Ciudadano Can / El deshielo S3E5

Obscurece el verano a la hora más intensa del calor desprendido por el excesivo cemento de esta ciudad-dormitorio. En particular, detrás de las rejas del portón principal, el tenue vaho del estacionamiento recién lavado. Me animo a desabrocharme otro botón y a sacudir mi blusa gris de inspectora, razonando de nueva cuenta las piezas de Farías a la espera de la señal de Liebermann. ¡Qué tipos tan diferentes y tan metidos en esto!

En efecto, los perros y los comederos de hace unas horas ya no están; la anfitriona tampoco; se oyen ladridos intermitentes, lejanos pero no tanto; casi no pasan autos o personas o por ratos vienen en grupos desde Villahermosa; y salvo por el operativo, no hay presencia policiaca, ni siquiera una caseta abandonada. El sitio perfecto para planificar un homicidio.

“Atentos! Se aproxima vehículo”, indica Liebermann por radio.

Cuando volteo mi cabeza hacia la camioneta roja, descarapelada del chasis, ésta frena y desciende la activista, muy despacio. Le dice algo al chofer, quien en cuanto le cierran la portezuela, arranca y da una feroz vuelta en U para retornar.

“Detengan el vehículo”, de nuevo mi jefe, “ya sabes qué hacer, Vicencio”, agrega de más.

Levanto la mano llamándola amablemente. Ella sonríe a la fuerza, cargando su morral, moviendo sus ojos para todos lados y caminando de prisa hacia mí.

-Buenas noches, inspectora. ¿Para qué soy buena? -su voz permanece serena y afable.

-Buenas noches, señora…

-Señorita, por favor -bromea-, aunque no lo parezca -reímos.

-Señorita, pues. Para decirle que ya atrapamos al asesino de José María Esqueda…

-¡Ay, bendito sea Dios!

-Y necesitamos que formalice su testimonio.

-¿Y yo por qué, inspectora?

-Sólo es un trámite. Nos va a decir exactamente lo mismo que nos dijo apenas esta tarde.

-Ah, ‘ta bueno pues. De una vez, entonces. ¿Vamos a ir en su patrulla? No tengo cómo moverme, ¿Sabe? -ríe, ahora sí bastante nerviosa.

Me callo, de pura lástima. De sorpresa maltrecha, de decepción franca. Se me debe notar tanto como a ella se le nota la apuranza inusitada por no dejarme pasar.

-¿No va a dejar sus compras? -le respondo sin sonrisa un momento después.

-Eh, este, pos, nada más traigo unas cosas para preparar empanadas, unas latas, harina y así… ¿No podría dejar esto mientras en la cajuela de su patrulla, inspectora?

-La espero, no se preocupe.

-Es que, también, pues pa’ darle velocidad. Si nomás voy a repetir mi declaración, ¿No? Y ya ve que Villa sí queda algo retirado y a esta hora…

-Igual la espero. Es más: La traigo de regreso a su casa.

-Pues, si no tiene mucha prisa -niego con la cabeza-, acomodo rapidito y salgo.

No encuentra la llave del portón hasta un par de minutos y lo deja abierto en señal de cortesía. Sucede lo mismo frente a su puerta de madera comprimida cuando estiro al máximo la cortesía:

-¿Me presta su baño? -detiene los giros de sus muchas cerraduras.

-Lo tengo un poquito sucio, inspectora. Discúlpeme.

-La disculpo, pero por favor deme chance -me mira al fin-. Llevo media hora aquí.

Reanuda los giros, ceden los pestillos, abre al fin la puerta, contempla las sombras interiores dándome la espalda. “Pase”, grita y avanza. Antes de cruzar el umbral del portón, presiono dos veces el botón sónico en señal de alerta; y al llegar a la puerta, siento la tentación de colocar mi mano sobre mi arma. Una luz corta la negrura de la casa por la mitad; se asoma alegre: “Pase, inspectora, acá está el baño”. Ya nada más oigo algunos gruñidos distantes desde el otro lado del túnel del pasillo.

-¿Por qué no prende la luz?

-No quiero alborotar a los perros -susurra-. Por eso también hablo así. Venga.

Sin problemas podría caminar hasta el baño, tan potente es el foco. Tanto, que me permite ubicar el interruptor de la sala y encenderlo. Los perros, tal como dijo, alzan un coro de ladridos y sus patas rascan violentamente el vidrio de la puerta trasera, desde la cual se traza una línea de huellas caninas hasta donde me encuentro.

-Los acabo de meter -explica, seria.

-¿Y los hizo caminar de espaldas? -estalla en una risita mucho más forzada.

