Ciudadano Can / El deshielo S3E3

A través del retrovisor, Farías y yo intercambiamos miradas que reemplazan nuestros comentarios por las respuestas de Bárbara Mena a mi interrogatorio, de camino a las instalaciones de José al Rescate, A.C.:

“Para muchos, él representaba la intención de la sociedad por organizarse y mejorar su comunidad, sea en tema de animales o en cualquier otro. Y eso ‘otro’ representaba para mí el principal riesgo. Chema me tranquilizaba diciéndome que su padre jamás permitiría que le sucediera algo malo… (Solloza y contempla la carretera en el parabrisas de la patrulla) Al menos no tan malo como… (Deja escurrir algunas lágrimas) Como su asesinato…”.

“¿Notó algún peligro que el señor Esqueda hubiera pasado por alto o que hubiera ignorado tras comentárselo usted?”, hablo al fin 300 metros más adelante.

Luego tragarse otras lágrimas, fruncir el ceño y apoyar su boca en su puño, hace muecas de incredulidad, alza los hombros y casi susurra: “Pues, la verdad, era consciente que su causa reflejaba también las condiciones del pueblo, muy necesitado de rescate y de un líder”, muecas de extrañeza, “y siendo muy sincera, inspectora Vicencio, francamente no lo creo, no de ustedes”, se suena la nariz para no oírse tan mormada. “¿Qué cosa?”.

“La Gendarmería había instalado vigilancia sobre él, muy intensa”, aspira y traga de nuevo, “aunque en los foros públicos Chema insistía, enfático”, envuelve su dedo índice para retirarse elegantemente las lágrimas de debajo de sus párpados, “los calmaba afirmando no tener más aspiraciones que las de los propios animales. Tal cual”.

De plano, volteo mi cabeza y de soslayo lanzo unos ojos de “te lo dije” al amnistiado, quien me devuelve los suyos bien cerrados con una muy tranquila negación moviendo la cabeza.

Sin embargo, la esposa sigue distraída en su lamento: “Ahora que Chema ha muerto es que se lo confieso, inspectora…”

“¿Por qué confiar precisamente en una agente de la Gendarmería?”.

“No sé. Quizá me dio confianza, por ser mujer. Quizá usted no da por hecho que el taquero sea culpable o de otro modo no me habrían visitado. Quizá me conmoví de ver a ese pobre hombre torturado, sometido a quién sabe qué vejaciones para obligarlo a acusarse a sí mismo. Quizá porque solamente una persona aparte de él y yo conocíamos esta situación…”

“El secretario de Sanidad Pública”, deduce Farías en voz alta.

“Es correcto”, respinga ella, girando su vista, recorriendo de arriba abajo la figura casi reseca del hombre a sus espaldas, como si fuera por primera ocasión, “¿Cómo lo…?”. “Ya llegamos”, concluye Farías señalando a la valla perimetral al final del recodo de terracería. Diligente, educada, la viuda se adelanta a abrirnos paso. Y en cuanto cierra la portezuela, tomo al hombre del antebrazo:

“A mí sí me lo vas a explicar”.

“En cuanto confirmes que el taquero tuvo sólo una sanción sanitaria; y debieron imponérsela poco antes de conocer a Chema”.

“Bárbara jamás mencionó que se conocieran”.

“Ella no”, asiente Farías, “de haberlo conocido previamente, nunca lo habría visitado en la cárcel y menos ventilado ante los medios las sofisticadas técnicas de investigación de la Gendarmería”, comprendo que el miedo resulta un poderoso disuasivo, “sin embargo, ellos sí se conocían previamente”.

Sonriente, Bárbara Mena toca el cofre de la patrulla para que avancemos. Sostenemos la mirada, es otro desafío a mis capacidades de detective. La esperanza de la viuda resuena en mi cabeza como mi propia evolución: No dar por sentada ninguna culpabilidad sin evidencias. Me reacomodo, embrago y piso el acelerador.

