Ojos de trovador IV (El deshielo)

La llovizna arrecia nada más punzando la piel. Sobre la azotea, enormes charcos horadan el concreto, lo cual mantiene vacío el último piso de este edificio de amnistiados y en peligro a quienes suben a tender sus ropas recién lavadas. Como en el box, en una esquina, atendido por paramédicos, se ubica Centeno; en otro, interrogo a Farías, menos asustado que inquieto.

-¿Ahora sí me va a contar toda la verdad?

-Le he contado todo lo necesario…

-Me distrajo con libros y grabaciones telefónicas. Mi principal sospechoso se dio a la fuga de su mansión y resulta que lo visita a usted precisamente, segundos antes de colgarme, y, por Dios, ¿Electrificó la puerta de su casa?

-Siempre he sostenido que si vas a aprender algo, que sea hasta dominarlo.

-¿De dónde obtuvo los cables, e interruptores, los fusibles…?

-Material de desecho del taller donde me asignaron.

-¿Qué hacía Centeno aquí y cómo supo que venían por él?

-Oiga, Vicencio, ¿Se quiere sentir una policía de a de veras? Veamos: 1.- Como 50 casquillos de un rifle automático de asalto, no lo vi, no puedo asegurarle el modelo, pero en este país sólo los militares portan cosas así donde sea. 2.- La huella de un zapato impresa de una patada en la puerta del departamento, 3.- Las esquirlas de la granada de fragmentación que lanzó, 4.- Quizá unas huellas digitales en el guante que tuvo que retirarse al sentir el voltaje, y 5.- testimonios de vecinos y probablemente videograbaciones del edificio del Ayuntamiento y calles aledañas –Farías se calma, a lo mejor al ver que no me ha calmado a mí-, ahí tal vez le indiquen algún modelo de auto en que el asesino o asesina se escapó.

-Farías, usted mejor que yo sabe que no contamos con personal ni tecnología suficiente para eso. Incluso si recabamos todas las pruebas –suspiro, impaciente. Un gris crepuscular comienza a obscurecerse y la esgrima de miradas entre el fraile y el escritor se intensifica-. Me desespera creer que me utiliza o que se burla de mí, que no confía en mí para ayudarlo o para resolver este caso. Que algo cambió en usted en estos meses, siendo libre.

Quintín me comparte unos ojos añejos, hastiados. Mi queja se debe también al peligro al que se expuso sin notificarme. Si bien me había alertado de cuidar bien de Centeno, jamás esperé que su perseguidor tan prontamente lo alcanzara hasta su casa. Lo admiro como personaje, pero esto es el colmo y tendré que permanecer en mi postura.

-Farías, por favor. Me queda más que claro que van tras usted y de Centeno. Si seguimos su recomendación y los protegemos, daremos con el culpable –ahora él suspira hondo, apoya sus caderas en la barda que rodea la azotea y contempla ese horizonte ceniciento y húmedo de mediados de otoño.

-Vicencio, usted habla de una época que no conoce. Tiene razón: Desconfío de usted, pero por la placa, no por Itari. ¿Cree que ese hombre y yo, después de vivir bajo la sombra asfixiante del Estado, simplemente le dejaremos que nos cuide las espaldas?

-Farías, en serio, créame, yo no…

-Permítame, Itari. Quienes pasamos años de injusto encierro comprendemos el verdadero sentido de la libertad: Nosotros siempre podemos ver la cerca que nos divide del mundo. Así que dentro, por fin, tenemos aquello que se supone que nos han negado: Hablamos de política, nos reunimos a denostar al Partido Único, escribimos proclamas que difundimos entre los reos, imaginamos, pintamos, esculpimos, componemos sinfonías, articulamos fórmulas matemáticas y físicas, redactamos ensayos, tomamos café, fumamos, jugamos los deportes que nunca siquiera habríamos visto por televisión, disfrutamos de libros y películas prohibidos. Cuando el tiempo que posees en verdad se elonga al extremo, entrenas, practicas, te preparas por si algún día dejas de ver la cerca. Mientras, el Estado nos recordaba nuestro lugar adentro, a veces sutilmente, muchas más con lujo de violencia; te recuerda que siempre habrá una barda que saltarse. Ustedes, los de afuera, no tienen idea, pretenden que tener un calendario, cosas bonitas de importación y planes para el fin de semana es su máxima expresión de apertura. Dime, Vicencio, si no fueras policía, ¿Cómo habrías aprovechado tu juventud? –guardo silencio ante lo que creo más bien un desahogo a la tensión del momento reciente que un genuino consejo de veterano-. ¿Ves? No lo comprendes, eres muy joven. Hablo como un marxista desvencijado y lo único que deseo es que me escuches con otros oídos.

