Se fue

El único Premio Nobel de Literatura en lengua árabe, el único con una estatua de civiles en El Cairo, el único al que la lengua española ha instituido un galardón con su nombre, murió.
 
¿Alguien vio El callejón de los milagros, al película de Jorge Fons, con Salma Hayek y Bruno Bichir?. Está basada en la novela (esplendorosa) de Naguib Mahfuz, el escritor egipcio más reconocido, me parece, no sólo del mundo sino tembién de la historia.
El truco principal para que un escritor, use la temática, técnica y talento que quiera, llegue a tan altas cumbres será siempre la universalidad. Mahfuz -ampliamente recomendado- tenía el encanto de innovar de forma tal que coincido con quienes afirman que, sólo después de Las mil y una noches, se leyó de otra manera esa lengua y esas tradiciones. Probablemente nunca saldría de su barrio de El Cairo, pero lo que reflejaba podía llegar a todas las emociones en este planeta. La universalidad, amigos míos, es simplemente redescubrir un y otra vez lo que somos y tenemos en común.
Como cualquiera que a través de lo que realiza, crea -y muy bien-, pretenda insistir en que todos somos iguales, con los mismos derechos, padeció la exclusión de los que excluyen. Paradoja ésta eje de las demás: Una de sus mejores novelas, la que le brindó fama internacional (Los hijos de nuestro barrio) está prohibida en su propio país. Más árabe que Bin Laden, inteligente y sagaz observador de esta cultura, ya modernizada, ya trasgredida, recibió la Fatwa, sentencia coránica de muerte, la misma que sufre Salman Rushdie por sus implacables Versos satánicos, cuyo fundamento es la blasfemia contra los preceptos islámicos. Maestro revolucionador de la musicalidad de la lengua árabe, muchos países del Medio Oriente han proscrito sus obras mientras las democracias occidentales las traducen una y otra vez al inglés, al francés, al alemán, al español.
Por cierto, para quienes no estén comprendiendo lo que digo, asómense a una libraría cualquiera y pregunten por sus obras -ojo, no todas son recomendables para iniciar-; comparen el precio en una donde no sepan de su muerte y en otra donde sí. Nomás.
Pensaba en esta parte del texto incluir una cita, pero desgraciadamente nunca pude comprar un libro suyo a causa de mis carencias materiales (Y ahora que encarezcan, menos). Pero prefiero que sutedes busquen una cita de él, la que sea, son buenas, hilarantes y reflexivas, no en el sentido ontológico de meditar incansablemente una idea, sino en el semántico de reflejar mucha de nuestra esencia. Por eso muchas de sus obras han podido llegar a medios más resonanates, como el cine (Chequen Principio y fin, la de Omar Shariff o la Arturo Rrpstein) y por eso, incluso leyéndolo, nos veremos ahí en la poesía y la magia de su escritura. Es esa xiomara, esa flor en el desierto, literal y metafóricamente hablando: El muchachito que creció prácticamente como un tuareg del siglo XII, en medio de arena y de camellos, autodidacta, nutriendo su espíritu con el griego, el latín y hasta el hebreo.
Sí, lo sé. Vine a renaudar mi blog tras múltiples ocupaciones con la muerte del Premio Nobel de Literatura 1988 Naguib Mahfuz habiendo guardado silencio con respecto a asuntos más importantes. Honestamente, siempre será un suceso cuando un premio Nobel muere, de la disciplina que sea, porque es una pérdida irreparable para la humanidad. Así como una parálisis vial no es nada comparado con la defensa de la democracia en cualquier país, una rebatinga política no es nada -en serio- comparada con el hecho que una luz de conocimiento, un fulgor magro en medio de tinieblas y tormentas, se apague irevocablemente. Sus vidas, más allá de sus obras, son auténticos patrimonios de la humanidad, de nuestra humanidad. Imaginemos, por ejemplo, cuando muera Gabriel García Márquez o Rigoberta Menchú o Peter Medawar o James Clark o John Forbes Nash.
Por eso quise recomenzar con esto, doloroso lo mismo que la muerte de cualquiera que desee y luche por la paz y la libertad, de cualquier ser humano por motivos irrazonables
 

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