Antalgias

A donde van los sanos

 Esta columna no está patrocinada por ningún emporio farmacéutico, político o similar. Es que, bueno, ya saben, mis neuronas reciben un impulso de hiperactividad cuando ataca la calentura (no sexual, se entiende)…

Comerte una orden de tacos a pastor -sin piña-; pasear a la luz de las velas en las pupìlas encendidas de una mujer a punto de ser seducida; andar por las calles salpicado de llovizna y de miradas que te dicen «loco» por hacerlo. Todas estas cosas son particularmente difìciles de realizar si estás enfermo. Y aunque suene a patético comercial de farmacia, la verdad es que padecer una dolencia turba no uno ni dos sino los seis sentidos por completo. La verdad, los enfermos somos un caterva de valientes que qué huevos lucimos por sonarnos la nariz, entrecerrar los ojos, oír un avión apenas a dos metros de distancia, saborear la nada y sentir las lijas de las texturas en la piel hirviendo mientras uno camina por el mundo como si no sucediese, impelido por algo más que el trabajo o la escuela. Cuando estudiaba, pocas, quizá ninguna de las veces me ausenté de clases. Ahora que trabajo, aunque legalmente puedo, tampoco me privo de asistir a mis labores.
Para mí al menos, el sentido de la vida no es vivirla, con razón o sin ella: Es el misterio intrascendental de no saber porqué uno se despega de la cama para contemplar a las otras personas, a defecto que los enfermos no queremos ni pestañear. Yo, al menos, quería ver a los amigos a la mañana siguiente a comentar las noticias o a inventar nuevos chistes con el diario acontecer o simplemente recrear ese día de ayer inolvidable que nunca volverá y qué bueno que no me perdí por pretextar, como en el sexo: «Es que me duele la cabeza». Así pasa con el trabajo. No me imagino perder una jornada gloriosa, histórica de filmación o de creación literaria nomás porque me arde el culo. He sabido de prodigios que uno halla entre las peores punzadas de espalda, retortijones estomacales, calambres de piernas y una que otra impotencia eréctil. Hay que inventarse motivos para que, cuando le diga uno la tarde después: «Fìjate que a Marcela la cacharon…». Puta. Vendré siempre que pueda, aunque el cuerpo pretenda no permitirmelo.
Pero, claro, es muy sencillo hablar desde turgencias temporales, habituables, hasta cierto punto curables de una pastilla a otra. Me refiero aquí también a aquellos que cruzan «por las avenidas, por los boulevares», como diría el poeta, con un virus de inmunodeficiencia que, dicen unos, es indestructible y que, dicen otros, no existe. A quienes les ha crecido en el cuerpo eso que llaman Neoplasia, o Aplasia o Hiperplasia, por razones que ilustrativamente serían como la dictadura: Un ejército que agrede al pueblo con todo su poder armamentístico, a lo que la gente común y corriente resiste con lo que tiene al alcance de su mano desnuda. A quienes guardan en su cerebro -si quieren nombrarlo alma, no tengo problema en ello- marcas de recuerdos que no pueden borrar porque no pueden cambiar y porque el cuerpo, ante estímulos insólitos, se los revive a cada instante. A quienes morirán porque lo que creían pasajero se quedó para siempre.
Son éstos enfermos porque los cuales escribo este alegato sin pundonor: Sé que mañana, del modo corriente e incluso a mi estilo, comeré tacos, seduciré y me empaparé de lluvia. Pero sé que pasado mañana quizá me ocurra alguno de éstos casos y quiero advertir que viviré la vida exactamente igual a como la vivía antes del diagnóstico, pues una valentía no se disgrega mucho de otra. Apagaré mi vida lentamente sabiendo que, con indigestión o con cáncer o con esquizofrenia, fui sin recovecos ni ambages el enfermo bravío y sarcástico que se portó como una «persona sana» para no despreciar jamás -nunca mejor dicho- las vivencias que cada 24 horas guardaba en la memoria. Parafraseando al Bohemio: «¡Salud!».

