¡Un negro! ¡Un maldito negro hijo de puta! ¡Que no lo sepan estos cabrones o se burlarán de mí hasta mi funeral!… Soy el primero en levantarme de la mesa a gritarle al zambo, quieto de confusión, y a expulsarlo a patadas del local. “Eh, Vito, venimos a tu taberna”, vocifera Siro tras acabarse los empellones, “porque no aceptan ni negros ni judíos ni árabes”. “Pensé que era sólo por la cerveza”, responde Vito, reímos, “¡Qué decepción!”, el encargado muestra el revólver que no utilizaría si estábamos nosotros.

Alguien pide silencio: Nos hemos perdido 4 penales por culpa de esos negros. “¡Andiamo, Luigi!” y De Agostini no nos falla. Vítores y manotazos a las mesas, todos ebrios, todos rapados del cráneo, todos a punto de ser campeones del mundo por cuarta vez. Pasamos de largo el gol de Olartinoséqué. Brindamos con tarros. Y el imbécil de Donadoni la caga con el penalti más marica que he visto cobrar… “Y sigue Maradona: Imposible que la vuele”, subraya Nicola… No sólo no yerra, la mete como maestro… Cumplimos con el silencio solicitado, aunque todos pensamos que el viejo Aldo, un defensa, debe meterla o de lo contr…

¡Nooooooo! ¡Serena coglione! ¡Mucha fuerza pero nada de colocación! ¡A las manos del sudaca! La repetición nos enardece aún más; y sin mirar a Siro, ya anticipamos el plan. Césare reúne las 50 mil liras de la cuenta y las propinas y las entrega sin esperar el cambio, mientras el resto salimos. Debemos alcanzar a los africanos aprovechando que todos harán sobremesa antes de arremolinarse por las calles para ir a la Piazza Biondo.

Tifosi - Italia 1990

©Derechos reservados. KRANKOFT*. 2018

“Maldita FIFA de mierda. Nos sacó de Roma para que no ganáramos”, espeta Nico. “El único partido fuera, ¡Qué casualidad!”, añado. “¿Y qué esperabas de Havelange? ¡Otro sudaca!”, completa Stéfano, quien se nos une en la esquina donde paramos para otear a los negros. Parece que Siro los encuentra, porque avanza sobre Papareschi y lo seguimos, como siempre. “No los veo”: Stéfano. “Son negros, es difícil verlos en la obscuridad”: Nico. “Si se desnudan, jamás los encontraremos… pero cuídense de que los agarren por la espalda”: Se ríen de mis chistes, excepto Siro, que nos calla tomándome de la chamarra. “¿Quieren ahuyentarlos, idiotas?”.

El eco de unas suelas sobre el adoquín interrumpe el regaño. Todos ajustamos los ojos. Un tipo se aleja hacia Gassman, pero no es hasta que cruza por debajo de la luminaria que correrá verdadero peligro: Un congo que camina solo perseguido por 4 borrachos furiosos. Apenas unos metros antes de pillarlo, el zambo se percata de la carrera que debe emprender. Si llega a la avenida, lo perderemos, de modo que saco mi pequeña barreta y se lo lanzo a las piernas, derribándolo; éste se levanta nada más para ser tackleado por Nico.

Siro le da una patada en la espalda y lo arrastramos bocabajo a la esquina con Pierantoni, calle adentro. “Tú vigila”, me ordena Stéfano y me quedo distante de la agresión. Todos los carabinieri deben estar concentrados en otras plazas, pues no veo a ninguno. Ya en el suelo, Nico le baja la chaqueta hasta los codos y le anuda las mangas sueltas justo como una camisa de fuerza. Viste una playera de la Azzurra con el número 10. Siro lo agarra de ésta y lo sacude: “Merda nera, ¿Crees que algún día Italia convocará a uno de los tuyos?”. Se ríen. “Italia jamás será campeón con un negro en la alineación”, termina, escupiéndolo en la cara. Es la señal.

Divido mi mirada entre el crucero a media luz y la rueda de puntapiés, puñetazos, latigazos de cadenas, más gargajos, golpes de mi barreta… cuando un coro a capella resuena desde el fondo de la cerrada. Siro manda levantarlo y arrastrarlo hacia donde me ubico. “Lo llevaremos a la ciclopista y ahí veremos”, me explica Césare, entregándome de estafeta el brazo izquierdo del zambo. Significa que consideran que no he colaborado lo suficiente: Serán como 300 metros cargando el bulto hasta la orilla del Tíber.