En medio de un fraccionamiento de clase media sin municipalizar, se ubica el refugio, un predio a campo abierto de no ser por la cerca metálica, unos cuantos abrevaderos techados, otro rectángulo de vallas y una oficinita de tablarroca. Mientras Farías lo recorre junto a ella, me quedo en el auto solicitándole a Liebermann corroborar ciertos datos.

Cuando los alcanzo, Bárbara Mena continúa en modo guía de safari, en verbo y ademanes. No obstante, se mantiene distante de los perros, particularmente nerviosa frente a los que permanecen en la zona aislada por más vallas.

“¿No le gustan los perros?”, pregunta él. “Éstos no. Son muy violentos. Mi marido… casi no convivía con ellos, a diferencia de los que están sueltos”. “Nada más que son muchos, más prisioneros que libres…”. “Sí, eso también lo notaba él. Cuando la ‘prisión’ se saturaba, él gestionaba con el Ayuntamiento su traslado a la Perrera Municipal para su… bueno, su sacrificio”. “Sí, sé lo que siente…”. “¿Perdón?”. “Digo que nadie podría adoptarlos, ¿No? Por su agresividad”. “Claro”.

Entonces, Farías, que había tomado alimento de los abrevaderos, logra darle de comer en el hocico, a través de la cerca, a uno de los perros encerrados, un sabueso de tamaño mediano, dócil, famélico y alegre debido al gesto. Mientras lo acaricia, Farías pregunta por la frecuencia de las gestiones. Bárbara Mena responde los registros serían más fiables, pero que últimamente cada mes.

“¿Quién sostenía los gastos de la casa y del refugio?”.

“Bueno, yo conservo mi trabajo en las oficinas del gobierno federal y mi familia me apoya en lo que puede…”.

“¿Su suegro no les aportaba dinero?”.

“Desde hacía 7 u 8 meses. Nunca me lo confirmó, pero sospecho que Chema se discutió con su papá cuando fue a visitarlo al Senado. No volvieron a hablarse y le congeló sus cuentas personales”.

“¿Y cómo le hicieron?”.

“No pudo congelar la cuenta de la asociación civil y él había logrado cambiar a la gente. Recibía más donaciones, más recaudaciones y se estaban adoptando más animales, lo que era redituable por los servicios veterinarios y la venta de accesorios”.

De repente, Farías calla, se incorpora y respira el viento que sopla más fuerte.

La sospecha me ha motivado, finalmente, a escribirte. Luego de 20 años, hemos cambiado todos, ha cambiado el país e incluso mi cuerpo abierto a tu memoria. ¿Tú cambiaste, cariño, te atreviste a hacerlo? ¿Sigue la cicatriz de tu ceja derecha donde la vi por última ocasión unas horas antes de mi arresto? ¿Sigues pensando que es no es mejor Rulfo, reeditado por la Revolución, que Paz, publicado en el exilio?

¿Aún me amas?

¿Aún me ama el joven escritor…

“¿Señor? ¿Quiere revisar los registros?”, insiste Bárbara.

“Farías. ¡Farías!”, le insisto yo.

“¿Eh?”.

“Que si revisamos los registros”.

“No”, suspira, “pero dígame: ¿José María Esqueda era el único dedicado al rescate animal?”.

“Mmmmm, que yo sepa, hay otros 4 activistas dedicados a lo mismo. También tengo sus contactos. Mi esposo… esperaba formar una red de asociaciones, no sólo de esta causa, sino de todo tipo de altruismo”. El silencio –o la impaciencia- la impulsa a adelantarse a mi propia interpretación: “¿Insinúa que estén implicados en el crimen?”.

“Bueno, quizá su éxito y su notoriedad suscitara la envidia y el recelo del resto de los activistas”.

“¡Ay, por favor! Entonces, no conoce esta noble labor, llevada a cabo por personas buenas, desinteresadas y unidas por un propósito: Una vida mejor para estas pobres criaturas”.

“Admiro su indignación. Es genuina, habla bien de usted. Y tiene razón: Su implicación sería todo lo opuesto al espíritu mismo de la filantropía”. Otro suspiro: “Las espero en la patrulla”.