Me dirijo al morral, que lanzó a uno de los sillones y por cuya boca sobresale una botella de cloro y las greñas de un repuesto para trapeador. Dentro, detergente en polvo, un cepillo de escoba y las latas de comida, para humanos y animales, lo único cierto en su lista de compra.

-Esas empanadas la matarán, ¿Sabe? -digo igual de seria que ella.

-Sé lo que parece. Es que usted me puso muy nerviosa -entrecierro los ojos de escepticismo-. Se nota que jamás la ha manoseado un policía federal.

Al erguirme, indefectiblemente pareciera que ella me mira desde muy abajo, no sólo por el visible contraste entre nuestras estaturas, sino por una derrota más o menos barata.

-¿Adónde llevó a sus perros?

-¿Cuáles, inspectora? ¿No vio que los tengo en el patio?

-No sus perros: Sus perros, los de José María Esqueda.

Se empieza a carcajear, aterida de nervios. Se dobla, unas lágrimas brotan de entre sus mejillas contraídas y rojas, aplaude 2 veces, los perros aúllan, ladran, brincan: “¿Qué va… jajajajaja… qué va a ser de… jajajajaja… a ser de ellos… jajajaja… de ellos, Ins… Inspectora?… jajajajajaja”. La compasión se mezcla con la indignación, en ella y en mí, aunque por muy distintas razones:

-En serio, inspectora, dígame. ¿Qué va a ser de ellos? Nadie es consciente, a nadie le importa un animal abandonado en la calle, en ellos, en las criaturas más vulnerable de Dios, es donde menos se ve la caridad cristiana. ¿Quién da dinero por perros y gatos callejeros? ¿Quién da su tiempo y su esfuerzo, sus propiedades, así estén desocupadas, para albergarlos, alimentarlos, limpiarlos? ¿Quién adopta? ¡Qué bueno que la venta de mascotas está prohibida! ¿Se imagina? Cachorritos comprados de regalo para un niño terminan dejados en las carreteras cuando crecen. ¿Lo sabía? ¡Oh, en verdad creía que está prohibida! Conozco familias de socios del Estado que no se han privado de esa estupidez. ¿Quiere asomarse al patio? Tengo incluso un perro afgano de 1 año y medio desde hace 7 meses… Jajajajajaja… ¡El regalo de Reyes perfecto! Jajajajaja… ¡Ah, pero pídeles una donación! Jajajajajaja… ¡Me han mandado a la policía en plena recaudación! ¡En un parque público! Jajajajaja…

Durante su monólogo, siempre dentro del baño, coloco mi mano derecha sobre la culata de mi pistola y me comunico con Liebermann para solicitar refuerzos, forenses y un equipo de Control Animal. Finaliza, sollozando, riendo por destellos, aún trémula, sin quitarse el llanto ni los mocos, tapando su boca excepto para hablar:

-¿Cómo lo supo, inspectora?

-Hoy a mediodía, cuando les dio de beber a sus perros, un charco se formó debajo de sus botas, dejando huellas idénticas a la marca en la camisa de Esqueda.

-¿Qué? Jejeje… Jeje… Hay un montón de bot…

-Ni siquiera el taquero tiene ese mismo modelo. Usted le dejó esa marca cuando lo empujó hacia el interior de la jaula. La altura de su patada es similar a su estatura y sólo una experta como usted podría saber que era lo único que necesitaba para encerrarlo ahí, ya que la puerta no abre hacia afuera. Y se cuidó de usar guantes todo el tiempo, justo como los que utilizó al mediodía, para no dejar rastros en el cuchillo machetero; sólo que se le olvidó colocarlo en su lugar junto a los otros utensilios.

-¡Eso pudo hacerlo cualquiera!

-No cualquiera sabía que los perros podían matarlo a mordidas. No cualquiera sabría esperar pacientemente a que pasaran los trabajadores de la basura para que escucharan los ladridos como siempre, a que se saciaran los perros para poder sacarlos de la jaula y subirlos a una camioneta, excepto el único que no lo mordió, el único que se quedó. ¿De veras pensó que creeríamos que él solito le comería tanta carne al cadáver? Lo forzó a salirse porque no cualquiera sabe el fuerte lazo que une a un perro con un humano que lo rescata…

-¡Y ese cabrón hijo de puta se lo había dado al taquero! Jijiji… ¡¿No se da cuenta?!

-¡No cualquiera sabría pastorear a una manada de perros ajenos a su antojo, primero escondiéndolos en su patio y, luego, fuera de toda sospecha, subiéndolos de nuevo a la camioneta!

Ella ríe, pero la expresión de su cara es de profundo lamento y se balancea cada vez más lentamente.

