Para: Alona

Para: Alona

Mi muy querida Alona de Lark:

A finales de 2019, nuestro intercambio literario se intensificó, para mi enorme dicha, recibiendo muestras por igual de admiración, gratitud y cariño artístico desde la distancia, ya no de un continente, sino de 2 idiomas y culturas antípodas; y brindando de mi parte reciprocidad sincera e intensa.

Entre muchas de aquellas muestras, surgió mi compromiso de exponer, explicar, exhibir (Cualquier término cabe, con sus divergencias y similitudes) una respuesta a tus inquietudes y tus juicios, tan amable y tan fundadamente vertidos, sobre mi obra literaria. Sabes lo mucho que extraño ese intercambio, sobre todo en vista de lo ocurrido en 2020; a nombre de esa nostalgia, pero sobre todo de nuestra amistad, intento rescatar de las ausencias forzadas por lo menos briznas de para mí tan especial relación cumpliendo lo prometido.

Ojalá te sea útil del modo en que prefieras, Alona.

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Échame a mí la culpa de tu desgracia III

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Respecto a su supuesta lucha para contrarrestar la Intervención, otro de los motivos del galardón antillano, quedan los contradictorios alegatos que Juárez elaboró contra el régimen imperialista de Maximiliano. Por ejemplo, había prorrogado su período presidencial de 4 años aprovechando la ascendencia recién obtenida de los militares entre los Inmaculados, y contra todos los argumentos de desapego constitucional que le profirieron –entre ellos, Guillermo Prieto-. Mientras lanzaba diatribas tajantes que manifestaban su abierta oposición a  la mano extranjera en la manivela nacional, los Estados Unidos adiestraban, pertrechaban y pagaban los salarios del ejército federalista, presionaban vía diplomática la retirada inmediata de las tropas francesas de suelo mexicano y reconocían, con todas las conveniencias de las circunstancias, al gobierno de Juárez como único e inapelable para Washington –lo que significaba, en buen castellano, una impresionante amenaza de la joven potencia-, a cambio, claro está, de las ventajosas concesiones que el presidente oaxaqueño le otorgó cuando se encontraba en la frontera con ese país. Seguir leyendo «Échame a mí la culpa de tu desgracia III»

Échame a mí la culpa de tu desgracia II

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El H. Congreso de la República Dominicana lo proclamó Benemérito de las Américas y con ese nombre de gloria se selló su silueta tergiversada en millones de mexicanos, en las paredes de cientos de miles de escuelas públicas oficiales, en las estatuas a su nombre y en, cómo no, la vértebra moral de las logias masónicas mexicanas. Ese título, único que recibió por parte de una nación extranjera en vida, se debe a factores que no conciernen a sus méritos ya no presidenciales, sino liberales. El parlamento dominicano, saturado hasta el borde de liberales que por añadidura eran masones del mismísimo rito escocés al que perteneció hasta la muerte Simón Bolívar, no podía dejar pasar la oportunidad de rendirle panegíricos al estadista que había logrado fincar los estatutos liberales en un país latinoamericano alguno desde su emancipación de la metrópoli española, supeditar el Ejército a la autoridad civil, desarraigar los cimientos del poder eclesiástico –oponente natural de los masones- y además, expulsar con gallardía, heroicidad y patriotismo a los franceses, cultores del conservadurismo católico y militarista que traía como respaldo la etiqueta de potencia mundial y las mejores fuerzas armadas del planeta en su época. Pero, ¿Cuánto de cierto y de mendaz tienen estos logros atribuidos a Benito Juárez? ¿Cuán exacta fue la interpretación de los hechos, con el Caribe y su doctrina masónica de por medio, por parte de los legisladores dominicanos? Seguir leyendo «Échame a mí la culpa de tu desgracia II»

Échame a mí la culpa de tu desgracia

benito juarez

Benito Pablo Juárez García pudo ser el nombre de cualquier funcionario público, el de un taxista, el de un conductor de noticieros, el de un estudiante o maestro, el de un literato ganador del Premio Cervantes o un químico ganador del Nobel. Pero resulta que le es otorgado a cientos de miles de villas, poblados y rancherías o simples puntos de cruces carreteros en México, a infinidad de insospechables galardones y reconocimientos nacionales, e inclusive internacionales, a instituciones públicas de educación y, sobretodo, a una imagen popular de reivindicación autóctona. Seguir leyendo «Échame a mí la culpa de tu desgracia»

En derredor de la sombra

Las sociedades pequeñas son, por antonomasia, más activas y comunicadas socialmente en busca del bienestar común. Será más sencillo poner de acuerdo a vecinos de un edificio de condominios que a todo un país. Por ello, al ir creciendo, aquellas comunidades practicantes de la democracia y la libertad –y, por tanto, de la política- quedaron atrapadas por la red de complejidad que una población muy diversificada o muy compacta en intereses llega a tejer. Hoy día es sencillo ver cómo colonias de todo tipo organizan ligas deportivas locales pero México se permite la apatía mientras vive atrapada en su propia complejidad.

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