Una brisa salvaje casi nos arranca los cabellos. Se programaron para mañana, si el clima mejora, los funerales de Claudio Lemus, ya les he avisado a los dos amnistiados, que reaccionaron como si hubiera muerto un desconocido. Consciente de haber aumentado sus angustias, esperé un poco antes de treparnos acá para que los forenses pudieran indagar en el departamento. En este instante, Farías suspira de nuevo e inicia una muy breve y muy lenta caminata hacia otra esquina del inmueble.

-¿Qué sabía de Claudio Lemus antes de ser agente de Liebermann? Sin sarcasmos, ¿Lo oía, le gustaban sus canciones, se aprendió una con guitarra?

-Sí, me gustaba mucho, mi mamá lo sintonizaba frecuentemente. Sin embargo, siempre notaba que muchas de sus canciones, aunque se suponían que eran de contenido político, crítico, me sonaban más bien poéticas, románticas. Además, muy, pero muy viejas, de antes incluso que yo naciera.

-Claudio Lemus era el trovador de la Revolución cuando ésta brillaba en el cenit de su popularidad mundial. Jóvenes como yo y miles otros coreábamos sus canciones, en efecto de protesta, de rebeldía, de poesía contestataria. Su arte era la mejor versión de nuestra realidad, si él pronunciaba la palabra “lucha”, la guerrilla parecía luchar mejor que sólo repartiendo panfletos y tomando algunas plazas. Ya en la Universidad, una visita suya generaba auténticas peregrinaciones de masas, éramos los feligreses de ese profeta de la Nueva Canción.

“No importa por ahora cómo pasó, el caso es que un día pasamos de las aulas a las prisiones. Por supuesto, nadie con así llamada conciencia social podría callar semejante cambio; y Claudio Lemus, consecuente con su música, fue de los primeros. Lo que narraré se conoce muy poco, pero tiene que conocerlo, Vicencio, para ayudarla en el caso. Si esto no demuestra que confío en usted, nada lo hará”.

Farías tuerce la boca a modo de sonrisa; yo devuelvo una sonrisa apagada, pues en mi casa también se debatía o se pasaba la tarde o se buscaba el beso del novio al calor de las letras del cantautor.

-Durante el cuarto año de mi prisión, me trasladaron a la penitenciaría de Isla Cozumel, cuya principal característica es que los trabajos forzados son siempre la pesca y los servicios portuarios: Subir y bajar carga, llenar de combustible las embarcaciones, limpiar las instalaciones, de vez en cuando competir a nado para diversión de los infantes de Marina, etcétera. Iniciando la primavera, Centeno llegó como interno, repartiendo comida, ropa vieja, enseres de todo tipo y biblias. No entablamos amistad, pero nos tratábamos como compañeros de desgracia. Al poco tiempo, un enorme buque-escuela de la Armada fondeó en la isla y se solicitaron voluntarios para servir en él; al principio, creímos que sería únicamente por el tiempo que permaneciera anclado.

“Unas semanas más tarde, cruzando en auto el puente que conecta a tierra continental, se apareció el gran trovador Claudio Lemus. Se apeó, rodeó a pie la extensa penitenciaría y se presentó a las puertas de la embarcación. Muchos lo vimos, atónitos, sorprendidos que la leyenda que aún se oía por la radio, visitara el secreto de esas instalaciones; otros, sencillamente, explicaron la coincidencia: Lemus venía por la Armada, no por nuestra situación. Ya en cubierta, se nos pidió a los voluntarios quedarnos a servicio del buque durante su viaje por mar, contabilizándose para nuestro tiempo de ‘compensación al pueblo’. Como no poseía demasiadas cosas, acepté. Luego, descubrimos que Claudio Lemus viajaría con nosotros y que Centeno, antes de partir, le había entregado unos paquetes.