Nico, nuestra vanguardia, alcanza primero la calle del judío. No la atraviesa en tanto el grupo se reúne de nuevo. En los multifamiliares detrás nuestro se escuchan lamentos, sollozos, cronistas analizando la derrota una y otra vez. Desembocamos en la banqueta de la avenida. Entonces, Nico prosigue para alertarnos desde la penumbra: Ni siquiera una patrulla se avizora. En cuanto se puede, avanzamos y lo desbarrancamos por la pendiente que termina en la ciclopista. Bajamos riéndonos, eufóricos, hasta donde la noche corta de tajo la Ciudad Eterna.

Junto conmigo, condensamos en él todas las culpas de la semifinal: Siro, el político: “Cóssiga es un asesino, Andreotti, un mafioso, por eso Italia se fue a la mierda”. Nico, el sicario de los sindicatos: “Y pensar que eran mi héroes después de deshacerse del traidor de Moro, que los vendió a los comunistas”. Césare, el desempleado: “¿Los comunistas son tus amigos? Son los cabrones que te permiten entrar, trabajar y usar ropa de la selección”. Ahora soy yo quien puede regodearse, con mi propia barreta, mi propia saliva y mis propios reclamos, reales e imaginarios, en la madriza. Si alguno sospecha lo del negro, el otro negro, con esto despejaré las dudas.

Pero nos cansamos y Siro nota que algunos autos empiezan a circular de nuevo. Dentro de una hora será miércoles, pero será la hora más intensa por todos los que volverán a casa. Y yo de nuevo soy quien nota la proximidad del puente. “Entre más alto, menos sobrevivirá”, concluyo.

Para este turno, Césare y Nico lo cargan de nuevo hasta la rampa. De ahí en adelante lo obligan a subir por su cuenta, para agotarlo aún más. “Cómo resisten estos negros”, me comenta Siro, “carne de esclavos, sin duda”. Se adelanta hasta Pacinotti y nos detiene con el puño alzado. Un auto con 2 banderas ondeando de las portezuelas pasa por el puente. “La capucha”, ordena Siro. Nico se busca entre la ropa. Nos encabronamos de nuevo, Césare empuja a Nico. “Consigan una capucha, aunque sea una bolsa de plástico”.

Mientras ellos se van y Siro se mantiene a la espera en su sitio, el zambo se desploma de rodillas sobre la terracería. Lo tumbo de una patada en la espalda y me coloco la manopla de acero en la mano izquierda. Me regocijo en la sonrisa de aprobación de Siro desde la altura de su posición. Pero el sudor se me escarcha en el rostro al voltearlo y mirar el suyo. ¡Maldito negro! Y todavía me mira detrás de su ojo cubierto de saliva espumosa y sangre coagulada y arena. ¡Es el puto negro, ése mismo negro de mierda!, parece decirme desde lo único blanco de su cuerpo, aquello que rodea su pupila marrón. “¿Beppe?”.

Siro pronuncia mi nombre con suma extrañeza. Césare y Nico regresan en ese instante, con una bolsa negra de plástico que acaban de vaciar y otra discusión. “Tú qué dices, Beppe, ¿Este perro es un ilegal de las colonias?”. Pero nada remueve la mirada tensa entre Siro y yo, que respondo: “Desde luego”, le clavo un puñetazo en las costillas, “¿No ves que ni siquiera pide auxilio?”, otro puñetazo.

“¡Basta!”, dice Siro, “lo quiero vivo para que sufra”. Césare me lo quita para envolverle la cabeza, pero me pide que lo ayude a sostenerlo para colocarle la cadena al cuello. No por completo, para no sofocarlo antes de tiempo. Siro inspecciona y nos indica continuar hasta la mitad del puente. Pero la obscuridad me envuelve a mí también y a mis recuerdos del negro, ¡De este preciso negro!…

Ya casi no quedan trabajos para albañiles italianos en Roma: Todos son para congos y árabes y sudacas. Luego se preguntan de dónde surgen tantos miembros de la Camorra. En mi piso, el 9 de la torre de departamentos, trabajamos 4 de los 8 únicos blancos del edificio. Sé que son baratos; ahora sé que son valientes. Una mañana, lo demostró ¡Este maldito negro! Una mañana, alguien ató demasiadas vigas transversales al gancho de la grúa y mi hijo, mi pequeño Benito, me trajo mi almuerzo. Una mañana, con 10 metros de diferencia, las vigas y mi hijo cruzaron trayectorias. Y este negro, que venía de comer su propio almuerzo a 3 cuadras porque nunca lo dejamos en paz, corrió sin casco ni botas y le hizo lo mismo que Nico a él hace media hora… para salvarlo. Una misma mañana, en medio del reclamo de mi mujer, resultó que el negro era el héroe y yo quien se lo arrebató entre varios forcejeos de mi gente. Y esta misma noche, ese héroe morirá.

