Échame a mí la culpa de tu desgracia

benito juarez

Benito Pablo Juárez García pudo ser el nombre de cualquier funcionario público, el de un taxista, el de un conductor de noticieros, el de un estudiante o maestro, el de un literato ganador del Premio Cervantes o un químico ganador del Nobel. Pero resulta que le es otorgado a cientos de miles de villas, poblados y rancherías o simples puntos de cruces carreteros en México, a infinidad de insospechables galardones y reconocimientos nacionales, e inclusive internacionales, a instituciones públicas de educación y, sobretodo, a una imagen popular de reivindicación autóctona.

Ligada esa imagen al subconsciente colectivo como una especie de identidad nacional, la figura de Benito Juárez, a la reverberación fosforescente de las revisiones históricas, reviste falacias y futilezas que dimensionan en diversos planos su tilde tardía de “Estadista”. Lo que en calidad de legado de su trayectoria como “Hombre de Estado” puede fundarse más en la leyenda y en la decimonónica crónica romántica de sus contemporáneos que en la verdad de verdad. Al fin y al cabo, en su tiempo, de Juárez se divulgó una vida, una obra y un parecer político -tal vez hasta un talento mágico- que no puede atribuírsele del todo. Su bandera, la del liberalismo, nunca se consideró ni en su matiz ni en su propuesta de la misma forma respecto a quiénes la erigieron originalmente y no siempre defendió sus propuestas esenciales a razón de la conveniencia política. Su ideal, generar un pueblo libre en muchos ámbitos, se pervirtió con el paso de los regímenes, cuyo único propósito consistió en traspasar el vasallaje mental del pueblo de la Iglesia al Estado. De lo contrario, habría que preguntarle a Plutarco Elías Calles y sus secuaces caciquiles por qué enarbolaron a Juárez como pretexto de su cruento anticlericalismo. Su herencia, depositada sobretodo en personas cercanas a su cosmovisión, pellizcó los predios de la torpeza propios de su carrera como “Director de pueblos” -título con que alguna vez llegó a autonombrar lo que en realidad fue su falta de vocación ejecutiva- y habría de fungir 2 roles inherentes a lo largo del Siglo XX: Primero, propalar la efigie impoluta de Benito Juárez, encomiando sus aciertos, ignorando sus yerros, desdeñando su contexto, con tanta injusticia censora que a los intelectuales que osaron cuestionar su imagen les costó la clandestinidad y el ostracismo. Segundo, dirigir supuestamente las conciencias de quiénes ostentaron la primera magistratura. Y si Juárez, rebasando el siglo y cuarto de su muerte, persiste en las diatribas políticas actuales donde se esgrime con minuciosidad demagógica esa “herencia liberal” sin detenerse mucho a pensar las gestiones de sus usufructuarios inmediatos -Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz-, se debe a que a nadie le gusta la sensación de que uno de sus patriotas más egregios muriera intestado y menos que dichas gestiones reflejen la personalidad al mando de Juárez, aunque multiplicado por 10.

Lejos ya de la estampa bucólica del indio huérfano, ovejero y analfabeta, queda un Juárez inverosímil, que eleva la pureza de su raza a extremos cuasiimperiales -condición fomentada por gentes como Ignacio Manuel Altamirano-, de quién se escriben anecdotarios inmensos y asombrosos (Guillermo Prieto, Juan de Dios Peza) y por quién se concede un día feriado para rendirle culto -que, por supuesto, no merecen Hidalgo, ni Morelos ni Rayón ni Guerrero- y se festeja con folclóricos fastos la Guelaguetza en su natal Oaxaca. Queda el Juárez del mausoleo, el del hemiciclo, el de la escultura bajo el futbolístico Ángel de la Independencia -mandados a construir por el general  Díaz como un acto de contrición histórica en plena celebración del Centenario-, el de los murales marxistas de Rivera y Orozco, el del rito masón, los óleos al por mayor y su documentación epistolar. Por si fuera poco, la entrada triunfal a la Ciudad de México con la República Restaurada le mereció tan sólo un cambio de nombre a la calle por donde entró (ahora llamada, precisamente, Paseo de la Reforma), y su anterior lucha contra la invasión francesa se conmemora con un honroso sitio de su retrato en los azulados billetes de a 20. Toda la memoria iconográfica de Juárez, acompañada de una intensa campaña por la supervaloración de su imagen, resalta más virtudes de las que sus reformas pueden permitirle, las cuales a la hora de la verdad no operaron como debiera, por lo demás.