“La travesía es lo de menos, Vicencio. La cuestión es que, por azares de la simpatía, quedé como asistente exclusivo de Lemus (Quien me llevaba como 20 años de edad), lo cual implicó mejor comida y hospedaje, trabajo menos duro y, claro, algunos secretos inesperados. Por ejemplo, el paseo de Lemus no era de placer. Por sus airadas protestas por la masacre contra el Movimiento Estudiantil y sus canciones más abiertamente de protesta (Él hablaba de Chile y España, pero…), el Estado lo condenó a un año de viaje en ese buque. Circunnavegaría el globo terráqueo, como Magallanes y Elcano, andaría por todo el barco, donde, cuando y como gustara, pero nunca tocaría tierra ni intercambiaría nada con ningún habitante de los países que visitarían; es más, nadie se enteraría que el gran Claudio Lemus iría a bordo. Los paquetes que Centeno le entregó fueron un libro de poesía, una grabadora casera y varios casettes. A lo largo del trayecto, Lemus no hizo nada más que componer y cantar, improvisar y seguir cantando; algunas de sus mejores canciones datan de ese tiempo en que el país, no sabiendo si matarlo o aprisionarlo, decidió aplicarle una nueva forma de sentencia: El exilio sin destierro.

“En cierto modo, fue hermoso escuchar esas canciones, sublimes, libres, inconformes a su manera: La república resultaba tan utópica y tan cercana como un unicornio perdido; la propaganda de la causa se reducía a trapo y lentejuela; sus relaciones con la clase dirigente quedaban convertidas en un rincón en sus altares, convidado a tanta mierda…”

-¡Oh! ¿Y el viejo gobierno de difuntos y flores? Eso no está muy en clave.

-Cuando lo interpretas a 40 mil kilómetros del Presidente, incluso le pides perdón a los muertos por tu felicidad –rio, reprochándome la falta de solemnidad de mi propia risa-. Total, pasó el año, muchas canciones, pocas aventuras, si considera la falta de permiso. En Cozumel, nos reencontramos con Centeno; pero obviamente, Lemus no era el mismo, ahora conocía en carne propia las negativas oficiales sobre nosotros. Durante unos pocos días, antes de su regreso a la capital del país, tuvo oportunidad de presentarme y convivir con Emmanuel, a quien le entregó la grabadora, que tuve que reparar en varias ocasiones, así como casettes llenos de la voz y la poesía del trovador. No obstante, la Armada había confiscado algunos a bordo y otros se le permitió conservarlos y aun producirlos como discos. Son sus mejores de aquellos años, sin duda.

-¿Lo que el asesino quiere son esos casettes que Centeno guardó?

-Vaya prisa, Vicencio. Admiro su agudeza, pero no estaría mal un poco de sensibilidad. Lo importante no es aquello que Centeno escondió de Lemus para siempre; sino aquello que pudo quedarse en aquel buque. Y no pierda de vista que también puede ser asesina.

­-Disculpe, es que armaba las piezas con las nuevas evidencias. La cuerda de la guitarra estaba cubierta de una sustancia tóxica, que sin embargo, le hicieron tragar a la víctima. No murió en el acto, sino que todavía… eh… le produjeron una erección… esa parte me brinca, si bien confirmaría que quizá haya residuos que retiraron de su… En fin, la carta que estaba en el libro parece más un texto confuso, bien redactado, pero sin propósito aparente…

-¿Qué halló de Bernárdez?

-Al principio, me extravié un poco, pero, a ver, ¿Una sola poesía de ese autor dentro de la antología?

-Como le dije, eso no importa. Sólo importa lo que vieron los ojos de Lemus antes de morir. ¿Recuerda la poesía? –sonrío, intrigada de que Farías pareciera intuir los movimientos que estoy dispuesta a realizar en este tácito juego nuestro de resolver crímenes.

