Hacia el silencio
(Fragmentos)

(Noviembre 1, 2007) Hace siglos, cuando ni siquiera existía la palabra ‘selfie’…

Primera parte

Esa mañana me desperté algo incómodo por el susurro monocorde de una televisión encendida a lo lejos sintonizada en el Canal 7, la televisora del gobierno estatal. Meme ya no se encontraba junto a mí, pero su voz me llegaba nítida por entre las voces temerosas de los locutores de noticias y sus pasos descalzos rechinaban sobre mi cabeza y el azulejo helado del departamento de su hermana, donde habíamos pernoctado. La llovizna seguía, pero estaba por cesar, y chocaba crujiente sobre la corriente unificada de la Laguna del Negro y el río Grijalva, a sólo dos pisos abajo de la cama.

*       *       *

Todo salió a flote, desde las camas y los roperos hasta la verdadera calidad moral y ética de muchos involucrados. Los primeros abusos, ante la paranoia general de las tiendas vaciadas sistemáticamente por compras de pánico previas y de un eventual aislamiento que impidiera el reaprovisionamiento, se reportaron esa misma mañana: Un garrafón de agua, uno solo, alcanzó los 80 pesos; una reja de entre 20 y 25 huevos –si es que no se habían acabado- llegó a los 100 pesos; el kilo de cualquiera de las pocas carnes que se podía conseguir (Con los mercados y autoservicios saqueados por compradores y el Rastro paralizado) rozó los 90 pesos; el empaque de un litro de leche llegó a los 35 pesos. Los precios inverosímiles llegaron a las etiquetas del arroz, el frijol, el maíz, las tortillas, las frutas, las verduras, el pan, segundos antes de desaparecer de las estanterías. Los supermercados de autoservicio, a lo más que llegaron, fue a destacar un medio pelotón de soldados para que no se desbordara la desesperación. Respetaron los precios y no le impidieron el paso a nadie, pues resultaba más sencillo que se desengañaran viendo por sí mismos los anaqueles –y únicamente eso-, que convencerlos en la puerta de que no había nada de nada, en un contexto donde cundía el descrédito total.

*       *       *

Meme entró finalizando la llamada en su teléfono celular y mirándome con la misma somnolencia con que yo la estaba mirando a ella: “Mi mamá se va con don Herman”. Y completó con la frase que estaba esperando desde hacía una semana: “Yo me voy contigo, así que apúrate para que ya salgamos”. Nos miramos y nos abrazamos, yo sintiendo su evidente miedo estrenado por la contingencia que la obligaba a dejar su casa por primera vez, ella quizá sintiendo mi miedo renovado ante la posibilidad de no poder atravesar la inundación por intentarlo demasiado tarde.

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Mientras el comercio formal concedió –mitad por emergencia, mitad por privación de mercancías- el resto de la jornada libre a sus empleados, los medianos y pequeños negocios, así como los informales, se mantuvieron incólumes pero nerviosos hasta que oficiales del Ejército desalojaron a punta de gritos y amagos con armas varios locales abiertos y sus clientelas. A José de la Cruz, un parroquiano tardío de una taquería en contraesquina del Parque Juárez, le tocó recibir su orden de 8 al pastor con el agua dentro de sus zapatos, porque entonces algunos propietarios se negaban a perder esos pesos, valiosísimos para el futuro, pero también porque nunca cortaron la energía eléctrica sino cuando ya fue muy tarde. Le tocó también que se los envolvieran para llevar porque sería trasladado a su casa en un camión militar de redilas.

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Sin desayunar ni despertarnos del todo, empacamos la ropa, mía y de su familia, que ella había lavado anoche en bolsas de plástico y nos vestimos con la intención de sacrificar nuestros atuendos. Todavía pasaríamos por su casa para dejar este equipaje provisional y sólo se veían los edificios de los multifamiliares del FOVISSSTE flotar sobre un espejo gris, que alfombraba ya los andadores y donde Meme vio a una mujer partida por la mitad cargando alimento para perros; de dónde obtuvo el saco, hasta la fecha lo desconocemos. La apremié con el argumento de que si no desalojábamos ahora, más tarde sería imposible, sobre todo por la carga que llevábamos. Así que yo me calcé el pantalón con que llegué la víspera para quedarme a dormir a su lado, cargando mi mochila y mi improvisada maleta blanca, mientras ella decidió caminar en un short corto, para no enlodar nada más que sus sandalias, cargando a su vez su mochila y su parte de la lavandería. Entonces sólo nos paralizó el repentino corte de energía eléctrica. Aseguramos puertas y ventanas y sellamos pasos de agua y de gas, dejando un silencio que se quebrará hasta el sábado 17, cuando volvimos para limpiarlo.

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Sin embargo, los grandes sobrevivientes fueron precisamente los negocios de comercio ambulante. A la hora de la verdad, mientras negocios con razón social propio se encontraban cerrados, sabiendo que los inmuebles y las mercancías sufrirían daños costosos e irreparables, el ambulantaje sólo esperó a que los militares comenzaran la evacuación por la fuerza para meter su mercaduría en cajones de cartón y plegar sus metálicos biombos cuadriculados para cargar con todo encima en diablitos y no volver hasta que bajaran las aguas, como en efecto así sucedió, aunque 38 días después habrían de ser excluidos del carnaval de ventas de Navidad y Año Nuevo, porque los empresarios unidos amenazaron con despedir a mil de sus trabajadores –en algunos casos, toda su plantilla laboral- si el comercio informal volvía a colocarse en sus banquetas.

© Derechos reservados. Alejandro Pérez-García. 2007-2014

*Escritor y periodista mexicano (Villahermosa, 1982). Ganador del Primer Concurso de Ficción Playboy 2008, nominado al Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2010. Reconocido por la UJAT en 2002 (Premio Universitario de Ensayo sobre Benito Juárez) y en 2009 (Premio de Cuento de la Feria Universitaria del Libro).
Ha publicado artículos sobre temas variados y relatos de ficción en diversos diarios y revistas locales y nacionales. Aquí en su blog, su Twitter (
@Acrofobos) y su columna en Facebook (El desprendimiento del iceberg) se puede hallar el despliegue de su obra literaria y periodística.

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