Échame a mí la culpa de tu desgracia III

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Respecto a su supuesta lucha para contrarrestar la Intervención, otro de los motivos del galardón antillano, quedan los contradictorios alegatos que Juárez elaboró contra el régimen imperialista de Maximiliano. Por ejemplo, había prorrogado su período presidencial de 4 años aprovechando la ascendencia recién obtenida de los militares entre los Inmaculados, y contra todos los argumentos de desapego constitucional que le profirieron –entre ellos, Guillermo Prieto-. Mientras lanzaba diatribas tajantes que manifestaban su abierta oposición a  la mano extranjera en la manivela nacional, los Estados Unidos adiestraban, pertrechaban y pagaban los salarios del ejército federalista, presionaban vía diplomática la retirada inmediata de las tropas francesas de suelo mexicano y reconocían, con todas las conveniencias de las circunstancias, al gobierno de Juárez como único e inapelable para Washington –lo que significaba, en buen castellano, una impresionante amenaza de la joven potencia-, a cambio, claro está, de las ventajosas concesiones que el presidente oaxaqueño le otorgó cuando se encontraba en la frontera con ese país.

Juárez mismo careció de tacto, aunque quizá también de un poco de información fresca, respecto a sus relaciones con el Segundo Imperio. Maximiliano había roto ya las expectativas de la Iglesia por conservar su hegemonía ideológica a través de medidas legales acordes con la crianza liberal del austriaco: Nombró liberales moderados dentro de su gabinete, adoptaba modales que no pertenecían a los hábitos conservaduristas –como el hecho de que no quisiera firmar Dei gratia bajo su rúbrica de noble-, prefirió dispensarle continuidad a las reformas liberales que revisar las iniciativas de la Regencia, e inclusive envió sus propias iniciativas de ley en que la regulación fiscal y financiera de los poderes eclesiásticos pasara por el tamiz del Estado, se mantuviera la laicidad de éste y se supervisaran las condiciones de los pueblos indígenas, por quiénes ejercía una fascinación irresistible desde que supo de ellos en las bitácoras de Humbolt. La preocupación referente a las culturas autóctonas por parte de Maximiliano es quizá el ejemplo más lamentable de la miopía de estadista –con un cariz, ciertamente, de utilitarismo político- que todos los presidentes mexicanos desde el Primer Imperio padecieron durante sus mandatos, incluso en la época contemporánea. No parece concebible que el año fijado por la revisión histórica para una primera y bastante rústica legislación concerniente a los indígenas sea en 1864, precisamente en los años del liberalismo más encarnizado del emperador. Con esa propuesta, y sólo con esa, -adelantada, por cierto, en 131 años a los Acuerdos de San Andrés Larráinzar- se había puesto muy a la vanguardia de lo realizado por los liberales en su raudo paso por el poder, a la vez que le costó su principal coto político cuando Francia le retiró el subsidio y el ejército.

Más aún: Maximiliano, consciente de la relevancia de su persona entre la corriente liberal, envió a Juárez una invitación para que regresara a la capital a poner orden jurídico a sus ideas, sentido a su causa perdida rodeado como estaba de prelados pontificios y oficiales relamidos, con toda la intención de “abdicarle” el mando supremo en cuanto hubiera sido posible, pero no sin antes estabilizar el país y encarrilarlo por la senda del progreso liberal. La utopía del emperador entonces comenzó a encaminarse por los derroteros del fracaso combinado. Juárez no sólo no aceptó la invitación, sino además –con las urgencias de poder en una mano y sus dicterios más acerbos contra la intromisión extranjera en la otra-, intensificó las negociaciones con Washington para recibir préstamos y patrocinio para el ejército federalista, y para que los Estados Unidos prosiguieran con su labor de chantaje diplomático sobre Luis Napoleón III. Dentro, la Regencia planeaba la destitución de Maximiliano en base a gatuperios y coacciones, y muchos operativos militares fueron boicoteados por la ingerencia militar de la Iglesia y del partido conservador para desprestigiarlo, aunque en este movimiento se les pasó la mano: Perdieron a propósito posiciones vitales en el Bajío y eso rehabilitó a las fuerzas juaristas. Para cuando Juárez se apoderó de San Luis Potosí, los Estados Unidos y el clericalismo ofendido habían realizado en conjunto lo que un solitario puñado de sus Inmaculados jamás hubiera podido lograr ni con la pericia estratégica de Díaz ni la perfección castrense de Escobedo: Expulsar del territorio mexicano a la entonces potencia número uno del mundo, arrasar con el predominio ideológico conservador, y colocar al partido liberal en las raíces mismas del Estado, y todo de una vez y para siempre.

