III / IV / V / VI

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
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