Nos quedamos entre los 2 arcos del puente. Alguien tiene que subir al zambo a las vigas laterales, mientras los demás se lo pasan y vigilan. Me trepo segundos antes que Siro decida que sea yo; Siro se distrae vigilando que no pase un auto. Césare y Nico se aprestan a acercármelo, cuando un golpe seco del casquillo de mi bota conmociona al primero y de un empujón tiro al negro sobre el segundo. Para cuando Siro reacciona, el giro de la barreta termina por impactarlo justo en la nariz, tumbándolo sobre el asfalto. Salto sobre el negro, aplastando a Nico, a quien le conecto 3 zurdazos de manopla hasta que ya no intenta contraatacarme. Al congo le quito la cadena y la bolsa de su cabeza. Me mira más extrañado que mis amigos. “¡Corre, estúpido zambo, corre!”. La secreción de adrenalina lo incorpora y, aun cojeando y maniatado, se aleja rápidamente.

Corro yo también pero en sentido contrario. Tendrán que elegir a quién capturar, pero desaparecerme un tiempo sería más conveniente: Un negro cualquiera es más difícil de hallar que a un cófrade. Debo avisarle a Silvana para que esté alert…

2 balazos atraviesan mi espalda y me precipitan sobre la banqueta del puente, batido en sangre. Trato de seguir, pero no siento mis piernas. Una pequeña regurgitación deja una mancha muy notoria en el pavimento. Siro. Su puntería es legendaria. Su astucia todavía más: Los retenes aumentaron por el Mundial, pero él se las ingenió para portar un arma. Y jamás nos lo dij…

“No sé ni me importa qué te volvió tan amigo del zambo”, susurra en cuanto me empareja contra el suelo con su rodilla sobre mis heridas, “pero alguien pagará por la eliminación de Italia, coglione”. Y me golpea el rostro 2 veces contra la banqueta. Nico y él me levantan, pero no puedo tenerme en pie. Asumen que los desafío, así que me regalan sus mejores patadas. Nico toma la cadena, rodea mi cuello y de esa forma me alza. Me derribo de nuevo. Con cada jalón, pierdo más sangre y sensibilidad de la cintura para abajo. Siro lo observa, porque detiene a Nico y en cambio me coloca la bolsa de plástico.

Apesta a sudores, mocos, sangre y baba de africano, me asfixia mucho más que a él, me anticipa la negrura postrera de mi decisión, me impide mirar mi propio suplicio de dedos rotos y costillas quebradas y dientes zafados, me permite concentrarme en la imagen candorosa de Silvana persignarse en Piazza San Pietro en el ’82 por el bebé y el título, en la sonrisa chimuela de Benito lejos de Messico, me amplifican el calor sin viento del verano y el mareo sistólico por cargarme y balancearme…

Aldo Serena, el jugador que falló el último penalti contra Argentina,
confesó que nunca quiso tirarlo. El técnico Azeglio Vicini lo incluyó
en la lista de tiradores por falta de voluntarios.

…me evoca la textura del regalo de Silvana entregado por mi hijo en mi último cumpleaños, me aísla de los ruidos urbanos y la ingravidez del lanzamiento por encima del barandal del puente…

Aquella noche, Serena salió llorando de la cancha.
Jamás volvió a jugar un Mundial.

…me remite al olor de mis errores y mis pésimas decisiones, que descenderán junto conmigo al Estigia del infierno profundo, al noveno círculo del país de mierda, al agua que rellena mis orificios de bala y me hunden tranquilo hacia mi triste redención.

La izquierda nunca ha ganado unas elecciones que le permitan reformar Italia.

*KRANKOFT. Artista plástico y diseñador gráfico mexicano (Villahermosa, 1982). Ha colaborado en diversos medios impresos y digitales en la región Sureste del país y en diversas exposiciones colectivas con fotografías. Damnificado de la inundación de 2007, se perdió constancia de todos los reconocimientos por su obra.

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico
en diversos diarios y revistas locales y nacionales.
En Twitter, trollea desde la cuenta @Acrofobos.
En 2017, publicó su primer libro de relatos Grimorio de los amores imposibles.
En 2018, publicó el segundo: La invención del otoño.

4 comentarios en “Tifosi

  1. Muchas gracias, Alona. De veras que valoro muchísimo tu juicio literario (L@s lector@s también son parte de la literatura). Me alegra haber suscitado esas opiniones en ti, buenas y malas, y ojalá te animes a leer el material dedicado al Mundial.
    Confieso que me he atrasado en entregarle a Amazon el volumen para publicarlo, pero me he resuelto a completarlo por lector@s tan fantásticos como tú. Abrazote y muchas gracias.
    P.D: Sé que te debo un texto. Estoy en ésas…

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