Una vez que nos despedimos de Bárbara Mena en la casa de su madre, ahorrándonos otro largo viaje al aeropuerto, Farías me comenta que debemos entrevistar a los otros activistas, cuyos nombres, domicilios y teléfonos juguetean en su mano derecha, enlistados en la tarjeta por la excelente caligrafía de la mujer. Mi objeción principal estriba en que lo obtenido hasta este mediodía de jueves ha sido una pérdida de tiempo y da igual otros 4 interrogatorios.

En ese momento, el teléfono de la patrulla reporta que, en efecto, el taquero recibió una sanción sanitaria que le costó la clausura hace 8 meses; y que la bitácora de la ruta reveló que el camión recolector de basura pasó por la taquería cerca de 3 horas después de la muerte de Esqueda.

“¿Ves, Farías? Pérdida de tiempo. El asesino decidió deshacerse de evidencias que lo incriminaran. No imagino de quién pudo tratarse… ¡Ah, sí, claro! Clarísimo: El taquero dueño del local. No, amigo, lo siento, sigo las evidencias, según lo que hemos platicado: El secretario aparece entre las fotos importantes del piso donde vivía la víctima: Nadie más tan cercano al poder para enterarse de la vigilancia policiaca y avisarle. Eso también encaja con la multa y con el hecho de que la señora Bárbara Mena se dignara visitar al taquero, conocerlo, escuchar su versión”. Los labios apretados de Farías sonríen por mis aciertos deductivos. “Lo que no encaja es que ellos ya se conocían. Pero sí fue así, entonces nos diste un posible móvil”.

Como sea, inmersa en un tenso silencio, apretando los dedos en el volante, hambrienta y apremiada por la curiosidad y mis vacaciones, accedo a entrevistar a los activistas.

I / II / III / IV / V/ FIN

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño
.

16 comentarios en “Ciudadano Can / El deshielo S3E3

    1. A ti por asomarte y que te guste. Muy feliz Navidad y feliz 2020, Alona. Ha sido un verdadero placer conocerte e intercambiar ideas a través de tu blog. Convertiste mi 2019 en algo inolvidable, por tu nominación a los Blogger Awards, por tu lecturas y críticas de mi obra y, en fin, porque nada se compara a conocer otros mundos. Abrazote sincero de felicitación hasta el Perú.

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      1. Alejandro, eres tan generoso en tus expresiones, muchas gracias. yo entendí a lo largo de este año, que el razón de ser de un blog no es el número de los seguidores que siempre crece, sino, en los lectores que realmente te lean, y las personas que tu lees. sin querer, he creado un pequeño universo en el cual tengo al príncipe 🙂 Alejandro Robelo Garcia:) suena , quizás, exagerado, pero , en el mundo virtual podemos exagerar todo lo que queremos. por qué digo príncipe: por lo generoso, educado, abierto y noble que eres 🙂 . no conozco muchas personas así, me encanta tu forma tan espontanea y desmedida a regalar palabras bellas, crear momentos inolvidables, construir los puentes que unen los mundos. felices fiestas para ti y tus seres queridos. muy feliz por haberte conocido, muy agradecida por los ánimos y atenciones que me diste, por cada una de las palabras hermosas que dirigiste a mi 🙂 muy feliz de haber descubierto un escritor de tremendo talento, un sentido de humor tan áspero y disimulado que , juraría, solo rusos posean, con la pluma flexible que esconde muy bien todo el trabajo duro que hay detrás de cada línea escrita por ti 🙂 en fin, estoy muy contente de haberte conocido !!! gracias por tu interés y todo todo todo 🙂 y que 2020 sea de un gran éxito para ti!!

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        1. Me has escrito el mejor regalo que podría recibir en estas fechas, Alona. Cada una de estas hermosas palabras las conservaré envueltas con sus listones de obsequio para siempre. Te confieso que pocas personas antes, en este exagerado mundo virtual ni en el vertiginoso mundo real, me había honrado con la concesión de tan alto título nobiliario y menos de tan prodigioso universo. A nombre de esa felicidad invaluable, conmovido, alentado, renuevo mis mejores deseos para ti y tus seres queridos hoy y siempre…

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