-Pero primero, tuvo que desalojar a los que ya tenía acá. Por eso los mantenía en el estacionamiento de su casa. Y después, regresarlos a su patio y limpiar los cambios. Por eso no me quería dejar entrar a su casa. Todo lo cual denota premeditación y alevosía, agravada por el allanamiento y los delitos sanitarios. Jamás pensó que la Gendarmería la visitara, contaba con el arresto y la tortura del taquero…

-Interrogatorio, inspectora Vicencio. Interrogatorio -vocifera Liebermann desde la calle.

Los forenses se asoman primero quedándose en el umbral. Les indico que deben colectarse muestras de las huellas del piso y casarlas con las muestras de la escena del crimen, los perros del patio y los que recuperen; que se coordinen con Control Animal para iniciar también la búsqueda de tejido humano en los hocicos. Entonces, los forenses indican a su vez la logística a los policías todavía afuera. La mano sigue sobre mi arma y me aproximo a la mujer, ahora en un franco estado catatónico.

-Guadalupe Nicandro, queda arrestada por el asesinato de José María Esqueda -mi jefe salta la línea de huellas para acceder sin comprometer la evidencia y corta imaginariamente su cabeza con su mano-, deberá acudir al Ministerio Púb…

-Sí, ya la apresamos, señora -Liebermann al habla-. Tenemos las pruebas. Procederemos con Derechos Humanos -para que nadie identifique la voz, mantiene presionado el botón comunicador. Entonces, entra también saltando un abogado a quien recuerdo, apenas el viernes, despachando en Asuntos Jurídicos de la Gendarmería-, acaba de llegar el observador de derechos humanos -alzo mis cejas-. Por favor, señorita Nicandro, relate los hechos del crimen.

Apenas farfullando, totalmente paralizada y firme con las muñecas esposadas, Lupita le cuenta al radio comunicador que lo más complicado fue neutralizar a Esqueda: Ayudada por el hombre de la camioneta, Gilberto Segura, siguió sus pasos durante 2 semanas; finalmente logró someterlo tras salir de una de sus múltiples reuniones políticas.

Fueron a la taquería, forzaron sus cerraduras y, una vez adentro, ella tomó el cuchillo y condujo al junior al patio, hiriéndolo cada que intentaba resistirse, hasta colocarlo de espaldas a la puerta del enrejado, detrás de la cual los perros se comportaban de modo salvaje. Así que sólo tuvo que empujarlo, que los perros se distrajeran en atacarlo para cerrar, esperar a que lo mataran y desordenar el local un poco.

Entretanto, tuvo una ligera discusión con Gilberto respecto al dinero, pero ella alegó que el robo impediría enjuiciar al taquero y que se lo compensaría después. Esa misma tarde, mientras trasladaban a los animales a otro lado, habían acordado que asaltarían otra taquería.

Una vez que la unidad recolectora de basura cubrió su ruta, desalojó a los perros ahítos atrayéndolos a la camioneta con carne del refrigerador, que tuvo que revolver un poco para distinguir su procedencia, pues le repugnaba la idea de propiciar el canibalismo entre ellos. La camioneta los trajo a su casa, donde otra complicación fueron las maniobras para situar esconder ambos grupos, siempre auxiliada por Gilberto.

Su plan original sería esperar que terminara el escándalo para deshacerse de ellos, “con todo el dolor de mi corazón, pero, pues, eran evidencia contra mí”. Liebermann se dirige de nuevo al aparato:

-Señora, como pudo escuchar, Rigoberto Sánchez resultó inocente, habrá que soltarlo. Cambio y fuera -corta la transmisión y asiente viéndome a los ojos.

-No lo repetiré: ¿Adónde llevó a sus perros, Lupita?

-Al refugio de Esqueda -responde sin aliento, ya cabizbaja.

…¡Cuánto has cambiado y cuánto te resistes a aceptarlo!

Te debo otra confesión: Mi liberación se anticipó a la tuya algunos años. Lo cual complicó recibir el correo puntualmente y originó que te extrañara más intensamente todavía. Pero asimismo complementó aquellos cambios que operaron en mí durante mi encierro, necesarios a su vez para olvidarlo. Buscando olvidarte -o extrañarte menos, para no exagerar- construí una vida plena y feliz, lo suficientemente dichosa y alegre para cuando recuperé tus cartas y no caer de rodillas en la tentación de perseguir un fantasma. Los cambios me permitieron…

Las portezuelas del lado derecho de la patrulla se abren al mismo tiempo. En el asiento delantero, sorprendentemente, se trepa Liebermann. Atrás, según el procedimiento y mirando su sorpresa en los ojos, se trepa Lupita. Dentro sin sorprenderse, acariciando a su nuevo gato y escuchando los detalles del arresto como desde el inicio, Farías aguarda por ella.

 

I / II / III / IV / V / FIN

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

5 comentarios en “Ciudadano Can / El deshielo S3E5

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