De todas las cosas de las que nos podemos quejar por la iniciativa aprobada en el Congreso de los Estados Unidos es que al menos ellos manifiestan abiertamente lo que en México sucede con mayor frecuencia de lo que nuestros ultranacionalistas podrían afirmar:DISCRIMINACIÓN, así, a secas y en mayúsculas…
Toda vez que nuestros paisanos, de los que en realidad sólo cuándo los medios masivos hacen tanta alaraca nos acordamos, tienen que emigrar -no sólo a la Unión Americana- para ganarse el pan, es muy cómodo hablar de ellos, de lo que sufren, de sus inquietudes, sueños, ambiciones y, porqué no, de sus inclinaciones políticas. Sin embargo, me veo forzado a restregar una vez más las antinomias del tema en la cara de los enrojecidos «mexicanistas»…
UNO. El fenómeno de la brutal inmigración mexicana a EU se tipificó en los 80’s, justamente después de las también brutales torpezas de los gobiernos presidenciales priístas de Jolopo y de De La Madrid. Es decir, han transcurrido alrededor de 20 años y nadie, en 4 sexenios (Op. Cit., Salinas, Zedillo y Fox) ha remediado la situación, ni de los que se van ni de los que nos quedamos…
Por lo demás, es muy cómodo y hasta bonito agregar sus remesas anuales -por áhi de 26 mil millones de dólares- como cifra macroeconómica de ingresos al país, sólo después del petróleo y antes del turismo, como si tratara, además, de una riqueza de Estado, cuando son algunas familias las beneficiadas y muchas no buscan consumirlo gasolina o viajes de placer, sino usarlo para escaparse de este país…
DOS. Nuestra frontera Sur no es un dechado de virtudes. Con tal de ser medio congruentes con el discurso, no se la quiere reforzar -no sea que nos volvamos una represiva copia norteamericana- y, aún sin que ocurra, somos una coladera de fayuca, drogas y armas, además de las recurrentes denuncias de corrupción y flagrantes violaciones a los derechos humanos y a los recursos ambientales que allá abundan…
Y aquí es cuando vemos, con naturalidad, cuál es el própósito de los gringos: Evitar que se le cuelen -como a nosotros, que en ocasiones nos quejamos de este problema- traficantes de droga, de armas, de mercancía ilegal, de terrorismo y hasta de personas. Sin embargo, el «murogate» lo hará frenar en el Senado, aunque se insistirá en proteger a los habitantes de territorio norteamericano, incluido los ciudadanosy los inmigrantes, ilegales o no…
TRES. Recientes encuestas de órganos oficiales y medios diversos revelan cuán patrióticos somos en verdad. Discriminamos -con actos o con palabras o con el subconsciente- no sólo discapacitados, indígenas, «prietitos» e intelectuales NUESTROS, sino además a los importados. Por ejemplo, por muy güeros que estén, el 48 % de los mexicanos no aceptarían alojar a extranjeros en sus casas ni cerca del 45 si, además, muestran otra cultura, otra forma de pensar u otra religión. Y aún no hablo de los naturalizados, personas, como tú y como yo, que escogieron México para sobrevivir (Muchos, más de lo que los números pueden vomitar, son exiliados políticos), crecer, hacer una familia y, por supuesto, contribuir con su esfuerzo y con su talento a este país por el que muchos «paisanos» poco hacemos…
¿O a poco creen que el «Guille» Franco eligió México para ir al Mundial de 2006? Vamos, a lo mejor ni va y si va, no habrá más: Seguirá en México, obligado a cumplir sus leyes -su prole incluso ya tienen la nacionalidad por nacimiento-, a votar, a opinar sobre asuntos de interés público y, -ah, sí, se me olvidaba- a pagar puntual y detalladamente sus impuestos (Puede más el miedo a la deportación), cosa que varios mexicanitos -más del 42 %, según «Lolita»- ni siquiera declaran…
Por último, para no hacerla tan cansada, una reflexión final sin negar la realidad: ¿Cuán antiyanquistas o antiimperialistas nos sentimos ahora, cuando yo mismo tengo que aprender inglés, me sé de memoria el historial cinematográfico de Hollywood, la vida y obra de cantantes -comerciales o no tanto- estadounidenses, adquiero productos de allá, bebo,como y fumo Made In USA y, además, me sé episodios enteros de su historia -a veces, mejor que de la nuestra- por sus películas, sus rolas y sus series de televisión?
Si hoy nuestro conservadores y ultraconservadores se preocupan -o sólo se preguntan- porqué Venezuela, Chile, Uruguay, Brasil y más recientemente Bolivia optan por la izquierda -moderada o radical-, la respuesta es sencilla, pero no por ello simplista: Prácticamente desde el triunfo y el reconocimiento mundial de nuestras democracias latinoamericanas, como México y Perú, las personas sienten que deben reivindicar cierta deuda histórica e intelectual con su pasado. Es como si la izquierda, fracasada muchas veces la vía revolucionaria por sus episodios de sangre y rapacidad (Cuba como paradigma pero también Nicaragua, El Salvador y Colombia) hubiese decidido a entrar al redil institucional y ganar por las urnas prestigio y gobiernos…
Pero es mucho más. Pendientes de un 2006 que podría vomitar un presidente identificado con la izquierda (Pero como Kírchner en Argentina y Toledo en el Perú, sin autoproclamarse) debemos asumir la responsabilidad de, si fracasa, echarnos la culpa a nosotros, quienes defendemos la democracia sin adjetivos, por haberlo colocado en el poder. Esencialmente porque ese fracaso bien puede radicar en esa «deuda histórica»; es como si, 80 años después, ya bien aceitada la maquinaria electoral con transparencia y equidad, quisiéramos revivir a Pancho Villa para que nos gobierne, como intentan revivir a Bolívar, a San Martín, a Gervasio Artigas, y miren que los mismos historiadores nos pueden falsear la visión sólo oara convencernos de SUS ideas…
Esto NO es para tranquilizar beatos ni derechistas venidos a más en esta era de miedo y represión; ni muchos menos para desvirtuar a la izquierda. Pero, vamos, la democracia soy yo, eres tú, somos nosotros, son ellos, todos. Votaría por López Obrador de la misma forma que voté por Fox, porque los liberales sólo queremos libertad, democracia, respeto, justicia. Pero hay que sustentarla siempre, ver qué bueno y qué malo fue o es nuestra decisión. No quejarse luego de lo que, al fin y al cabo, todos creímos querer…