Quizá lo peor de los equívocos presentados en el ejercicio mnemotécnico es que, hechas las cuentas, a Juárez  se le otorgaron más habilidades y proezas de las deseadas, difundidas y realizadas. Tamizado sin temblor en las manos, con ojos objetivos y veracidad despojada de fanatismo patriotero, queda un Juárez, sí, acorde con el perenne dilema de monarquía o república que desangró nuestra incipiente vida independiente, sustentado sobre fuertes pilares de Justicia y reestructuración del sistema legislativo, plasmados en el papel; pero a la vez un Juárez ajeno al contexto convulso al que le tocó gobernar -menos de hecho que por derecho-, incapacitado para la política más arriesgada. Queda, en suma, un Juárez arrellanado e inflexible dentro de la ley, y fugitivo y tardo en la ejecución de la misma, bastante más disímil de la magnánima versión oficial.

 

En términos retóricos, Juárez jugó un papel más allá del natural que le correspondía como liberal acendrado, comenzando por su natal y muy querida Oaxaca. En términos pragmáticos, sus jugadas de papel pudieron costarnos -a todos, pero fundamentalmente a los oaxaqueños- más allá del habitual en el sistema político imperante. Siendo Gobernador de Oaxaca en un primer período, lanzó filípicas muy justas contra el proceder dictatorial y centralista del general Santa Anna. Para consolidar sus argumentos sobre lo último, y pretextando -quizá inocentemente- la unidad federalista, reunió en derredor suyo los dicterios de los caciques de cada distrito y pactó con ellos la aplicación directa e inmediata de muchas de las reformas que ya se cocinaban en su conciencia. Ello no sólo le costó su propio exilio a La Habana, primero, y a Nueva Orleáns, después, sino el inicio de una sanguinaria revuelta civil y militar entre centralistas y federalistas, que entronizó a la brutalidad, y la legitimidad y fortalecimiento del poder de los caudillos locales, abusador a más no poder de la raza india, significada en Juárez, y que desvirtuaba por completo el sentido de esa patrañesca revuelta.

De regreso a México, tras el golpe militar del general Álvarez y sordas luchas intestinas por la presidencia, Juárez volvió a ocupar la gubernatura de Oaxaca, donde, respaldado por las armas y la reciente Constitución de 1857, restauró el método de firmar anfictionías con los caciques distritales y todo, por arrebatarle poder económico e injerencia política a la Iglesia. La cuestión de la penetración dogmática del Clero fue sin duda la batalla más difícil que Juárez libró y de la cual también sufrió las consecuencias de su mala -y breve, no hay que olvidarlo- gestión, tanto desde el Palacio de Gobierno como desde la silla presidencial. Poco o nada aportan sus mandatos en Oaxaca, no nada más por los contratiempos políticos y las prisas históricas del momento, sino porque además sus fugaces períodos los consagró a instrumentar la reforma liberal, por un lado, y por el otro, a reconvertir las leyes que estuvieran caídas ya en la obsolescencia. Para cuando estalló la Guerra Civil, de Reforma o de los Tres Años -es más fácil, por lo visto, bautizar las guerras que a los niños- y Juárez reclamó la primera magistratura para sí, con todo derecho, Oaxaca no había conocido progreso más que en materia legislativa. Porfirio Díaz, el discípulo de la ideología Juárez más descollante de la corriente militarista del partido liberal, sí recurrió perentoria e inteligentemente a sus plenas facultades ejecutivas, y se convirtió a la postre, en uno de sus mejores gobernadores.

Además, Oaxaca tampoco figuró entre los proyectos transformadores de Juárez cuando éste asumió la presidencia por 3a. vez, expulsados los franceses y muerto Maximiliano. Apelando todavía a la Constitución de 1857 y a las nuevas Leyes de Reforma -que la urgencia de mando lo obligó a promulgarlas en plena Guerra Civil-, Juárez quitó privilegios políticos y económicos a las entidades, consolidó el mando de los caciques fieles a su persona y se dedicó a convencer, tanto a los conservadores terratenientes que explotaban a los indígenas como a las autoridades eclesiásticas que los enajenaban, que su programa de gobierno era el mejor para el pueblo mexicano. Si bien sus pretensiones se enfocaron a la búsqueda de la unidad nacional, ésta arriesgó mucho de la soberanía de los estados de la república restaurada, al grado que fungieron en las décadas posteriores como bastiones personales del Señor Presidente en tiempos críticos -así como prebenda política y económica de intereses locales, nacionales y extranjeros-, y el vicio juarista, complementado por la magnificación de su perfil y los apetitos de sus sucesores, habría de arraigarse muy profundo en el accionar del ahora omnímodo Poder Ejecutivo.

Proemio / Crónicas / Final

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico en diversos diarios y revistas locales y nacionales y actualmente, en su blog
se puede hallar el despliegue de su obra.

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