-Por supuesto, Quintín:

Si para recobrar lo recobrado/ debí perder primero lo perdido;/ si para conseguir lo conseguido/ tuve que soportar lo soportado;

si para estar ahora enamorado/ fue menester haber estado herido,/ tengo por bien sufrido lo sufrido,/ tengo por bien llorado lo llorado.

 Porque después de todo he comprobado/ que no se goza bien de lo gozado/ sino después de haberlo padecido.

 Porque después de todo he comprendido/ que lo que el árbol tiene de florido/ vive de lo que tiene sepultado.

Farías repite conmigo los 2 últimos versos. Nos miramos, envueltos en aquella húmeda ceniza. Creo comprender, embonar la historia con el soneto, hilvanar el tejido desecho del corazón de Farías con el pasado cada vez menos agradable a medida que se hace presente.

-Magnífico poema. No tenía idea…

-Por décadas, Centeno creyó que su autora era Santa Teresa de Ávila.

-Pues sí, es muy mística.

-Lemus conoció a Bernárdez, ya viejo, durante una gira a Buenos Aires. Se admiraban mutuamente, sin saberlo. Pero Bernárdez, como muchos autores argentinos y uruguayos de aquellos años, Borges, por ejemplo, no eran muy activos en lo político. Entablaron correspondencia, intensa y prolongada.

“A la sazón, por su empeño en la libertad de conciencia religiosa, Centeno se encontró predicando en el patio de los reclusorios, a pesar de su postura como teólogo de la liberación. Lemus y él ya se habían tratado personalmente, debido a esa postura; fue el primer amigo que lo visitó en la cárcel. En esa conversación, ambos cayeron en cuenta que su correspondencia podría estar intervenida por el Estado; algunas cartas nunca llegaron, otras llegaron incompletas o tarde, otras llegaban intactas, pero de alguna manera con un sello postal distinto, lo que implicaba que habían reemplazado el sobre del envío. No fue hasta entonces que Lemus se percató que tal vez sus contactos internacionales quizá sufrían el mismo manoseo de comunicaciones privadas; que a muchos amigos extranjeros les contaba aquello que acá jamás se atrevería a disfrazar de canción. Ambos dejaron de cartearse por un tiempo, no así con el argentino, quien seguía escribiendo, inexplicablemente, una misivia más abstrusa que la anterior.

“Cuando Bernárdez murió, le envío la antología, extrañamente con ese único material entre tantas y tan variadas obras, Neruda, Ibarbouru, Buesa, Sabines, Parra, Storni, José Jacinto Milanés, Benedetti, Lynch, Pizarnik, Silva, Pacheco, etcétera. Ni Lemus ni Centeno ni yo, involucrado a veces por correspondencia, a veces en persona, supimos bien qué pasó. Y entonces, llegó el viaje en el buque de la Armada.

“La viuda de Bernárdez, no me preguntes de qué manera, visitó a Lemus y en su camarote le explicó que el poeta por supuesto había notado que el carteo desde acá era intervenido, que no podía avisarle y que su vida se extinguiría sin poder hacer nada, por lo menos, para aliviar el sufrimiento de su amigo y colega distante. Y le reveló que el soneto era una clave para descifrar, e incluso redactar, cartas. Nuestro trovador portaba algunas de ellas y comprobó, bañado en lágrimas, que Bernárdez, entre otras cosas, había denunciado el hostigamiento de la Revolución a artistas disidentes y había intentado organizar un encuentro cultural, a fin de llevar a algunos que pudieran solicitar asilo político; pero había descifrado muy tarde esas noticias. La mujer mitigó la tristeza de Lemus diciéndole que ahora él poseía una clave con la cual comunicarse sin restricciones con sus amigos, detrás de los muros y en el mundo.

“Centeno fue el primer tipo al que Lemus le ‘explicó’ que el soneto no era de Santa Teresa…”

-¿Y qué decía la carta en realidad?

-El método aprendido para sortear la censura de la Policía Política del Estado.

-Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado.

-Bernárdez se refería al dolor y la pérdida como el precio necesario de nuestro crecimiento como seres humanos. Pero qué gran acierto la metaficción del código epistolar.