Si a Juárez se le quisiera, en serio, atribuir el triunfo sobre la Intervención, para validar su calificativo dominicano, ni siquiera la proclama de gloria que peroró en su posterior entrada a la Ciudad de México con la República restaurada, el 15 de julio de 1867, y donde aparece su celebérrima cita –“… el respeto al derecho ajeno es la paz”-, tuviera que tomarse en consideración. En ese documento, al principio, aparece una serie de aseveraciones terribles en más de un sentido, y una sola condensa la verdadera cualidad de su “éxito”: “…sin haber recibido ayuda de nadie ni haber permitido la intervención extranjera…”. Fue un reproche injusto para la historia: “Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos”. Pues tras una expatriación en La Habana y Nueva Orleáns, una atroz guerra civil, donde ni liberales ni conservadores respetaron la vida de sus adversarios, un gobierno fugaz en la capital tras sucesivos golpes de estados y enfrentamientos intestinos, las represiones que había ordenado, los vilipendios que había lanzado a sus oponentes en el gobierno, los errores en que se vio forzado a incurrir, colocaban a Juárez en la difícil postura de continuar con los agravios para liquidar los bastiones conservadores o perdonar y olvidar. Pero resulta que el auténtico reproche le llueve a su memoria. Federalista a ultranza, tras la Intervención y en uso exclusivo de facultades absolutas con la exageración de su renombre,  ignoró sus pactos primigenios con los caciques que en mucho lo habían respaldado debilitando el poder eclesiástico y los reunió en torno a sí para realzar nuevos acuerdos, con los que coartaba sus proyectos políticos locales; redujo la estructura militar y su penetración en la autoridad civil, hasta inculcarle la cultura de una única y absoluta comandancia suprema; negoció la adhesión del clero y de lo que quedaba de los conservadores para que recibiera de éstos el reconocimiento que necesitaba, concertacesionando con sus rivales filosóficos puestos en el gobierno; instauró el Senado –o mejor planteado, un sistema bicameral- con lo que se permitió atribuciones como el veto a cualquier iniciativa legislativa –un golpe de estado, pero con disfraz de legitimidad jurídica-, el contrapeso a su disposición frente a la omnímoda Cámara de Diputados y, fundamentalmente, la intromisión irreductible, inexorable e irrebatible en todos los asuntos de cada entidad federativa, tanto de su política, como de su economía y legislación locales. En suma, el único lustro que gobernó por fin en paz en la Ciudad de México, se dedicó a reafirmar la unidad nacional en base al presidencialismo centralista que tanto le vituperó al general Santa Anna, y que le había costado el destierro.

 

Su talento de estadista, muchas veces basado en su combate liberalista y en las batallas dirigidas contra la Iglesia, queda en duda con tan imprecisas decisiones y actos. No toda la culpa puede –ni debe- endosársele a Juárez, pues si bien era el responsable moral y directo de los destinos nacionales, las hambres personales de poder de cada personaje que lo rodeó, seguidor u oponente, desbarataron en parte sus sinceras ganas de colocar al vagón mexicano en el ferrocarril del progreso, poniéndole baches para obtener ese distanciamiento imperioso entre ese “Estado intestino” que el clero era, despojar la peligrosa influencia militar en la índole civil  de los asuntos del gobierno y conseguir una soberanía respetable ente el mundo. Inflexible en lo primordial, tolerante en lo secundario, adusto, morigerado y siempre orgulloso en lo íntimo de su procedencia zapoteca, Benito Juárez sufrió una de las épocas más aciagas del desarrollo independiente de México, porque su adelanto al tiempo que le tocó vivir, convulso, lábil, desleal, ambicioso, desentonaba de su carácter pacificador, progresista y civilizado; porque sus aptitudes para convencer a cualquiera del sentido noble y honesto de sus ideales no encajaba en la recelosa mentalidad popular ni en la férrea tozudez de los políticos entonces; y porque las contradicciones que sobrellevó con dolor en sus múltiples exilios –siempre a causa de las veleidades del poder- lo habían persuadido, de la peor manera, que la liberalidad, su quimérica unidad nacional, era, y sigue siendo, una patraña estéril soportable apenas para quién tuviera una genuina vocación por la política y un sentido sincero del patriotismo.

Reivindicar a Juárez resulta complejo, laborioso y conlleva a resultados deficientes. El idílico trayecto que recorrió de los prados ovejeros a las entretelas de la política fue tan errático, que muchas veces se confunden la justificada conveniencia política y la maliciosa ambición personal. Su nobleza de indio contrastó con una cierta cobardía latente en la Guerra Civil y en la Intervención. Su lenguaje analítico y directo y su esclarecida dignidad humana discreparon bastante de su vicio de sentirse magnánimo sólo en las entradas triunfales. Su espíritu racional, pero creyente, y su formación masónica reconviene a su proverbial volubilidad manifiesta ante las presiones exteriores. Sí, su contexto fue el equivocado; sí, los golpes brutales de la realidad superaron por mucho sus loables convicciones liberales; pero a estas alturas de la historia, donde una crítica revisión histórica de su perfil llama a la objetividad para entender los desaciertos actuales, el corolario natural podría ser la decepción, o el respeto a su lado humano o, a lo peor, la negación y la censura.

Para extricar los nudos del Estado de Derecho que le allanaran el camino legal hacia la victoria frente al poder conservador, eclesiástico y militar, su genio y su estilo fervorosamente liberales son inconfundibles e irreprochables, su determinación pertinaz y sus logros perdurables; pero fuera del margen que tuvo como presidente de la Suprema Corte de Justicia, como jurista y legislador nato, revestido de atribuciones que apenas serían superados por el presidencialismo posterior, sólo mostró una y otra vez tropezones abominables y reveses ominosos que no concuerdan con su descripción histórica, tal y como nos la han transmitido oficialmente en versiones epopéyicas, ni con los méritos por los cuales los dignatarios de la República Dominicana nombraron Benemérito de las Américas a ese personaje irrepetible que probablemente hubiera engranado a la perfección en otro tiempo, cuando las más absurdas rivalidades se recrudezcan y la estupidez humana alcance  su grado más letal.

Ensayo ganador del 3er. Lugar en el Concurso Universitario de Ensayo Sobre la Vida y Obra de Benito Juárez, organizado por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, en 2002 y, lamentablemente -ni siquiera el primer lugar-,
jamás publicado hasta ahora, 16 años después.

Proemio / Crónicas / Final

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico en diversos diarios y revistas locales y nacionales y actualmente, en su blog
se puede hallar el despliegue de su obra.

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