Maten al mensajero

(Secuela)

Las grabaciones tenían un origen preciso. Quien las envió estaba ya entre las manos del investigador. Faltaba conocer hasta dón deran capaces de llegar los autores intelectuales con tal de permanecer limpios en el boicot de la Convención…
 
El primer paso fue sencillamente colocar la bala en el sitio correcto. Después vino el registro minucioso a cada prenda, con la mano enfundada en un guante de látex del número 6, despojarlo de todas las armas posibles y dejar el recado con pésimas faltas de ortografía. El ambiente debió quedar de lo más vulgar posible, siempre sin indicios, y lo más rápido, porque las policías estuvieron más alertas que de costumbre. Un ruido sólo y antes que la Automatic Kalashnikov 47 suelte las otras 79 ojivas, al menos una patrulla bien cargada pasará coincidentemente por el vecindario. Al final, el cuerpo nunca queda como al morir, es movido y removido, un brazo indicará cierta caída, la pierna la posición del cuerpo al caer y demás. Estos sicarios sí saben lo que hacen. Masiosare González se había habituado tanto a estas escenas, a los peritajes, a las deducciones, a los retratos hablados, a los operativos, que dudaba que hombres comunes y corrientes, anodinos casi, montaran lo que él denominaba "exquisitas piezas del miedo". Podría recrearlas desde las llamadas por la radio banda civil. Asqueado en un punto de no retorno, vomitó un cadáver que, introducido con mordazas en un auto, fue incendiado con los brazos, los pies y la cabeza separados del torso, mismo que hallaron en el asiento del piloto. El resto, en el asiento trasero y la cajuela. El mensaje fue rayado en el chasis para que no se perdiera entre el fuego y la sevicia alcanzó niveles insólitos: Era apenas el hijo adolescente de un capo, tan poco conocido que sus verdugos se dieron el lujo de violarlo. Se retiró. "Masi", como le gusta que le llamen, abrió su agencia esperando clientes víctimas de la infidelidad, que nunca llegaron. Una noche, un sobre amarillo a la puerta de su oficina-casa-motel le puso un alto en el camino. La foto de un mando medio de Pemex, el fajo con 50 mil pesos en billetes de 500 y la orden lacónica de eliminarlo resolvió por un mes sus tribulaciones. Sin embargo, él mismo cambió las ejecuciones por trabajos de vigilancia y documentación, menos remunerados, pero menos sangrientos también. Su trabajo como especializado agente federal de investigación le desarrolló una úlcera péptica que no aguantaba los licuados de melón. Ya no quería matar. Por eso no pudo más que avergonzarse de sí mismo cuando vio al muchacho detrás del casco. Tembloroso uno, flatulento el otro, se miraban fija y fríamente, pues ninguno esperaba algo más allá del asesinato. Se limitó entonces a proponerle el peor de los tratos, a ayudarlo a levantarse y a preguntarle si sabía manejar armas. La oficina de donde provenían los videos y los audios comprometedores se ubicaba a las afueras de la ciudad, en un predio que no ocultaba el nombre ni el edificio y, por tanto, fue fácil saber a qué se dedicaba. Tras las triangulaciones reseñadas en la primera parte de este reporte, "Masi" dio con la dependencia federal para la que había sido reclutado, donde había sido entrenado y para la que sin duda, aunque subrepticiamente, había trabajado: El Centro de Inteligencia y Servicios de Espionajes Nacionales. No, perdón, ¿Qué significa CISEN? Ah, sí, Centro de Investigación y Seguridad Nacional. Una estructura grisácea y oblonga domina el horizonte, muy alejado de las resguardadísimas alambradas y más lejos aún los campos de adiestramiento y de prisión. Pero "Masi" no quiere acercarse, conoce el riesgo. Es bien sabido que no sólo cada "objetivo" obtiene una ficha detallada con un folio único en los archivos confidenciales, sino además cada empleado de alguna policía, procuraduría y del Ejército, con perfil y descripción meticulosamente elaborados, era encartado en los expedientes. El detective, hasta donde recordaba, ostentaba el 457815-C, y permanecía como desertor perseguido tras la réplica de su regurgitación. También, suponía, la agencia nunca le perdió la pista en realidad, gracias a la ficha, y era la que la contrataba. Pero eso implicaba un grave e intrincado conflicto de intereses, pues su contratante era también su eventual víctima, era conducirlo a investigarse a sí misma. O a una trampa, le sugirió el muchacho, Cállate y haz lo que te dije, tranquilo, yo te cubriré desde aquí, Pos sí, pero soy yo el que se va a meter a la boca del lobo, No estás solo, pendejo, llevas un micrófono que se confundirá con el casco, no lo escanearán porque no te dejarán pasar de la recepción, de acuerdo. Sí, ta’ bien, voy. En cuanto bajaron la Chopper de su Falcon y el mensajero se puso en marcha, "Masi" puso el radio en sintonía. Primero oyó la voz de una locutora anunciando una entrevista en exclusiva con el gringo que se creía lo