-¿Usted lo aprendió? –le sonrío cómplice- ¿Hasta dominarlo?

-El encierro te permite disfrutar de muchos años para dominar varias destrezas, Itari. No importa cuánto invertías en redactar en clave: Volvías a ser libre de expresar directamente a un ser querido, así fuese a la distancia, lo que piensas, lo que sientes y lo que vives –Farías sonríe como un niño, ensombrecido por una repentina verdad-. Por eso me preocupa tanto ya no mirar las cercas.

-La carta en el libro, ¿Es el testamento en clave de Lemus?

-Vicencio, déjeme advertirle algo. La búsqueda que está por emprender costará vidas. Si apenas una pequeña porción de aquel viaje ha podido sobrevivir y nos está pisando los talones, imagínese si esto se vuelve público. Nos basta a Centeno y a mí, y con esta plática, a usted, saber que somos la carnada de un hombre o una mujer cuyos motivos no dilucidamos –Centeno se aproxima a nosotros, mirando con melancolía a su amigo-. La clave se basa en la estructura del soneto, algún literato podrá orientarla.

-Usted estudió Letras. Oriénteme, por favor, Farías.

-Ahí viene Centeno. Lo siento. ¿Cómo estás Emmanuel?

-Hombre, más repuesto del susto que nos han metido. Mil veces hubieras ido tú a mi casa…

-Señor Centeno, me nombraron formalmente su oficial en custodia; su seguridad depende de mí, detective Itari Vicencio. Pero deberá pasar 3 semanas en confinamiento precautorio por…

-Sí, sí, sí, fuga de arraigo domiciliario. Lo sé. Ojalá me pongan en un cepo, en su mazmorra más hemética, con tal de estar vigilado las 24 horas del día.

-Adelante, pase por favor –un uniformado de patrulla esposa y escolta al antiguo fraile a las escaleras de emergencia-. Dígame, Farías, ¿Dónde dormirá?

-Ya me habló Reinserción Social, iré a un motel a unas cuadras de aquí.

-Lo acompañaré a instalarse.

Al salir a la calle, tras una escala por algunos objetos indispensables, no omito mi propio cuestionamiento.

-¿Eso es todo, Farías? ¿Esta vez no hay a quién atrapar?

-Tiene todo para lograrlo por su cuenta y sé que lo hará.

-¿Seguro que todo, Quintín? –en ese momento, Farías puso una cara de duda que coincidió con su mano palpando todavía el ejemplar de Nietzche en el interior de su overol.

-El cuerpo, las pistas, la revelación, la carta, la clave. Sí, creo que todo, detective.Vamos por favor.

No queda mucho tiempo para el intercambio de opiniones, excepto más instrucciones para los 2 policías que custodiarán la habitación y una llamada sin novedades a Liebermann. Me despido, un tanto intranquila de la suerte de estos 2 individuos despojados de toda justicia.

-Ah, una cosa más -me dice Farías-: Le encargo mucho el Archipiélago Gulag.

-No apareció en ningún inventario, ni en sus casas ni en su estudio de grabación -le replico extrañada, tras lo cual me guiña el ojo, sonríe y suspira. Me marcho, satisfecha (Dentro de lo que todavía ignoraba) que descifrar el testamento me conducirá al final.

Al mediodía siguiente, en un almuerzo casi ceremonial dentro de una fonda, solos, viendo por cadena nacional el hueco abierto por el féretro de Claudio Lemus rodeado de dolientes izquierdistas en la inmensa Plaza de la Revolución, Quintín Farías se permite deslizar una lágrima por el combatiente caído, susurrar entonado que los amores cobardes no llegan a amores y entresacar del overol el legajo habitual de nuestras historias juntos.

-¿Otra noche sin dormir? -diré yo.

-Otro día sin despertar -dirá él.

E inicia el Presidente su larga, recursiva e hipócrita elegía…

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982).
Ganador del Primer Concurso Nacional de Ficción Playboy 2008.
Nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010.
Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2010 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado su trabajo literario y periodístico en diversos diarios y revistas locales y nacionales y actualmente, en su blog
se puede hallar el despliegue de su obra.

2 comentarios en “Ojos de trovador IV (El deshielo)

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