No llega una novela

 “¿Por qué la memoria incluirá todo,
incluso lo que queremos, debemos y tenemos que olvidar?”

roberto-bolano
¿Cómo carajos le hacías, Maestro?

A finales de septiembre de 1999, sentado en uno de los pupitres de la primera fila del salón del 1er. semestre de la Licenciatura en Comunicación de la Juárez Autónoma en la que estudié, empapado, me acuerdo, de una llovizna pertinaz que luego plasmé en un relato y una canción, inicié en la misma libreta donde la conservo el borrador inicial de A unos pasos de mi muerte, una novela inédita y estúpida.

Década y media ha transcurrido ya desde entonces, avanzando esporádicamente, aunque muy poco, con la idea ya afilada muy bien en mi cabeza y una redacción distraída por mi trabajo periodístico y mi obra de textos cortos y la vida diaria y la búsqueda -y conservación- de un empleo y de una casa y un carro para medio subsistir decentemente y de una opción política que aplaque un momento a mi conciencia. 15 años que ahora se dicen barato pero que espero me sirvan para no aplazarlo más. Han surgido, por supuesto más proyectos pero… Primero mi primera novela.

No sé si les ha sucedido, pero, por lo menos a Gabriel García Márquez (Aracataca, 1928-Ciudad de México, 2014) le invadió lo que él mismo bautizó como “seca” durante poco menos de ese lapso de tiempo, precisamente entre Cien años de soledad y El otoño del patriarca, cuando todavía no se peleaba con Mario Vargas Llosa y el Premio Nobel de Literatura de 1982 parecía lejano, insospechado.

James Joyce (Dublín, 1882-Zurich, 1941) tardó 7 años en sintetizar el 16 de junio de 1909 para su ópera magna Ulises, aunque tras su publicación, la no menos ardua Finnegan’s Wake tardó apenas 11 meses. Albert Camus (Mondovi, 1913-París, 1960), en cambio, fue muy prolífico, si bien entre El extranjero, la más conocida, y La peste transcurrieron 5 largos años. Mientras a Edgar Allan Poe (Boston, 1809-Baltimore 1846) no le tomaba más que unas cuantas semanas –e incluso días- su próximo relato, a Julio Cortázar (Bruselas, 1914- París, 1984) le tomó alrededor de 50 meses la consecución de Rayuela.

Por no mencionar a Fernando del Paso, quien pareciera invertir una valiosa y exultante semana por cada página de sus extensas y notables obras, cada una al costo de 10 ó 12 años de documentación y escritura, todas acervo obligatorio de quien se autoproclame lector: José Trigo, Palinuro de México, Noticias del Imperio, Linda 67.

A todo esto, ¿Por qué me justifico con estos gigantes de la literatura universal? No les llego ni a los talones, pero recurro al mismo pretexto. Sé que sería más bien como Dostoiévsky (Moscú, 1821-San Petersburgo, 1881) o Solzhenytzin (Kislovodsk, 1918-Moscú, 2008) pero no por su calidad extraordinaria, sino por sus períodos de encarcelamiento en el Gulag de Siberia, equiparables para mí y hoy día a la recesión económica; o mejor como Soyinka (Abeokuta, 1934) o Coetzee (Capetown, 1940), en mi propio apartheid político y/o cultural, hoy llamado Gobierno de la República, del Estado, del Municipio; o mejor como Borges o Henry, quienes pudieron vivir toda su vida sin completar jamás una novela, ni siquiera corta.

Claro que en cualquier instante, un día, sin darme cuenta, terminaré ese relato largo sin creer que yo la haya escrito. Espero no sea muy tarde, cuando el tema pase de moda o yo me harte de escribir o su acogida no suscite el mayor interés dada las “insuperables obras anteriores del autor en el cuento”, o peor aún: No exista en el futuro un escritor y periodista llamado por mi nombre y, por tanto, no haya posibilidades que llegue a las manos de los lectores.

Por lo demás, todo sigue igual, igual de cambiante. La justicia no puede estirarse hasta Apatzingán, como no alcanza a Tlatelolco, a San Cosme, a Aguas Blancas, a Acteal, a Pasta de Conchos, a Atenco, a Tlatlaya, a Ayotzinapa. Eso es de rutina. El que ha cambiado soy yo, porque ya no puede conmoverme algo que antes me turbaba hasta exigir movilizaciones por esos presos políticos; me he acostumbrado tanto a la impunidad, a la esterilidad de la protesta organizada, a la futilidad de las advertencias electorales, que otro artículo sobre el oprobio y la desesperanza sólo me distrae de nuevo del propósito diferido eternamente de concluir mi novela.

No evado mi responsabilidad; pero no soy el único que debo recordarlo, no el único que quiere olvidar que vivo en un país cada día más militarizado, más injusto, más empobrecido, más del “a ellos les sobra porque a nosotros nos falta”, más incomunicado, más salvaje, más infuncional y podrido. Total, una novela adicional finalizada, sentado en el escritorio del estudio de mi casa, empapado, lo describo, en un sudor bochornoso de húmedo calor, tampoco cambiará las cosas. O quizá sí.

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982). Ganador del Primer Concurso de Ficción Playboy 2008, nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010. Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2009 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado artículos sobre temas variados y relatos de ficción en diversos diarios y revistas locales y nacionales. En sus blogs (Aquí y en El desprendimiento del iceberg) y su Twitter (#AhoraResulta por @Acrofobos) se puede hallar el despliegue de su obra literaria y periodística

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