suficientemente mexicano como para insultarlos. Al cambiar de frecuencia, el de un locutor que también daba las noticias por la noche en la tele interrogando vía telefónica al senador que sostuvo conversaciones con un empresario pederasta, según las grabaciones que una y otra vez le restregaban en la cara. Finalmente, las diatribas contra el fraude electoral del político que inauguraba, entre ambas distracciones mediáticas anteriores, la Convención Nacional Democrática; oyó las palabras, pero no les puso atención, siguiendo como estaba con la vista al motociclista que se acercaba a la reja principal de la agencia. Cuando eso ocurrió, volvió a mover la perilla para captar la señal del micrófono. "Buenas tardes", "Buenas tardes, ¿Qué se le ofrece?", "Vengo de… de la mensajería, porque… porque no me recibieron este paquete y… y trae su remitente…", "A ver, chavo…" (…) "Ta güeno, pásale. Pero, pérate. Halcón Central, Halcón Central, aquí Base, cambio, cambio. Sí, paquetería para ser devuelta. Copiado, Central. Fuera. Ora sí, pásale, niño". "¿Me oyes?. Ah, sí, se me olvidaba que no me puedes contestar. Camino por un caminito de cemento, rodeado de hierba, ya voy llegando a la puerta de cristal que describiste. Puta madre, se me están subiendo los huevitos, cabrón. No mames, a ver si no me da toque con el pinche sudor…" Entonces, el detective perdió contacto visual. O séase, dejó de verlo, pero aún lo escuchaba, deseando que se callara para que lo dejara oír el ambiente: Pasos, murmullos de personas, aparatos con ruedas. Tan sólo la recepción era un trajín de idas y venidas, muy distinta del tranquilo y solitario trecho para llegar allí o de las oficinas interiores llenas de secretos. Alcanzó a percibir dos o tres sonidos perfectamente confundibles y el rechinido de los tenis del joven en el piso pulido con menos nitidez y volumen aún. "Buenas tardes", Buenas Tardes, ¿Qué se te ofrece?", "Me enviaron de la empresa de paquetería… Mire… porque no encontraron al destinatario y como el origen del envío es aquì, pos…", "Ah, ta’ bien. Déjamelo aquí", "No, permítame. Me tiene que firmar el contrarecibo y detallar los nombres de los remitentes originales… para entregarlo", "Pero, ¿No que en éstos casos se devuelve y el remitente decide corregir o no su error en el envío? Digo, para evitar posibles violaciones a la correspondencia" Putísima la vendesexo, espetó "Masi". Sabía que TODO el personal del CISEN era entrenado, pero esperaba que la recepcionista fuera otra burócrata intercambiada de algún ministerio público. No se le había ocurrido y no había aconsejado al mensajero. Si titubeaba, lo sentía por él, estaría muerto. Bueno, sin exagerar, tal vez sería torturado hasta la muerte no sin antes confesarse. Me lleva la ver… "No, señorita. Mi identificación dice mensajero. Sólo los jefes de zona podrían venir directamente para incurrir en esa infracción interna. Mi intención es completar el servicio para que no tengan sus jefes queja que después mis jefes me lo van a cobrar. Y muy cañón", "Ah, ya veo. Tons, ¿Se puede?", "Claro que sí, porque yo lo reportaría como envío original. Ni usted ni yo nos metemos en broncas, cumplimos los dos y pues, aquí entre nos, recibiría mi propina", "Bueno, al menos así ya no me molestarías. Espérame aquí, orita vuelvo…" Al unísono, se oyeron los resoplidos de alivio del muchacho y de "Masi". Pero aún faltaba recibir el contrarecibo, el sello de envío original y conocer la fuente de los videos y los audios que atosigaban a su cliente. Fue riesgoso, pero el papeleo de una secretaria recelosa pero comodina -y algo coqueta, suponía el detective- acabaría la operación más rápido de lo esperado. Un pedo de emoción salió de su culo, le recordó las dolencias inevitables y busco en la guantera su antidiarreico. Al levantar la vista para tomar un buche, vio que el joven salía de la agencia, saludando al guardia de la entrada, llevando el paquete que había conseguido sacar de nuevo, bajando el visor del casco que había conseguido no quitarselo nunca, prendiendo la moto y dando la vuelta en U que pactaron. Ninguno hizo una señal de más, "Masi" se arellanó sobre el asiento del auto y recibió con desparpajo los papeles que el mensajero ató con una liga, quizá al salir por el largo corredor de la agencia. Lo miró de reojo, éste lo ignoró. El trato estaba cumplido. Tenía lo suyo sin borrar a nadie más del mapa. La motocicleta del mensajero estalló en diez mil fragmentos luminosos casi seis momentos después que "Masi" acercó su mano al legajo. No podía creerlo: La explosión sucedió apenas con la distancia de que ninguna pieza tocara el carro del ex AFI. Se espantó. Demasiado. Prender el auto, embragar la reversa, pisar el acelerador y revisar la entrada del CISEN fue todo un sólo instante, si es que eso fuera materialmente factible…
 
Esta historia continuará aún más
 
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