Otra postal desde el infierno 4

Otra postal desde el infierno 4

“Éste es el plan: Chiro Liro y PORRO realizarán el exhaustivo análisis del material de la postal, así como dactilografía, caligrafía, imagenología, etc. Vic se trasladará a Ciudad Juárez para indagar las condiciones en que la carta fue enviada para acá, mientras Marcela y yo realizamos una investigación aquí en Villahermosa sobre conocidos, amigos, vecinos, ya saben. Dependiendo del resultado, estableceremos en una semana si es recomendable viajar al norte para proseguir la pesquisa. ¿Estamos?”.

El círculo que se unía a Marcela estaba a punto de desintegrarse con un sí colectivo, cuando Jonás agregó que absolutamente todo lo del pago estaba pactado: Sería hasta el final de la investigación y la clienta contaba con los recursos para sufragar el precio acordado. Ahora sí, el sí colectivo, todos media vuelta a la madrugada, excepto porque la joven sintió unos dedos tibios sujetando su antebrazo. Se estremeció, pero pudo mantener la mirada sobre la de Vic. “Tienes que saber que lo que pides se cumple. Si vamos tras él, lo matamos. Fuera de eso, cualquier cosa que conduzca a tu hermana no será nuestro problema.” “De acuerdo”. “No puedes arrepentirte ni dar marcha atrás, no será tu mano asesina posándose sobre su vida, sino la nuestra y sólo nosotros diremos sí o no”. Tardo algo más, pero repitió: “De acuerdo”. Vic no dijo más y se alejó fumando. “¿Nos vamos?”, la asustó Jonás por atrás. Ella asintió. “¿Quieres algo más o está bien con la cena, Marcela?”. “No, Jonás, gracias, está bien”.

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Otra postal desde el infierno 3

Otra postal desde el infierno 3

La música los acompañó todo el ascenso por las escaleras. Era un piano melodioso que ejecutaba el Bolero de Maurice Ravel, pero despojándolo de toda parsimonia con un ritmo apasionadamente sincopado. Toda esta vuelta mental la dio Marcela escalón por escalón antes de decir: “Ése fue mi vals de XV Años”. “Chido”, respondió Jonás. Llegaron a una terraza que en realidad era una azotea de apariencia miserable. Entraron por una puerta de metal y ventanas tropicales, sin contraseñas ni trucos mayores. Jonás extendió la mano hacia su espalda frenando a Marcela, caminó dos pasos y giró a su flanco derecho.

Ahí, en su cubículo tecnológico estaba Junichiro López Koizumi, jugando Silent Hill por enésima vez hasta acabarlo. Hijo de padre mexicano y madre japonesa, lo único que le quedaba de su herencia oriental era la pinta de Bruce Lee y el nombre que daba una sonora impresión de hilaridad. Marcela esperó cerca del vano recién cruzado y Jonás avanzó 5 pasos más, muy lentamente. Junichiro puso en pausa el juego, se quitó los audífonos y le gritó de espaldas: “¿Por qué siempre entras como un pinche ladrón, hijo de tu p…?”.

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Otra postal desde el infierno 2

Otra postal desde el infierno 2

“Al grano”, ordenó Jonás antes de meterse el primer bocado de los tacos al pastor que pidió, indicando tácitamente que la escucharía pero no dejaría de comer mientras a ella se le enfriaría su cena contando su relato.

Marcela respiró profundo, entrecerró los ojos y luego preguntó: “¿No notaste algo en la foto?”. Jonás masticaba despacio, callado y sólo alzó las cejas. “Bueno, mira, técnicamente, no se puede enviar fotos personales sin un sello postal, excepto si pertenece a un franquicia institucional, es decir, si es enviada dentro de la paquetería de cualquier organización.”

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Otra postal desde el infierno

Otra postal desde el infierno

Una vez que la bola 8, negra y compacta, tocó las esquinas y luego el fondo de la buchaca, Jonás sabía que tenía que empezar. Así que despacio acomodó el taco a todo lo largo sobre la mesa, prendió un cigarro y se dirigió a pagar la cuenta. Pero alguien ya lo había hecho por él. Ni siquiera preguntó quién aunque su contrariedad aumentó al ser recibido en la barra con una voz escalofriantemente dulce: “Pagué una hora más”. Y le salió lo bocón una vez más: “Serán como seis juegos que ganaré sin que metas una sola”.

Sólo sus zapatos resonaban en el largo galerón del billar, pues Jonás acostumbraba jugar por las madrugadas, para no ser perturbado ni por los gritos de los parroquianos ni por las complacencias de la rockolla. Hubiera sido genial, pensó, si al menos trajera minifaldas y tacones. Tomó el mismo taco y acomodó las bolas sobre el mismo paño. “Abren las novatas”, dijo insolente, pero apenas pudo contener el resoplido su coraje cuando vio que la joven acomodó su cuerpo para ejecutar un tiro al triángulo que metió una lisa y una rayada. “Escojo las rayadas”, eligió penetrando sus ojos con igual insolencia.

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